¿Escribir?
¿Para qué?
¿De qué?…
… ¿A quién?
¿Escribir para desahogarme, o para que de alguna forma tengas una mínima idea de cómo me siento? Ninguna es una opción. La morfina de mis letras dejó de hacer efecto, y de todas formas, sé que no me leerás más.
¿Escribir de qué?, ¿de lo que siento cuando te miro?, ni siquiera lo puedo describir. ¿De todas las veces que te pienso en todo el día? Ni siquiera puedo contarlas. ¿Del nudo constante que siento en mi garganta con cada hora que pasa?, ¿para qué?, ni así entenderías nada…
Podría escribir cientos de versos hablando de tus manos; de tu voz; de tu aroma. De las mariposas en mi hipotálamo revoloteando a mil por hora por ti.
Podría escribirte de la rara sensación que siente mi nariz cada vez que mis ojos quieren empezar a lagrimear a causa tuya, pero se hacen los fuertes, los valientes, y se contienen.
Podría escribirte de cómo siento que muere mi corazón día tras día por ti, y luego llegas, lo reanimas, lo reparas, y lo vuelves a quebrar para volverte a ir.
Podría escribirte de tantas cosas…
Pero, ¿a quién puedo escribirle? O mejor dicho, ¿para quién DEBO escribir?
Porque si hablamos de “poder”, podría escribirle a miles de cosas.
Al tiempo y al destino, por ejemplo, les escribiría muchas cartas, pero no de amor, sino todo lo contrario; les diría lo mucho que los odio y que me joden la existencia.
A tus ojos les escribiría uno que otro poema, los compararía con las estrellas que miro en mi techo al apagar la luz y recostarme en mi cama, ahí, donde invade el silencio y algunas veces la melancolía.
Podría escribirte a ti. Simplemente a ti.
Pero hablando de “deber”, me quedo sin una respuesta. No tengo idea de qué responder, no encuentro ninguna opción, ninguna posibilidad, no encuentro ningún nombre en mi cabeza; ni siquiera el tuyo.
Y es que entre “poder” y “deber”, hay una gran diferencia.
Pienso que no debería escribirte nunca más. Tú no entiendes mis poemas, ni mi sentir, ni absolutamente nada de lo que hay en mi cabeza. No entiendes ni una sola de mis lágrimas, ni de mis caricias; ni siquiera una sola de mis miradas.
Pienso que alguien como tú no merece ser tan infinito en un papel, y mucho menos tan seguido.
Pero así como “poder” y “deber” son diferentes, el deber y el amor no se llevan; no se toleran.
Así que no tengo salida, porque el amor que te tengo me obliga a deslizar la tinta obre mi cuaderno hablando de ti sin parar, una y otra vez. Y entonces, aunque mil veces no quiera, la respuesta a todas mis preguntas, sigues siendo tú.
— Miriam Gris
Poesía original de Miriam Gris.
