Amanece. Tu cabellera se disipa en la acuarela del infinito nocturno,

                                   trasluce.

Tu oscuro perfume de astro perenne inunda la superficie vaporosa de

azoteas y callejones; brota tristeza de flores lacrimales, pasa un tren

                                   liviano y sin destino.

Pájaros de bronce trinan entre los árboles de tus dedos los himnos gloriosos

                                   de tu evangelio.

Cierta alegría en tus ojos convierte en milagro lo cotidiano.

Una niña recoge flores de agua y las junta en racimos marinos.

Un anciano pasa fumando y el humo dibuja olvidadas ilusiones.

Paisajes nuevos asoman en cada esquina y al instante desaparecen.

En la sombra de tu pecho los amantes toman un respiro antes de sumergirse de nuevo en sus gastados adioses.

La lluvia reticente se ha evaporado. De ti nacen rayos de luz dorados

                                   y veloces como peces.

Tañe sola una campana. Hay un niño de rodillas en un campo distante.

Ve arder algo alegremente. Es el lenguaje de un mundo que no entiende.

Desde que recuerda, le ha prendido fuego cada noche. Quiere empezar de nuevo.

Parvadas de nubes anidan en lo alto de los fresnos mientras formaciones de elefantes en el horizonte anuncian la caída de una cometa.

El niño arrodillado, pronto sabrá que la tristeza no se pierde.

La encontrará otra vez, cuando atareado nombrando el mundo,

distraído te dé otro nombre.

Poesía original de Alberto Villegas, Adán.

Deja un comentario