Ansioso, miraba parado en la esquina. Al verlo desde el taxi me recordé de aquellas eternas tardes en la casa de mis tíos, donde nos tendíamos junto a la piscina con los muchachos, sin mas motivos aparentes que drogarnos y beber sin parar hasta bien entrada la madrugada,

¿Godoy como vas? gritó parado en la solerilla, al verme bajar del taxi. Nos dimos un fuerte abrazo y luego nos dirigimos a la casa donde se hospedaría esa noche de paso por la ciudad.

A paso calcino nos fuimos caminando mientras nos poníamos al día respecto de nuestras vidas. La última vez que nos habíamos visto había sido hace casi ya dos años, y claro, mucha agua había pasado bajo nuestros puentes. Recorriendo callejuelas desconocidas para mi finalmente llegamos a la casa. El desorden del lugar me dio luces respecto de quien podría vivir allí, en semejantes condiciones de orden e higiéne.

Nos sentamos y bebimos un six pack con velocidad olímpica. “El Jimmy fue a comprar algunas cositas”, dijo Fernando, fui hasta el mueble pegado a pared y puse música. Nos largamos a platicar, papelinas vacías y cigarrillos a medio fumar adornaban la mesa de centro.

El tipo llego, saludo y se dirigió raudo al baño, no sin antes tirar sobre la mesa, las “cositas” que había ido a comprar. Paquetitos blancos, unos grandes y otros chiquitos y tres cajas de condones. Sendos signos de interrogacion se instalaron en mi. Sírvete dijo Fernando…

Procedí con calma, la tarde/noche aun era joven; abrí una papelina de cocaína y me zape una a cada lado, espere unos minutos y sentí como esa gota de corrosión bajaba lentamente por mi garganta, para aminorar el amargo sabor, le di un buen sorbo a la botella de whisky, aun virgen.

Fernando, al unísono, y cual profesional, se preparo una dosis con cenizas de cigarro, y mientras yo le daba al whisky, le daba duro a la pipa Mont Blanc que recibió de regalo de cumpleaños ese ultimo verano, mientras andaba por Machu Pichu celebrando su cumpleaños.

El tipo dueño de casa salió del cagadero y se dispuso en la mesa a darle a la coca. Unos chicos casi adolescentes le daban a la hierba echados sobre el sofá de cuero blanco, tal vez el único objeto de valor en medio de semejante basurero, hacían la previa para luego  irse a un bar en el centro de la ciudad a ver a una banda de hip-hop portorriqueña avecinada en el Bronx, que por primera, vez visitaba la ciudad puerto.

 Con Fernando no estábamos ni hay con ir a ese show y solo nos dedicábamos a zumbarnos, beber y a ponernos al tanto de las andanzas de la muchachada que quedo en la ciudad histórica. Sin darme cuenta, la de whisky bajo considerablemente su nivel, sin darme cuenta tampoco, la noche se hizo profunda.

Cuando Salí del baño, los chicos de la hierba se habían ido a su fiesta, el sillón ahora era ocupado por una mujer de natural rubio y unos entrados cuarenta y tantos años, junto un muchacho veinteañero, que a buenas y primeras, me pareció simpático, pues solo sonreía en silencio.

Ni Fernando ni yo conocíamos a los nuevos contertulios, tampoco a los que se habían ido, pero nos daba igual, la coca estaba buena, el whisky también, al parecer la pasta también, pues Fernando reía animadamente mientras parodiaba a nuestros amigos.

El chico que me había parecido silencioso y drogado, si era silencioso, y no, no estaba drogado. Tenia un retardo mental de mediana intensidad y era hijo de la mujer de rubio natural. El dueño de casa tomo al chico de la mano, le dio una gran bolsa de papas fritas y lo condujo a la habitación de uno de sus hijos en el primer piso. Lo sentó frente a la TV, la encendió y salio; al hacerlo, cerro la puerta con llave. Con Fernando fuimos por cigarrillos y al volver, solo quedaba un paquetito grande y dos escasos pequeños.

Fernando dijo que era mejor aprovisionarse, pusimos Arturos y Grabrielas sobre la mesa, y tras un par de llamadas telefónicas, 25 minutos después, tocaron el timbre. El dueño de casa salio en bolas de la habitación ubicada al final del pasillo, recibió al dealer en la puerta. Pago, recibió y cerro nuevamente la puerta. Con una sonrisa casi siniestra designo las dosis, tomo una caja de condones y nos dijo…”Muchachos, si quieren sumarse, las puertas están abiertas, esta todo pagado”. Fernando le preparo la pipa, le dio de fumar. La música dejo de sonar unos segundos, los suficientes como para oír la pasta consumirse en la pipa, el tipo volvió a la habitación.

En su derecha la caja de condones y en la izquierda un puñado de paquetitos blancos. Los signos de interrogación se disolvieron y comprendí en ese momento el papel que jugaban esos dos personajes en aquella juerga, la mujer rubio natural y el chico encerrado en la habitación, frente a la TV con su enorme bolsa de papas fritas.

Fernando se dirigió al baño, yo me zape una a cada lado y luego me fui a cambiar la carpeta de mi música, al salir del baño Fernando me hizo una seña con sus manos, pero no comprendí que me quería decir, acto seguido se dirigió a la habitación del fondo del pasillo, dio un vistazo adentro, me miro y otra vez las señas con sus manos, las que yo, otra vez no comprendí. Entro y cerro la puerta.

Yo me quede sentado en mesa de centro dándole al whisky y ya que había tiempo, aproveche el envión termine de mejorar algunos poemas que traía a medias en mi libretilla. Solo divagaba, pues la coca me traía por las nubes, mientras que el whisky, me devolvía a la tierra. En medio de aquella sordidez estaba yo, solo, libre y con mucho tiempo libre para ir a ningún lugar.

Un mensaje en mi telefono, “Cierra el porton de entrada con la cadena”, me dirigi. Con la cadena y el sendo candado que el dueño de casa había dispuesto cerre la reja con proligidad.

“La curiosidad mato al gato” reza el dicho popular, y tras terminar los escritos de mi cuadernillo me dispuse a averiguar que coño ocurría en la habitación del final del pasillo, me puse una a cada lado y me dirigí silencioso por el pasillo. Sin golpear arremetí en la habitación.

Al abrir la puerta el olor a sexo y pasta consumida me recibió como una bofetada. Fernando estaba desnudo, de pie junto a la cama, la mujer atacaba su polla, mientras el, profundo, respiraba el efecto de la combustión de la pipa en su boca, la TV mostraba una porno europea, una de esas bizarras con ataduras y disfraces, una vez estando allí el olor ya no me parecía tan desagradable. Era extraño, pero esa imagen de la tía dispuesta para todos y los chicos dispuestos para ella, me puso cachondo. La tía me vio y me hizo una seña con sus ojos, la cual esta vez si pude comprender, el dueño de casa soltó su polla y se preparo una dosis, Fernando hizo lo mismo. Yo sentí que se me comenzaba a hacer tarde.

Los chicos me decían que me relajara, que estaba todo bien, que así se carreteaba hoy en día, que para que ir a por chicas a las discotecas cuando uno quería sexo,  bastaba con contratar a una puta drogadicta y se estaba todo bien.

Mientras tanto yo dudaba y temía quedar como un palurdo.

Mientras los chicos fumaban, la tía se me vino encima, yo me quede parado junto a la cama mientras ella comenzaba a bajarme el cierre, talvez por la cocaína, talvez por el whisky, la polla no se me paraba y lo agradecí como nunca.

El tío dueño de casa me decía “dale no mas, fállatela, esta todo pagado” y mientras me lo decía yo no podía dejar de pensar en lo sórdido de toda la escena, no podía dejar de pensar en el hijo retardado de esa puta drogadicta adormilado por la tele, mientras los chicos se follaban a su madre. Mientras los chicos la penetran a diestra y siniestra, como en el basket, hice la señal de “Un minuto” con mis manos. Dije que iba al baño

Me puse una a cada lado, abrí la puerta y duras penas salte la reja que yo mismo me había encargado de cerrar prolijamente unas horas atrás. Tras varias cuadras sin saber donde estaba parado sonó mi teléfono, era Fernando, no conteste, y le di fuerte y derecho buscando el camino a casa… “Quedare como un palurdo para siempre” pensaba.

La noche aun era joven y tras largas cuadras logre coger un taxi para que me llevase a la combinación de la locomoción que me llevaría finalmente a casa. No supe de Fernando hasta 3 semanas después por el chat de Facebook y mientras me decía que me comprendía, que sabía que yo era un anticuado y que siempre escapaba cuando las cosas me parecían demasiado bizarras, sonreí.

Quede como un palurdo y tal vez lo soy. No pude jamás, quitarme de la cabeza la imagen del chico cascándose viendo las películas de I-SAT mientras en la habitación contigua, los muchachos se follaban a su madre.

– Cuento original del usuario psychofinger,

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