Olía una flor

Olía una flor y pensé: “Qué marchitas están mis manos…”
Las miré, manchadas, teñidas de púrpura
Una grieta por cada lágrima
El tiempo suspendido que ensombreció todo
Dejé de mirar pero no cerré los ojos
Metí las manos en los bolsillos
Y quedó la flor flotando adelante
Como una visión en mi frente

“Mis brazos también son castigo
Nunca me abracé a mi mismo”

Inmovilicé mi cuerpo cinco segundos eones
Me inundé, si.
Me he inundado de flotar en un solo pie
Arranqué muchas flores para olerlas, pero nunca había observado
Que uno envejece cuando arranca una flor

Poesía original de Nicolás Hailand.

Deja un comentario