Los Cisnes Confundidos

Tenía la manía de coleccionar todos los encendedores que prendían los casi 40 cigarrillos que fumaba diariamente desde hace 28 años cuando falleció su hijo, había intentado usar esos elegantes encendedores que se recargaban con bencina pero no le gustaba el sabor que dejaba en el tabaco así que pasaron a formar parte de su colección.

A él le gustaba hacer aritos de humo, no como la gente que fuma afuera en las ciudades, que lo hacen porque están bajo estrés, porque eso los calma; él fumaba para disfrutarlo, para disfrutarlo en su sangre, para disfrutarlo viendo el humo desde que salía de su boca hasta que se perdía en su viejo cuarto, para disfrutar el sabor, para sentir el olor del tabaco cuando lo botaba por la nariz, a él le gustaba escuchar como se consumía el cada cigarrillo en medio del silencio, su casa era muy silenciosa excepto cuando lo visitaba su nieta.

Ella quería mucho a su abuelo, llegar y abrazarlo fuerte,y sentir ese olor a tabaco pasado, esa sensación de humedad en la casa, el olor a madera vieja y el ambiente, a pesar de todo, muy fresco, le gustaba abrazarlo mucho, se sentía protegida, se sentía bien, se sentía como si abrazara a una nube; después de abrir los ojos, levantaba la mirada y le decía “Hola abuelo” este se agachaba y recibía un beso en la mejilla, un beso muy sincero. Él siempre se quitaba el sombrero para saludarla, nunca en su vida lo hizo con otra persona. 

Siempre que llegaba ella le pedía a su abuelo que saque su pipa, él la complacía, le colocaba un poco de tabaco y la prendía, entonces ella le pedía que haga como tren, y él tomaba una bocanada de humo y sin golpearlo lo soplaba por la pipa botando mucho humo por ella, luego, sin que se lo pidieran, el tomaba un poco de más de humo y lo botaba haciendo pequeños aros que su nieta deshacía metiendo su índice por en medio de cada uno.

El ambiente a pesar de estar lleno de cajas con cosas cubiertas de polvo y a pesar de que su casa era un cuarto pequeño en una quinta, ella, se divertía mucho ahí, su abuelo tenía una tabla de madera y una cajita de tizas, siempre sacaban una cada uno y dibujaban en la tabla juntos, hacían un montón de dibujos y cuando se gastaban las tizas salían juntos a comprar pan francés, a comprar cinco panes franceses y 100 gramos de jamón para regresar al cuarto de la quinta a comerlos maridados con una taza de café para él y un té con limón para ella, conversaban de las amigas y amigos que tenía en el colegio donde recién estaba empezando, le contaba que era muy grande y que tenían uniformes, le contaba que había mucha gente y que las profesoras eran muy buenas, también le contaba lo que hacía, le enseñaba a su abuelo las bocales y él le enseñaba el abecedario.

Él nunca había tratado bien a las mujeres, no porque sea malo si no porque tuvo un desamor muy trágico cuando joven y quedó resentido con la vida; pero ella, ella era diferente, tan pequeña, tan inocente, tan ajena al mundo que él conocía, hermosa como una princesa, con rulos negros y ojos cafés, pero que muy de cerca se veían algo verdes, piel blanca como el algodón y mejillas coloradas como los melocotones en Mayo. Él no lo sabía, pero estaba enamorado.

Ella volteó a mirarlo y le dio un abrazo, un abrazo muy fuerte, mirándolo fijamente a los ojos y apoyando su mentón contra la barriga de él, mientras él encogía la mirada para darse cuenta de cuál era la expresión de su nieta, aplastaba su mentón contra su pecho, entonces el la abrazaba justo y por detrás de los hombros, así se quedaban en silencio y rodeados por cuatrocientos veintiséis encendedores de colores colocados uno a lado del otro en pequeñas repisas. Se abrazaron muy fuerte y sincero, envueltos en el olor de un cuarto donde se fuma todo el tiempo cuando abres la ventana.

Cuento original de Rómulo Engycel.

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