(…) Tengo una rutina que hemos aprendido a amar: cada vez que estamos allí arriba, le pregunto que siente esta vez. Él enfoca libremente cuanto pueda llamar su atención, sonríe. Mantiene silencio.
Es una manera de entender a quién tengo enfrente, no por lo que dice, ¡Jamás por lo que dice!, sino por como se devela esa maravilla de mundo interior que podría poseer. No conozco a la gente por como se relaciona con los demás; distingo un juego de lo serio y su necesidad de soledad, de hermetismo siempre me mostró que había alguien allí que valía la pena descubrir.
Él concretaba una y otra vez frases nerviosas. Nuevas cada día; a veces eran apreciaciones profundas que necesitábamos desentrañar, otras cosas sencillas que no pasaban de la risa del momento.
Un día decidí no hacerlo, pero él detuvo el paso como venía siendo costumbre. Volteó y pudo comprobar que yo había seguido directo a la cabina donde comenzaba nuestro trabajo. En lugar de descolocarse, se tomó todo el tiempo…. todo el tiempo que en cada ocasión solía tomarse.
Ni él ni yo dijimos algo al respecto. Llegó el cierre y conduje hasta el hotel como de costumbre para dejarlo. Entonces me entregó una nota:
“Cada vez que me haces mirar toda esa caótica maravilla es un eco tuyo el que me despierta, hay un gran pozo debajo. Uno de cosas que nunca llegaré a entender.. siquiera a conocer. Solía pasarme la vida intentando ser resolutivo al respecto: eso de mirar con detalle las cosas, apreciarlas; te gustaría que en esta parte dijera que me lo has enseñado, pero eso no es cierto. No lo he aprendido ni lo aprenderé. Y allí es donde radica la fastuosidad de esta simbiosis, amor mío, aunque en principio pienses lo contrario: puedo verlo porque estás aquí. Puedo ser un espectador porque me incentivas a detenerme en lo que habitualmente solo me llevaba a continuar a paso rápido cualquier camino. Y eso me hace feliz. Consecuentemente eso me hace sentir a gusto y deriva en adorarte como no pensé adorar a nadie antes.
Si un día esto acaba, volveré a ver el pozo infinito debajo y cada día me costará más iluminarme de esos detalles que solía contemplar cuando la cima era justamente eso: la cima del mundo en una sumatoria de cientos de cosas que lo hacían tal porque tú estabas aquí. Terminará por diluirse el talento, pero no el recuerdo del ingenioso modo en que germinó hasta alcanzarme.
Es justo y lapidario, tangible y a la vez no: la necesidad de no estar solos tiene un propósito poético, metafórico y mortal. Me haces potencia, mejoras este lienzo. Llenarme de tus atributos es suficiente razón y, perderlos… por Dios, perderlos será perder esta versión que estoy amando con una pasión incuantificable en cada nueva palabra.
No permitas que deje de verme en cada mañana. Sigue esculpiéndome. Amo la manera en que perfeccionas mis aristas.”
Prosa original de Palabras infértiles.
