Olía una flor y pensé: “Qué marchitas están mis manos…”
Las miré, manchadas, teñidas de púrpura
Una grieta por cada lágrima
El tiempo suspendido que ensombreció todo
Dejé de mirar pero no cerré los ojos
Metí las manos en los bolsillos
Y quedó la flor flotando adelante
Como una visión en mi frente
“Mis brazos también son castigo
Nunca me abracé a mi mismo”
Inmovilicé mi cuerpo cinco segundos eones
Me inundé, si.
Me he inundado de flotar en un solo pie
Arranqué muchas flores para olerlas, pero nunca había observado
Que uno envejece cuando arranca una flor
Poesía original de Nicolás Hailand.
Publicado por Cadaveres
De niño mi familia creía que la terapia era para los locos y los locos estaban locos por creer necesitarla. Como buen loco, seguí y termine una carrera en el campo de la salud mental, buscando entenderme y ayudar a otros a hacer lo mismo. Para mi sorpresa, encontré lo que quería no donde buscaba, si no en las letras que tanto había intentado dejar de lado como un pasatiempo. Por medio de la poesía, encontré mi voz y comencé e largo camino de entenderme.
Escribo poemas de salud mental: como afecta nuestra relación con nosotros mismos y con los demás, como somos percibidos por los demás como esto afecta las percepciones que tenemos de nosotros mismos, como intersecciona con nuestras múltiples facetas de nuestra experiencia de vida. Por medio de mis letras espero invitar a otros locos a explorar, entender y aceptar quienes somos, a encontrar su propia voz y sus propias palabras.
Ver todas las entradas de Cadaveres