ASÍ CONOCÍ A UNA MUJER LLAMADA AGONÍA

No estoy seguro si fue real o no; si fue producto del constante desvelo de la semana, del mes, de la vida o por simple sugestión, no sé si alucinaba o alguien jugaba con las cortinas, que se movían serpenteantes en cuanto les ponía encima mi atenta mirada.

Hice una promesa: ver la luna antes de dormir.

Supuestamente era sumamente bella esa noche.

Antes de acostarme me dispuse a ver al cuerpo en la bóveda celeste, pero desde mi cómplice ventana no se apreciaba absolutamente nada más que oscuridad. Suspiré indignado sobre el vidrio de la ventana, el cual se empañó. Con mi dedo índice izquierdo dibujé la luna en ese cielo vacío.

Comencé a caminar de la ventana a mi cama, pero poco a poco, la luna que había creado comenzó a emitir luz propia, una luz que no se puede ver con simples ojos mortales. Voltee a verla y me acerqué de nuevo a la ventana, era una luz muy fuerte y cegadora, envolvente pero fría y llena de confusión.

No temí, pero me inquietó el hecho de sentir como toda mi energía (o la poca que quedaba) fue drenada de golpe, mi vista se nubló y perdí el equilibrio, veía las cortinas moverse solas, como serpientes sobre el agua; veía la luces de otras casas como grandes llamaradas; sudaba frío. Inmediatamente y como pude, junté fuerzas para levantar el brazo y borré la luna de mi ventana, ya estaba fatigado; sin embargo, eso hizo que alguien arribara a mis pensamientos que solo necesitaban dormir, una mujer en la que logro distinguir al yo de hace unos años. La vi y de inmediato le pregunté:

— Hay algo que no está bien ¿cierto?

— ¡Nada está bien! – Contestó de forma abrupta con un tono de voz fastidiado y rasgado.

Un vendaval sumamente frío llegó directo a mi ventana, golpeando y desgarrando mi pecho y rostro como si fuesen filosas navajas; ese viento me causó un malestar increíblemente grande, aunado a mi falta de vitalidad me impidió cerrar la ventana y caminar normalmente hacia mi cama, las piernas me temblaban, veía figuras en la penumbra de mi habitación, olía a azufre, escuchaba un profundo pitido en mi oído derecho. Estaba perfectamente consciente de la agonía.

Después del pequeño esfuerzo llegué a mi cama y me recosté lentamente boca arriba, sin embargo no me había percatado que ella estaba ahí, esperándome. Al darme cuenta de su presencia se acercó rápida y provocativamente a mi oído con un exhalar muy tibio, mientras tomaba mi brazo derecho entre los suyos y lo presionaba contra su frío pecho, preguntándome:

— Hay algo que no está bien ¿cierto?

— Nada está bien… – Le contesté con voz quejumbrosa y con las pocas fuerzas que me quedaban.

Ella sonrió. Apoyó su cabeza sobre mi brazo, se disipó en el aire y entró a mis pulmones, quitándome la respiración y enfriando mi cuerpo.

Me estaba muriendo.

Prosa poética original de Jorge Zain Portilla.

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