A mis recuerdos le dan vida el aroma de tu vagina.
Autor: Cadaveres
Oigo la música de tu cuerpo en la yema de mis dedos.
Uno, dos, tres
La habitación tiene tintes violáceos. Los tintes violáceos corren con una gélida ventisca de una procedencia desconocida. La gélida ventisca corre de arriba a abajo. De lado a lado. La gélida ventisca crea remolinos de polvo. Entras a la habitación. Entras a la habitación y notas la mesa. La mesa y la silla. La silla y la mujer que está sentada. Te acercas a la mujer. Un paso, dos pasos, tres pasos. Te detienes. Notas el silencio. El silencio perturbador. El silencio perturbador te tapa los oídos. Estás sordo. Estás con la mujer. La mujer levanta la mirada. La mirada está vacía. El silencio te acompaña mientras caminas. Un paso, dos pasos, tres pasos. Estás frente a la mujer. Quieres hablar pero la sordera se llevó de la mano a las palabras. Las palabras y el miedo. Se fueron y quedó la mujer. Levantas la mano. Quieres tocar su cara. Su cara pálida. Su cara pálida con las venas saltando en la frente. Sus venas saltando se recorren hasta el borde de los párpados. Los párpados y los ojos vacíos. Los ojos y su mirada que sigue puesta en la tuya. La tocas. Tocas su mano y te detienes. Te detienes a sentir su piel. La textura de cera de la piel. Resbaladiza y dura. Dura y fría. La mortandad grita. La mortandad quiere escapar de la piel. Escuchas un murmullo. Un murmullo procedente de la mujer. La mujer te sonríe. Los dientes y sus aristas filosas se asoman. Se asoman y te invitan. Te invitan a evocar el recuerdo. El recuerdo de la habitación gélida, de la silla y la mujer. Uno, dos, tres. Le sonríes de vuelta. Te acercas a la mujer. Te acercas y abre los brazos. Te sientas en su regazo e inhalas. Inhalas el olor a putrefacción. Pútrido y caliente. La mujer emana calor. Te recargas en su pecho. Su pecho es blando y es caliente. La mujer sigue sonriendo. La mujer sonríe y empieza a cantar. Canta y tu las escuchas. La escuchas y es familiar. “Siempre quise saber como la muerte vendría, uno dos tres, bienvenida, uno dos tres, hija mía” La mujer repite el cántico. Lo repite y te percatas. Te percatas que tuyo es el calor. Lo blando es tuyo y el calor. El calor se desvanece y se presenta la verdadera textura. La textura fría y rugosa. Rugosa y escamosa. Escamosa y las estrías. Las estrías son moradas y la mortandad aúlla. Levantas la mirada y te encuentras con la suya. Te besa la mejilla. Te besa la mejilla y te sonríe. Le sonríes y le hablas. “Mamá, mamita, quiéreme, mamita veéme, mamita, mamá, háblame. Mamá suspira. Mamá suspira y te abraza.
Mamá te abraza y empieza a gritar.
Prosa original de Raydena.
¿Es de verdad casual que estemos juntos
entre la inmensidad del Universo?
¿es de verdad casual que nuestra piel
se llame?
El dolor de tu adiós
Sé que tú me quieres,
siento tristeza en mi corazón
por el dolor de tu adiós.
Donde tú estés,si te llega mi voz,
al ponerse el sol me recordarás;
sigo estando en ti
aunque ya no estás.
Nuestro destino es volver a empezar.
Nada es igual sin ti,
ya todos mis días se visten de gris.
Donde tú estés,
si te llega mi voz,
al ponerse el sol me recordarás;
sigo estando en ti… como tú en mí.
Poesía original de Marcela Morelo.
imposible oponerse,
nuestros cuerpos se atraen
con la fuerza del Cosmos…
Simulaciones volátiles
Una vez intente acercarme a mis miedos,
les hable de ti,
de tu sonrisa,
Ayer sentí que volaba
desperté y era el silencio
que deja alguien cuando se va de tu lado
hoy el vacío son viejas promesas
se disfraza la agonía y baja lento en mi rostro
En cada parpadeo siento dolor
Mañana sé que vendrás por tus pertenencias
espero esta vez
no olvides nada en mi maldito cuerpo
En unas semanas todo seguirá su rumbo
tu seguirás hundido en un estúpido recuerdo
Los ciclos tienden a repetirse
una y otra vez
es histórico.
Poesía original de Mónica Olivares.
Prensado a mis entrañas
permaneceHace un año vive conmigo
chupando mi sangre
mi sudor
mi sexo.He intentado un aborto
pero este amor
no conoce la muerte.
Crónica de un regreso a casa sin ti.
Hoy decidí ir al parque en vez de llegar primero a casa. Lo hice justo como todas las tardes de las últimas semanas, sólo que esta vez, sin ti.
El cielo estaba gris, la calle parecía la de una ciudad fantasma, sin nadie alrededor.
Al llegar al parque, me senté en el columpio en el que siempre te sentabas. Algo en mi pecho se empezó a quebrar.
Hoy comprendí que esto de verdad se acabó, hoy acepté en verdad que esto ya no te importa.
Encendí un cigarro, el último en tu nombre, y rompimos en llanto el cielo y yo.
Decidiste dejar de quererme en mis peores días; siento que nada vale la pena, y ahora que te has ido, no sé cómo cambiar de idea.
Quise imaginarme que en una de esas, al voltear, estarías tú camino a encontrarme. Que me abrazarías con todo tu amor como lo hacía aquella pareja de enamorados que se refugiaba de la lluvia bajo un árbol a unos cuántos metros.
No importa cuánto lo hubiese deseado; yo sé muy bien que nuestros ojos no se volverán a cruzar jamás.
Las nubes grises comenzaron a llorar con más intensidad, terminé el cigarro y me dispuse a marcharme.
Mientras caminaba, empecé a sentirme sola. Verdaderamente sola…
Presioné mis brazos contra mí, ya no sabía qué hacer. La lluvia hacía mucho ruido cuando azotaba contra los techos de las casas, contra los coches. Casi podía escuchar el mismo golpeteo cuando caía sobre mi cuerpo, ahora vacío, tan vacío.
Continué caminando creyendo que en cualquier momento mis piernas dejarían de responder, y tendría que caer rendida ante tu lastimosa ausencia.
Pero lo logré, llegué a casa. Todo estaba en silencio, no había nadie ahí.
Una vez en mi habitación, me tumbé en mi cama y te invoqué en mi mente con más lágrimas aún.
Y ahora sólo puedo preguntarme si así es como será a partir de ahora, ¿así es como tendrán que ser los siguientes días?
Creo que podría soportar muchas otras cosas, pero no podría caminar a casa una vez más, sin ti.
– Miriam Gris
Prosa original de Miriam Gris.
El insomnio ha llegado. Siempre llega.
Aturde.
Se levanta como un fantasma gigante
cubre con su sombra lo que toca.
Fabrica pájaros de vidrio
se deja caer entre letras entrelazadas.
Hiere la pupila y desgrana pequeños miedos en el pecho.
Nadie lo contiene.
A veces llora abrazado a un gato siamés.
