(…) Solemos desconocer el alcance de las despedidas. Solo las dimensionamos maximizadas en la experiencia; cuando se viven no son más que un hecho incierto, de esos que en el fondo no nos creemos suficientemente a menos que se trate de la muerte. Solo el paso de los días, de los meses, de los años, pueden revelarnos la magnitud de un adiós. Abandoné Monte Sur el veinticuatro de noviembre, esperando muy en el fondo de mi que Marco hiciera algo por detenerme. La despedida fue para siempre. Luego de aquél atardecer, diez días antes de mi partida de la isla contando hasta este preciso momento, ya lo entiendo con el peso que amerita: nunca más volví a saber de él.

Prosa poética original de Palabras infértiles.

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