Primavera Contigo

No era una mañana como las otras. El calor corporal era más tibio, y sin embargo el clima había cambiado y todo comenzaba a ser más frío que el de hace una semana atrás. Un cuerpo desnudo, postrado a mi lado se acurrucaba plácidamente en mi pecho. Sus anteojos estaban colocados en la mesa de noche, al lado derecho de la cama. No me había percatado que sus ojos eran de color cafés claro. Su pelo castaño largo cubría parte de mi hombro y mi almohada. Recordaba haberme perdido en su cabellera unas horas antes. 

Estaba exhausto. Una noche de placeres y desenfrenos se convirtió en un amanecer de besos y viajes interespaciales al fondo de un universo desconocido. A pesar de ello, había dormido como un niño, y era preciso preparar el café matutino. 

Mientras abría la bolsa de granos tostados, el olor a café antigueño se esparcía por toda la cocina y pensaba -¿después del café, que pasará?-.Quiero decir, la quería pero a penas la conocía por una fracción de meses, días, horas y segundos; y para mi, aún era una pequeña extraña. La quiero, de veras la quiero, como para estar con ella, pero yo no sabría si ella quería lo mismo. 

El silencio se vio interrumpido cuando ella jaló la palanca del inodoro y el agua desaparecía sutilmente ante sus ojos color cafés. Miraba de reojo por un espejo colgado en el pasillo que conduce a la recamara. Vi que permanecía desnuda y buscaba una camisa para taparse del frío. Tomo una playera negra de AC/DC, una camisa color jeans, y sus bragas de encaje negro. Luego, encendió la radio y cantaba sutilmente los versos y susurros de una canción de antaño. 

Después de un par de huevos con jamón preparados al momento, me dispuse a servir la mesa. Pensaba en la catarsis de mi mente y mi ser al momento de conocerla, y ello me incitaba a ser una mejor persona (por lo menos, intentarlo). Ella me saludo tranquilamente y beso mi mejilla. Pensé en besarle en la boca pero preferí servirle una taza con café y preguntarle por la cantidad de azúcar que deseaba. -”sin azúcar querido, lo quiero amargo”-me dijo y continúe preparando la mesa. 

Tranquilamente se sentó en el sofá y le pase los panes tostados. Moví todos los utensilios a la sala y comí en el piso con ella. Hablamos y hablamos, de política de dos seres extraños, de arte, de libros que conmueven y deliran a la mente, y algún recuerdo probablemente olvidado. Cada vez que ella sonreía descubría mi necesidad por ella y eso era fatal, a mi parecer, en ese preciso instante. 

Veía sus ojos radiantes cuando hablábamos de Cortázar y de la poesía de Neruda. Vivía su brillo, su pasión por la vida. No quería que se fuera del apartamento, y eso también era fatal, “en ese preciso momento”. 

Después de tres tazas y dos horas después nos levantamos, ella se cepilló los dientes y yo lavé los platos. La miraba caminar de un lado a otro, sin rumbo ni dirección, sin un plan específico. Quería decirle que se quedara, pero no sabía si ella diría que si. Seque los platos y al momento de voltearme, ella esta ahi, quieta, parada, con su pelo recogido y con los ojos llorozos. 

-¿Qué pasa?, ¿te sientes bien?- le pregunté. No sabía la gravedad de las circunstancias y el temor me embriagaba, porque no sabía si esta situación me alejaría de ella. -¡Quiero, quiero…. quiero…! Pero no pudo terminar su frase. ¿Que hacer? porque no sabía si todo era culpa mía. Simplemente la abracé y le dije que todo estaría bien. ¿porqué dije eso? no lo sé, de verás, no lo sé. De repente ella empezó a balbucear un grupo de palabras indescifrables, pero escuché pacientemente para encontrar alguna pista, y de repente grito: -¡No quiero irme, quiero amanecer contigo todos los días, quiero que nuestra primavera sea eterna pero tengo miedo. Miedo del verano que seca el alma, el sentimiento; del invierno que congela las camas y los cuerpos. Quiero una primavera eterna contigo! –

Quede atónito. No sabía como responder a tal descubrimiento, porque afirmar algo sin eterna convicción o seguridad no era justo. La quería, pero valía hacer un gran intento por amarla. lo valía. La tome de los hombros suavemente y le hablé, mirándola directamente a los ojos y dije sin titubear: -No te puedo prometer que el amor siempre sea primavera, pero si eterna. Pero te digo que cuando el verano venga, refrescaré tu alma con abrazos y paciencia; Cuando el invierno nos trate de congelar, beberemos chocolate caliente con la dulzura de nuestra compañía y la empatía mutua. Barreremos las impurezas de un otoño y disfrutaremos de la vejez juntos, con el aire que refresca nuestra relación para que cuando la primavera florezca, no piense en irse a ninguna parte de este basto mundo.-

Sonrió, me beso y nos hicimos nuestros. 

El tiempo ha pasado. La primavera continúa después de meses prolongados y ahora las mañanas no son las mismas de un año atrás. Ahora despierto con el mismo café de siempre, pero sirvo dos tazas sin azúcar…

Cuento corto original de Manuel Mendez.

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