Bosquejos de amor

Rozar accidentalmente nuestras manos se convirtió en una tierna pero impetuosa necesidad de tocarnos el alma, de acercar nuestros cuerpos y envolvernos con los brazos con la innegable necesidad de decirnos al oído cuánto nos queremos.

Rozar accidentalmente nuestras manos se convirtió en ese lapso en el que la vehemencia de nuestro interior restalla y el exterior acalla.

Rozar accidentalmente nuestras manos se ha convertido en algo más significante que las últimas vacaciones de verano o que aquella vez que gané ese concurso de literatura.

La vez que rozamos accidentalmente nuestras manos se convirtió en un pequeño momento mágico que nunca olvidaré.

Y ni siquiera lo notaste.

Poesía original de Christian Kleriga.

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