Festín de Perros

La perra había comenzado a oler el drenaje que caía controvertido al asfalto seco, se acercaba tímidamente a pasar su hocico en el tubo henchido por donde pasaban las gotas de agua, sacando con dolor la lengua, apretujándose para sentir el líquido y la mierda caer sobre sus dientes. Luego asimiló con su mirada de perra viva, un breve escondrijo en el rincón de la plaza, donde un tumulto de basura gris y pájaros heridos se encontraban varados. La perra, antigua mascota de doña Lucrecia, se acercó cansada a lo que parecían ser unos escombros de un antiguo hogar perruno, tal vez algún refugio pequeño que la lluvia destruyó. Con la sarna carcomiendo enteramente su cuerpo y el aliento a drenaje y basura, su rostro de perra moribunda, su aferrado instinto de sentarse en la bolsa de basura y los pájaros muertos. Mientras aún contemplaba con una leve lástima, el cuerpo desplumado del ave, lo mordió con ira, sus furiosos dientes destruyendo la carne, rompiendo uno por uno los tejidos del ave. La perra comía a como podía, se mantenía en pie, posiblemente para no caer desmayada del cansancio. Sintió como el cuerpo destripado del ave pasaba por su garganta, se acordó, con su mente de canina, de los restos de la sopa del día que le preparaba doña Lucrecia, se sentó en el borde de una bolsa negra, mojada por lo que parecía ser un líquido espeso y blanquecino. Escupió una pequeña pluma blanca, mientras permitía un tosido enfermo. La perra, mientras oía un tumulto acercarse a ella, divisó a lo lejos, una anciana que volcaba lo que parecía ser un delicioso festín de huesos.

La niña era hija de la Pilar, había procurado dormir brevemente antes de los primeros golpes de la trompeta, donde todos los habitantes salían a las primeras ventas, a llenarse las bocas de frijoles duros y pasta de carne vieja. La niña se mantenía atenta a la caída de las patas de los pollos, los huesos, junto con otros niños que enfocaban su mirada en las piernas de los transeúntes, esperando que uno botase un pedazo mordido de queso, de piel de cerdo, de arroz con sangre. Ahí todos, atentos, con la baba cayendo hasta sus pies sucios y lastimados. Mientras la pequeña se movía con sigilo para asegurarse de tener un buen puesto en los arrebatos alimenticios, ya casi era la hora del desayuno. Le llamó entonces, otro de los niños, con la voz arrebatada de un encanto chambrín, una camisa desgarrada por el paso del tiempo y la garganta agrietada por gritarle a los buses. Camilaaaa! Aquí hay buen lugar, venite antes que te lo quiten. Y la niña disparada hacia el otro grupito de delincuentes en desarrollo. Todos con una urna y papeles periódicos viejos, esperándome fielmente a la caída de un pequeñísimo rollo de atún. Pero todos sabían que el festín se daba más adelante, justo después de la comida de los viejos marranos, cuando ya todos gorgoteaban y eructaban el ácido digerido de los frijoles en bala, ya cuando todos habían desechado su plato y solo esperaban retirarse de la mesa. Pero tenían que ser muy inteligentes, tenían que esperar y no precipitarse, ni uno de ellos, aunque fueran competencia entre sí, sabían que no podían moverse, que se apresuraba, todos se quedaban sin comer, era una guerra bastante honrada, muy digna. Además, si uno era pillado antes, se darían cuenta de su furioso atrevimiento y no solo quedarían sin comer, sino que serían castigados brutalmente.

Esperaron y esperaron, hasta que ya los viejos gordos y rancios empezaban a levantarse uno por uno de la mesa, con las patas flacas y sus estruendosos movimientos escuetos. Apaciguados por el hambre, ansiosos, con la adrenalina palpitando en sus arterias recocidas por el sol, sus cuerpos casi invertebrados prepararon las canillas, todos listos para salir corriendo a meter lo más que pudieran en las urnas con papel. El último viejo que abandonó la mesa, salió por la puerta trasera del salón comedor, en cuanto oyeron el metal crujir, cerrándose a su vez, los niños despegaron su vuelo. Los gritos inquebrantables, los rugidos de pequeños leones heridos que volcaban todo lo que podían a las urnas, un chacuatol que se revolvía sin problemas, los restos de sopas, los tucos de queso, arroz con frijoles, tortillas a pedazos. Los más suerteros podían terminar con algún pedazo de carne o un pellejo de cerdo y sin rastro de sopa, pero ahí todo niño galopaba por algo de comida, por los restos grotescos de un desayuno. Se mecían los unos a otros, se gritaban entre sí, pero sabían también, que era muy poco tiempo hasta que oyeran el bullicio. Camila apenas llevaba unos pedazos de carne marrón muy pequeños, un tumulto de arroz con leche y fideos fríos, pero no era más que unos cuantos, mientras trataba de poner sus dedos en la mesa, agarrando todo lo que podía, buscando y palpando. Sabía que era cuestión de segundos hasta que el niño que ya tenía llena su urna silbara el grito de guerra. No pasó más de un minuto.

¡Nos largamos todos! Y sin observarse los unos a los otros, salían disparados con lo que sea que tendrían en las urnas, incluso si no era nada. Salían todos, como moscas replegadas, como un enjambre luego de la fumigación, el grito casi infantil de los niños, el miedo pegado a la pared de sus estómagos hambrientos, nadie se quedaba atrás, todos corrían tan al unísono y tan bulliciosamente rápido que solo llegaban a distinguir el grito perdido de la vieja de la cocina. Camila salía también, con la urna hasta la mitad, pudiendo encontrarse en esos últimos segundos, con un exquisito pan mojado hasta la mitad. Sacó un pedazo para degustar, lo tomó en sus diminutas manos y lo palpó, lo probó con el cielo de la boca, mientras producía una sonrisa leporina con sus dientes calcinados y con caries.

Sintió entonces, la trémula mano de la vieja, la dueña de la cocina, que por primera vez le tocaba el hombro con su palma fría como la noche, enmascarada por un manto multiforme, parecido a la muerte. Acto seguido sintió el jalón de la vieja palideja, mientras con sus manos sucias sacaba otro pedazo de pan mojado y se limpiaba los trozos de fideos en el vestido rosa, que no le gustaban. Sabía que recibiría una reprimenda, unas nalgadas o unas bofetadas tal vez, pero su hambre le permitía estar dócil, mientras la vieja con cara amargada cerraba la puerta consigo al comedor.

Camila sonrió a lo que seguía después de la puerta, produjo tal vez, una pequeña lágrima que salieron de sus legañas, en el cuarto de la cocina, donde se percibía el olor al estofado y a carne seca, un dulce aroma a pan dulce penetró en su cuerpo, la vieja pálida la llevó hacia el perol donde salía aquel humo blanco y la subió para mostrarle lo que había dentro, el aroma que producía el perol, era bastante intenso, el pequeño cuerpo de Camila entonces sintió un calor muy nutritivo, sintió que calmaba su hambre.

Los niños, ya alejados de la inmensidad viscosa de la habitación de cocina, se dispusieron a comer, sentados en un basurero inmenso, posiblemente un antiguo hogar perruno destruido por las lluvias y la mala intención. Dispusieron las urnas en grupos pequeños, los más amistosos compartían y algunos tenían la suerte de encontrar un pedazo de carne casi completo. El grupo de niños más vivaz, se sentó a contar historias y bromas lo suficientemente vulgares para un impúber, con toques pícaros de la niñez quebrantada e infancias bastante pintorescas, comieron y rieron, cantaron y gritaron. El grupo después de un tiempo, se disolvía lentamente, quedando solo los más valientes. Detrás del corredizo, donde a lo lejos se divisaba la cocina aquella, se rieron de su brillante valentía y su agilidad, se pararon los unos a otros a glorificarse entre ellos, a hacerse reverencias, como si fueran reyes y príncipes. Oyeron, entre sus risas y bromas, los gruñidos de la perra sarnosa, aquella vieja perra que producía una canción de cuna para los jóvenes reyes de la calle, aquella piel carcomida, aquellos filosos dientes que producían un crujido cuando devoraba aquellos huesos débiles, con aquellos dientes, heridos y anochecidos, producían un quejumbroso aullido feroz, casi como el de un lobo, la perra se lambisqueó la boca, sintiendo uno a uno los pedazos de ropa en sus encías, y se imaginó como una poderosa bestia, omnipotente, intrépida, majestuosa.

– Cuento original de La otra versión, blog de literatura en nuestro idioma.

Deja un comentario