El silbido acartonado de tu aliento
que parpadea inerte como hielo en el espejo;
las fuertes convulsiones agrimuertas de tu pecho
que te parten los bronquios por última vez.
El aroma óseo de la tumba
ventila sutilemente cada fibra de la estancia,
haciendo que poco a poco
te explote cada célula del cuerpo;
haciendo que poco a poco
se derrita cada átomo de ti.
Sí, dentro de poco tus labios sólo destilarán
auroras podridas y violáceas;
pretenderán hervir tus carnes
en la sinsustancia del olvido;
todo porque diamantaste a los que no lo merecían;
todo porque te empeñaste en tener una vida que, esta vez, sí es sueño.
Y ahora te das de cabezazos contra la luna
porque nada salió como pensabas…
¿Por qué hiciste caso a sus consejos?
Has soñado con hombres demasiado humanos para ser humanos;
Has creído en mujeres a las que viste los ojos y te inventaste su alma…
Todo por tropezar con una piedra en el camino;
por dejarte llevar a través de sus certezas embusteras.
El amor sólo consiguió elevarte
a nuevos precipicios,
y las voces que te destrozaron
aún orbitan disecadas alrededor de tus oídos.
No debiste escuchar a semejante ramera
de sugerencias tan nocturnas,
ni confiarte a incertidumbres
doradas a base de quimeras.
No debiste dejar que tu piel se rompiera
en mil pedazos de su tacto,
o cargar tu lengua
con todo el sabor de tu alma.
Y aquí estás ahora…
muriendo desde hace años
por culpa de un cáncer de luna.
Poesía original de Eros Ignem.
