Sin título I

Sabía lo que era por lo que le dijo su tutora, pero sentir en carne propia un fenómeno tan increíble como este, tan fantástico, era algo que definitivamente no se esperaba; todo era tan hermoso, tan ajeno, no había forma de compararlo con algo vivido hasta ese momento, algo completamente imposible de describir con simples palabras.

Todo era muy estimulante de regreso a su hogar, todos los sonidos sin excepción, el del carruaje y los caballos pasando por el empedrado camino, el sonido de sus pequeños zapatos chocando contra el piso mientras bajaba del carro, la voz de su ya anciano padre recibiéndola en la entrada del castillo, el sonido del fuego haciendo crujir la madera en la chimenea, incluso los robles que llegaban hasta la ventana de su habitación hacían sonidos diferentes entre sí cuando eran golpeados por el viento.

 El cielo ya estaba algo oscuro, pronto anochecería, el día se había pasado muy rápido descubriendo este mundo. Tendría que dormir de una buena vez si quería estar a lado de su padre en la misa de la lux primam, a la que siempre asistía todo el reino para luego dar inicio a la temporada de cacería. Siempre asistía a las misas a pesar de no poder oírlas, su prima Benedictia aprendió a hablar con señas junto a ella cuando eran niñas para poder jugar juntas, siempre habían sido muy unidas.

Al día siguiente, terminada la misa, y mientras los hombres de las diferentes familias se adentraban al bosque acompañados por sus hijos mayores y sus caballos, los músicos de la catedral empezaron a cantar el Te Deum que compuso Williermus; él mismo tocaba el clavicémbalo, dirigía la orquesta y también el coro, tenía el mérito absoluto de todo el concierto. Su trabajo le llenaba el corazón de orgullo, nunca se había entonado una pieza tan hermosa en el reino, la música parecía provenir del mismo paraíso, todo el trabajo que había costado construir los instrumentos especialmente para ese día, encontrar y capacitar a los músicos y convencer al mismísimo rey para que la catedral fuera lugar donde se estrene este maravilloso himno sacro había merecido cada una de las gotas de sudor que derramó.  

El rey quedó maravillado, pero no tanto como su hija, ella nunca había oído melodía alguna en su vida llena de silencio, y esta era la más sublime que sonó alguna vez en todo reino. Cuando la música empezó a salir de la catedral todo su ser se estremeció en un solo instante, empezó a caminar en línea recta con dirección hacia la música y mientras se acercaba su corazón empezó a palpitar como si diez mil palomas hubieran entrado en él, sintió como si le hicieran cosquillas con lana de oveja por debajo de la piel, como si ardiera por completo sin quemarse, como llegar al cielo y poder abrazarlo, era como si hubiera llenado de aire sus pulmones por primera vez.

Esa tarde, cuando el sol empezó a ponerse, se pudo a distinguir, entre la oquedad del bosque, las risas y las antorchas de los cazadores que comenzaban a llegar cargados de venados, liebres y faisanes, pero la felicidad de un gratificante día de caza se vio trancada con una interminable fila que salía del castillo, todos en silencio y con las cabezas bajas, esperando poder entrar para darle un sentido pésame al rey. Era tan bondadoso y generoso que nadie entendía por que había sido castigado con una desgracia como esta. Dentro se podía distinguir un gran féretro de cristal y a la princesa que parecía dormida en su interior, con su larga cabellera roja, suelta, como siempre se le veía cuando paseaba por el reino. Tenía entre las manos un pequeño cofre de oro y piedras preciosas que le había pertenecido a su madre antes de que ella naciera, y llevaba un largo vestido verde que cubría todo su cuerpo excepto sus manos y su rostro, que aún tenía dibujado en él una sincera sonrisa.

Justo en frente y por debajo del féretro estaba una figura encorvada, destruida, tumbada en su trono, llorando, gimiendo y recibiendo las condolencias de una fila que parecía no terminar nunca, no había nadie sujetando su anciana y cansada mano llena de anillos y cicatrices; el rey cargaba solo con toda esta desgracia. 

En medio de esta terrible situación, las partituras fueron guardadas en una caja de madera para ser quemadas junto a Williermus a la mañana siguiente, todo un reino lo acusaba de hechicero, de haber hecho pacto el mismo Belcebú para desgraciar a la familia real, pero cuando fueron a buscarlo a sus aposentos para llevarlo al calabozo no encontraron a nadie. Él había huido hacia la parte más profunda y oscura del bosque de los immania para ahorcarse en su abedul, el mismo que había sido el único confidente de tantos sentimientos encontrados a lo largo de su vida; no soportó haberle causado semejante malaventura al rey que lo ayudó tanto, y quitarle la vida a la única persona que él había amado de verdad.

Luego de que el rey falleciera a la mañana siguiente, una nueva casta real subió al poder, el reino pasó por años difíciles de escasees, hambruna y enfermedades, todo esto por la incapacidad de los nuevos gobernantes para dirigir el castillo y el reino, pero todos culparon al desaparecido Williermus por la desgracia que los azotaba. “Nos ha maldecido”, murmuraban algunos por las calles, “huyó hacia la cueva de los vespertilontes”, decían otros, algunos aseguraban haberlo visto convertirse en una cabra y huir entre la oscuridad de la noche y otros decían haber visto con sus propios ojos como se metía en una gran olla para desaparecer en medio una pócima maldita; nadie sabía en qué creer. Lo buscaron por todos los lugares en donde se le vio antes de desaparecer, quemaron su antigua casa con su anciana madre y sus dos perros dentro, y sus amigos fueron ahorcados en la plaza del castillo para luego ser arrojados en la gruta de los dampnas. La situación no mejoró hasta dentro de mucho, y Williermus nunca fue visto otra vez por el reino ni en ningún otro lugar. 

Ahí, en el bosque de los immania, colgado en su viejo abedul, su cuerpo sirvió de alimento para una familia de cuervos los días posteriores a lo acontecido, sus huesos cayeron al pie del árbol y se convirtieron en la madriguera de pequeños roedores. Con el tiempo no quedó nada de él, solo el rencoroso recuerdo de los pobladores hacia su persona. Recuerdo que se degeneraría a través del tiempo y entre los relatos de cada generación, hasta llegar a ser el personaje más terrible y despreciable de las historias y leyendas populares a lo largo y ancho del reino. 

 Williermus nunca se enteró, ni se hubiera enterado jamás, de que le dio a la mujer a la que amó el momento más intenso que jamás vivió sin siquiera hablarle alguna vez.

Cuento original de Rómulo Engycel.

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