Sin título II

Combinaba una caja de vino tinto con algunos cigarrillos de esos que son medio fuertes, pero no tan buenos; el tabaco obviamente malograba el vino, pero le agradaba ese sabor a malogrado. Vivía en un cuarto de una quinta y todo ahí olía polvo, humedad, óleos, lienzos, aceite de linaza, mezclado con tabaco y su aliento a alcohol.

Todos los días veía por entre las persianas, veía como ella regresaba de trabajar a las siete de la mañana con una bolsa de pan en la mano, también veía como regaba sus geranios a las tres de la tarde y como salía a trabajar pasada las 2 de la mañana, no le gustaba ver como llegaba con sus clientes, por lo general eran personas que le desagradaban, no sabía quienes eran, pero no le gustaba como se veían; era muy prejuicioso con la apariencia de la gente. Los domingos ella salía al mercado a comprar cosas para la semana, llegaba cargada de bolsas; él, a pesar de querer, nunca salió a ayudarla, no tenía la actitud que hubiese querido tener; tampoco sabía responderle los saludos y eso le hacía pensar en que ella pensaba que era él un maleducado y que no tenía interés en hablarle por su oficio, él estaba en lo correcto aunque nunca lo confirmó; eso lo llenaba de frustración y tristeza que ahogaba con más vino.

Los sábados salía a la puerta de la quinta a intentar vender sus lienzos sin éxito, hasta un sábado que le pidieron hacer un retrato. “Disculpe” le dijo aquel señor tan elegante, “siempre paso por acá y veo sus cuadros, me gusta mucho como pinta y me gustaría que me haga un retrato”, él, en contra de su voluntad, aceptó; acordaron una fecha y hora, llegado el momento fue a la casa del elegante señor a realizar su trabajo, no le gustaba pintar retratos, pero necesitaba conseguir dinero de alguna forma; a los pocos días, cuando finalizó el trabajo, el elegante señor quedó encantado, tanto que le dio un poco más de lo prometido y le invitó una copita de gin, uno que recién acababa de abrir; nuestro protagonista nunca había tomado gin y aunque le pareció olía igual que su desodorante la verdad es que le agradó bastante, el elegante señor, al notar esto, le regaló lo que quedaba de dicha botella, él la metió en su morral junto a sus óleos y sin decir gracias se retiró. Cuando llegó a su casa ya era algo de noche, se puso a curiosear la etiqueta del gin y pensando en ella ya eran casi la una, se tomó casi toda la botella y algo ebrio salió a la quinta y tocó la puerta de la prostituta de en frente, “¿Cuánto cobras? tengo dinero” gritó antes de que ella le abriera la puerta, ella salió, lo miró de arriba a abajo y después de indicarle su tarifa lo invitó a pasar, una vez dentro el empezó a acariciarla, oler su cabello, besarla, pero de una forma tan sincera que a ella se le agitó la respiración, a ella nunca se le agitaba la respiración, siempre fingía, pero esta vez sintió una efervescencia en el pecho y se dejó llevar hasta que las palomas empezaron a cantar en medio del color celeste ocre del amanecer, aún iluminadas por la luz ámbar de los postes de luz. Ella sufría del corazón, herencia de su alcohólico padre, y producto de esto sumado a tantas sensaciones que sentía por primera vez amaneció muerta. A raíz de esto él descubrió dos cosas principalmente: Que ella se llamaba Johana y que no tenía familia que quisiese hacerse cargo de su hermoso cuerpo sin vida.

Él se quedó sin inspiración, o mejor dicho: se le quitaron las ganas de pintar. Quemó su cuerpo en el horno del morgue, y disolvió las cenizas en tres vasos de vino, se los tomó entre sorbos con una copa de gin, el poco que le quedaba, cerraba los ojos y botaba el alcohol por la nariz pensando en ella, en cómo olía, en el sabor de sus labios, en cómo se sentía su piel, su cabello encima del rostro de él… en ese calor que creyó artificial. Cuando se acabó el vino y secó el poco de gin que le quedaba, cogió su magnum heredada de su padre con una daga mal amarrada en el la punta y apoyó el extremo de la daga en su corazón, se quedó en esa posición un rato, ocho minutos y cincuenta y seis segundos, luego devolvió el arma a la mesa, agarró su pluma y escribió en un papel que empujaba el viento y salpicaba la lluvia: “Sin mi hermosa musa no soy nada. Aunque me reconforta estar seguro de que ella está en el paraíso, no puedo vivir en esta tierra sin mi amada, me iré al infierno a ver si logro verla desde lo lejos como solía hacer.” y con el arma otra vez en el corazón, aplicó presión y jaló el gatillo, lloró dos chorros de sangre y estos emanaron un vapor en medio de la fría noche, este vapor se fue por la ventana y fue destruido por la lluvia, se perdió su esencia en una charca del pavimento allá afuera, con una rata ahogada junto a sus crías a lado de unos bellos y mojados botones de geranio.

Cuento original de Rómulo Engycel.

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