Éxtasis

La cosa fue muy rara.

 Cuando me quise dar cuenta estaba paseando con mi novio, otro chico y una muchacha, por lo que parecía ser un parque de atracciones abandonado.

El lugar era ciertamente desapacible,  una vasta llanura únicamente delimitada por una espesa niebla que , junto con el gris del cielo, y unos cipreses secos repartidos al azar, dejaba un deje aterrador en el ambiente. ¿Qué pintaba yo ahí? ¿Y quiénes eran mis compañeros? Porque, obviamente mi novio sabía quién era, pero de los otros… ni idea.

Nos encontrábamos, aunque juntos, yo diría que más bien solos, parecíamos supervivientes en un planeta arrasado. Todo era muy incómodo, permanecían quietos, observando al vacío, cada uno a un lugar diferente. Ni se miraban entre ellos ni me miraban, y yo también rehuía sus ojos porque era desconcertante cómo a pesar de que estaban ahí delante de mí, parecía que no existía para ellos.

A través de la niebla, de forma muy tenue y borrosa se podía observar las ruinas de una antigua montaña rusa, o  pocas cabañas dispersas en unas estrechas, pero largas, aceras perpendiculares por todo el parque.

A pesar de que la escena pareciese implicar un frío y una humedad en el aire- cosa que tampoco niego- , en los pies tuve una sensación diferente, parecía que la tierra ardía, y cuando bajé la cabeza para comprobar lo que sucedía, no vi más que mis pies descalzos en una tierra oscura y mojada.

Tras haber comprobado que no llevaba calzado, me fijé además en el resto de la ropa y vi que llevaba un chándal gris sencillo que ni siquiera podría saber si era mío de verdad o no.

De nuevo miré hacia mi frente y lo único nuevo que vi, fue que de la extraña niebla salían hilos de humo negro, y sin planteármelo si quiera, me giré sobre mi misma y vi cómo una gran masa negra en el aire se esparcía entre mis brazos, mis manos y mis dedos y, rápidamente, desaparecía por completo. Estaba aterrorizada. El miedo me invadía y pretendía volver a repetir la misma acción, que probablemente se repetiría a su vez y formaría un bucle infinito, cuando escuché un ruido: mis compañeros se habían puesto en marcha.

Y en ese momento el espíritu malvado se esfumó, ya no había humo acosador. Incluso podría asegurar que el día aclaró algo y, desde luego, no me sentía cómoda del todo, pero no era algo tan exagerado como hacía unos minutos.

Así que, decidí seguir a mi novio y a sus nuevos amigos. Pero en el momento en que me puse detrás de la chica y di dos pasos, ésta se giró bruscamente, con los ojos abiertos como platos, acercando muchísimo su cara a la mía y con una sonrisa que, aunque bonita, me asustó bastante en ese momento. No me lo esperaba en absoluto. El pulso se me puso a mil, y di un brinco hacia atrás a la vez que se me desbocaba el corazón. Ella relajó rápidamente su rostro, y cambió su expresión a una cara dulce, de niña buena.

-Perdona.- Dijo ahora con tono triste. Parecía ser muy infantil. Volvió a sonreírme dulcemente.- ¿Te he asustado? No lo pretendía.

Se presentó, lo sé porque me acuerdo. De lo que no me acuerdo es de su nombre, porque en ese mismo instante empezó a arder mucho más fuerte el suelo, me agarró fuertemente de la mano y salimos corriendo detrás de los chicos.

A medida que avanzábamos, el tiempo parecía detenerse e ir más lento. Cada zancada que ella daba, dejaba botar sobre su espalda sus dos largas trenzas rubias y, por cada nuevo paso, tardaban más en subir y en caer. –Igual que en una película.- Me dije entonces.

Y, fue increíblemente desconcertante e incluso me entró pavor, pero en ese momento me di cuenta de que la niebla formaba un muro, y a pesar de a qué lentitud avanzaba, era imposible que me detuviese y estaba a punto de saltar al otro lado. De esa forma, tras mi novio, el chico, y la muchacha, crucé yo.

Lo de ahora sí que no me lo esperaba: aparecimos en lo que parecía ser un hueco al lado de unas escaleras, todo estaba cubierto por una chapa metálica, había muchísima luz y se oía fuerte música de fondo.  Ahora ya no tenía tanto miedo, era mucho mejor esa sala – que en un rato descubriría que se trataba de una discoteca-  que el siniestro lugar de antes.

Tuve una sensación extraña, como si un espectro a mi izquierda amenazase con acuchillarme con algo, pero como había pasado en la escena anterior, desapareció.

Ahora la chica, a mi derecha llevaba un vestido de fiesta amarillo, y su pelo suelto y agitado.  El chico ya no se movía como hipnotizado y me dirigió la vista una vez – no más porque no le interesaba- y mi novio, como de costumbre, me dio un beso para saludarme.

 La verdad es que a mí las discotecas no me gustan en exceso, pero entonces me sentía súper atractiva con el vestido azul ajustado que llevaba, mis tacones negros altísimos y mi pelo también suelto y posado en un hombro.

 Pero ese sentimiento de comodidad desapareció cuando con él se fueron todos, y se empezaba a llenar el local de gente que no conocía. Me giré, miré de un lado a otro y no los encontraba. Incluso me subí un escalón de la escalera, y luego dos, y tres… y en dos segundos estaba en la planta de arriba, tras esperar un rato volví a bajar y volví a donde estaba antes. Me giré una vez más y… allí estaban. La chica me preguntó que dónde me había metido y yo la hice la misma pregunta. Con tanto ruido y tanta gente fue imposible mantener una conversación muy larga.

Lo que recuerdo después de eso fue que se sacó del bolso, una bolsa transparente llena de pequeñas pastillas y me la entregó. “Disfruta” logré escuchar, y yo, agarré la bolsa, la abrí y saque una.

Eran muy pequeñas, pero en la bolsa había cientos de ellas, quizá pesase cien gramos o más, era una barbaridad de droga. Me hubiese planteado por qué había aceptado aquello, pero fue demasiado tarde.  Blanca, lisa y blanda, como una piedra arenisca, mordí una mitad y se disolvió casi al instante en mi saliva. Tragué. No tengo ni idea de cuánto tardan estas cosas en hacer efecto, pero sé que en cuanto me lo metí en la boca, mis ojos se nublaron y una luz blanca invadió el mundo que veía. Al principio duró más, era una luz intensa, opaca, que no me dejaba ver, y que se difuminaba poco a poco. Tres minutos. Y pasé de no ver, a verlo todo. Veía los colores con una viveza asombrosa, todo lo que se movía parecía hacerlo de una forma armoniosa y a su vez, rápido. Era genial, me sentía estupenda.

 Comencé a bailar al ritmo de una música que, a pesar de que no me gustaba nada, podía disfrutar. Todo gracias a esa porquería que me había metido.

Primero las conversaciones, los bailes y las dosis fueron suaves, después se volvieron salvajes y desmedidas; al contrario de mi responsabilidad, que por lo visto, se había volatizado.

A medida que echaba de menos el primer golpe de la sustancia en mi interior-la gran mancha blanca- me metía otra pastilla, y después de dos en dos. Pero el efecto cada vez duraba menos. Ahora “la gran luz”, solo duraba veinte segundos y el subidón de energía de la droga se agotaba a los pocos minutos.

 Y me pasé.

Por excederme.

 Por haberme metido en el cuerpo aquella sustancia que no era buena en absoluto.

Veía todo de mil colores, me había tomado unas dieciséis pastillitas, y la última dosis fue de cuatro seguidas.

 Me empecé a encontrar mal y busqué a mi chico entre la gente.

  Volví a subir por las escaleras verdes, azules moradas y amarillas, que parpadeaban bajo las luces de la discoteca y, por qué no, desaparecía cada segundo, así que cada paso que daba me sostenía en la nada y en el escalón a la vez.

La verdad es que no sé cómo bajé, si volando, porque me pareció tener alas, o resbalándome por la barandilla de la bajada.

 La cosa es que llegué, donde entramos en un principio, y él se giró y me vio.

 De repente la gente desapareció y la música cesó por completo.  Yo caí desplomada hacia un lado, y mi pareja me cogió al instante. A saber si estaba muerta. La verdad es que me esperaba cualquier cosa en ese instante.

Excepto que todo hubiera sido un sueño.

 

“Sueños”

 Andrea López Soto

28 de enero de 2014                 

Deja un comentario