Que es la naturaleza sino la sutil y persistente caricia de la feminidad, el amor a la vida, a lo infinito. A aquellas cosas que te hacen levantar cada día y decir que vale la pena estar vivo. Tan solo unos rayos de sol son suficientes para sonreír en la eternidad del cielo. Y ni hablar si tienes enfrente unas imponentes montañas, sientes que te abrazan, justo allí en el medio, donde se unen. Es un abrazo tan estrecho y sincero que no se puede medir en términos mortales. Es etéreo. Se funde con tus recuerdos y se instala allí para que nunca olvides el abrazo del alma del valle. Una vez has sido acogido por aquel verdor estas a salvo, no tienes por qué temer. Sino para eso están las nubes, ellas traen impresas formas hechas solo para ti, para ese instante en el que las miras con atención, dándoles la importancia que se merecen, pues si las observas delicadamente te envían mensajes de tranquilidad y amor. Sino acuéstate en el pasto y cierra los ojos, es un tupido lecho que envuelve tu cuerpo y tu interior dándole paso a la relajación, a la reflexión, al encuentro con tu más profundo ser, estando allí te verás protegido por los maravillosos árboles, sólo ellos tienen el secreto que te hará fuerte y resistente, pero no olvides que el viento te mece y las gotas de lluvia te mojan, recordándote que eres un mortal y que estás hecho para sentir.
Prosa poética original de Hipnótico carmín.
