Era una calurosa tarde, estaba en uno jardines de la universidad, habían muchos, unos mas grandes, exóticos o acogedores, pero consideraba a este con sus viejos arboles y grama descuidada su lugar.
Se sentó a la sombra de un gran árbol que había visto generaciones y generaciones de estudiantes pasar y abrió el cuaderno de notas, había tenido 13 o 14 años cuando lo escribió, una edad incomoda definitivamente.
Le resulto difícil leerlo, escritores mas talentosos podían pasar horas y horas hablando acerca de lo difícil que era leer sus propios trabajos, si a esto le sumamos la terrible caligrafía y ortografía, el asunto no mejoraba. Sin embargo poco a poco fue olvidando estos detalles y se metió en la lectura.
Era una historia sobre un robot que los humanos habían lanzado al planeta marte como parte de una misión de reconocimiento, proyecto que al poco tiempo abandonarían por falta de presupuesto o alguna otra excusa burocrática.
Habían olvidado presionar el botón de apagado y Rover (Así se llamaba el robot) había continuado explorando la basta inmensidad del planeta rojo buscando señales de vida o alguna otra cosa de interés para los humanos. Pasó días y días recorriendo dunas, cráteres, examinó kilómetros y kilómetros de cavernas que fácilmente podían haber albergado vida, pero nunca lo hicieron.
Continuó incansablemente durante siglos y siglos hasta que el sol se había agotado y la raza humana había cesado de existir y cuando esto sucedió Rover lo supo. La extinción de esos pequeños seres llenos de sueños y esperanzas había resonado en cada galaxia, cada estrella, en cada pequeña partícula de polvo pues todo el amor, el desamor, las promesas y decepciones características de la raza habían dejado una marca tangible en el universo. El alma humana era la que le daba significado a todas las cosas.
Puede que fuera solo por las cosas que estaba pasando en su vida, pero la historia lo dejó con un sentimiento de tristeza y desolación que raras veces se permitía sentir. Pensó en el niño que había sido cuando escribió esa historia. Recordó un día en especial.
Estaba solo, leyendo algo que no entendía completamente (Salinger o bukowski) mientras el resto de los niños jugaban, él era un elemento libre en ese microcosmos que podía llegar a ser un patio lleno de niños cuando la vio acercarse, ella tenia cabello negro y una mirada demasiado inteligente para su edad.
“Si sigues leyendo nunca harás amigos” Dijo, Era primera vez que la escuchaba, pero bastante que la había visto.
“Aquí tengo los que necesito” Dije señalando a mi libro. Ella sonrió y eso fue suficiente, así comenzó todo.
Me gustaría pensar que nuestra historia con sus altos y bajos, que ese afecto infantil que con el tiempo se convertiría en profundo amor por un segundo le dio significado a nuestras vidas, que aunque las cosas no hayan funcionado por un momento nuestro amor encendiese una llama que iluminará el universo y que cuando todo se acabe el eco de nuestros días retumbe en la eternidad.
Cuento corto original de David Valdez.
