Era la primera vez que las noches se tostaban
al fuego vaporoso de las rosas,
soñando codo a codo con las nubes,
pensando la forma en que supiera de tu nombre.
Era la primera vez que te sentías devorado por campanas;
la primera vez que el mundo sonaba limpio;
la primera vez que no querías
más que dejarte apagar la conciencia
para poder sentir mejor.
Fue la primera vez que se rompieron los frenos
de camino al Paraíso;
el grito del cisne muerto;
el cosmos triturado.
Te costó volver en sí,
limpiarte la tristeza de la piel,
vomitar todo el dulzor…
Y entonces te juras no caer más veces
bajo el yugo del arcoiris.
Pero lo haces…
Lo haces
porque nunca se ha tenido suficiente
de aquella poderosa estampida de luciérnagas
que te sorbe las pupilas
cada vez que ves cómo se acerca esa persona;
la persona que te deja los ojos enfermos de fuego…
Un fuego de cristal.
Aunque aquella pasión jamás será como las demás;
aquella pasión nunca terminará
con su aroma en el desguace…
Será porque nos hace pensar en lo inocentes que éramos…
Será porque nos hace darnos cuenta de cómo cambian los tiempos…
Será al recordar cómo esperabas la más mínima señal,
mirando de reojo,
mientras vestías tu cuerpo de temblor disimulado…
Será por cómo necesitaste del empuje del alcohol y los amigos
para poder arrancar las excusas
de tus piernas y tu lengua…
No importa si erais solo dos adolescentes
con ganas de ser coronados como adultos;
no importa si vuestros cuerpos
llegaron a reafirmarse juntos
como refugiados del Edén,
o si quedó todo en una cosa de chiquillos…
No importa si lo viviste en soledad;
si nunca le dijiste nada a él o a ella
porque valía más la incertidumbre que la decepción;
si te bastó con sentir cómo crecían en tu piel
los primeros brotes de la tentación;
si fue suficiente con soñar que pensaba en ti…
No importa,
porque las deliciosas garras
de aquél delirio
descorcharon nuevos mundos;
porque aquello hizo posible
que explotasen los colores
más vivos de la vida.
Y aunque a algunos les probase
que de niños no se equivocaban,
que los monstruos son reales,
pocos son los que no se sienten confortados
al volver a aquellos días;
pocos son los que no sonríen
y no aparcan un momento sus abismos
al volver a recordar.
Y si no me crees,
prueba en un mal día…
No se sabe cómo llega,
pero siempre lo hace:
Tan inexorable como la muerte,
tan endiablado como el paladar indómito del fuego,
tan intenso como un torbellino de miel sobre los labios…
El primer amor.
Poesía original de Erosignem.
