Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo tierra.
Autor: Cadaveres
Tormentas y tornados.
Te lo he dicho mil veces, que el cielo y yo somos casi iguales… incomprensibles, llenos de nubes grises; tan estrellados; tan soleados;
tan lluviosos en el mes de Agosto…
El cielo y yo somos uno solo. A veces, también mis letras se nos juntan, y entonces, desatamos tormentas.
Pero ahora, mira bien lo que has provocado, el cielo y yo estamos por desatar un tornado.
Escucha los truenos advirtiendo lo peor. Dime si puedes sentir cómo el viento empieza a prevenirte, dime si puedes sentir cuando comience a azotar tu piel con toda su fuerza.
Esta vez no hay escape. No hay refugio. No hay nada. Porque has sido tan torpe, has sido tan tú mismo, que nos has pedido que desatemos todo lo que hemos guardado. Toda la malicia que me falta y toda la maldad que me sobra…
Encontré mis agallas mal puestas en algún cajón con telarañas, y encontré también todo el valor y la valentía que nunca tuve. Así que corre todo lo que puedas, huye y no mires atrás, porque no habrá más días de calma, no habrá más días de sol. A partir de hoy no habrá más estrellas para ti, ni luna que alumbre en tu abismo.
Y llegó el momento, lo que tanto querías.
Ya quiero ver a qué te aferras cuando se te junten la tierra y el cielo.
Ya quiero ver a quién te aferras, porque a partir de hoy, ya no te quiero.
– Miriam Gris
Poesía original de Miriam Gris.
como un poema enterado
del silencio de las cosas
hablas para no verme
Fragmento de
Árbol de Diana por Alejandra Pizarnik.
Alimentando a tus parásitos
Manojos de arañas brotan de su piel. Ella estira, jala, abre poco a poco su pellejo, todo negro por dentro, todo vísceras, entrañas, arañas trepando por sus costillas, anidando en su estómago, carcomiendo con veneno poco a poco, lentamente pero seguro.
De su boca escapan ciempiés. Primero uno, dos, diez, setenta-y-cinco. Negros, cafés, todos corriendo al compás de sus alaridos, de sus sollozos sofocados por otro manojo de animalejos. Vómito y ciempiés, arañas y piel.
Cucarachas escapan de la piel despellejada que ella arranca con sus uñas. Sus uñan se despegan de la carne de sus dedos, estas caen empapadas de la sangre de las cucarachas.
Sus ojos son carcomidos por gusanos que anidan en sus cuencas. Caen lágrimas saladas bañadas en dentro de heridas abiertas: sal para las heridas. Arde, quema.
Los gusanos carcomen por dentro haciéndose espacio entre nervios y músculos hasta encontrar el cerebro. Espasmos, la vista ya no le funciona. Cae al piso, sofocada, entre vómito, sangre, lágrimas y animalejos.
Solloza entre dientes, entre el caminar de los ciempiés, un gemido incesante que ni el vómito logra detener. Un padre nuestro, dos Ave Marías, rosario en mano. No es creyente pero los animalejos y las sombras que rondan su habitación son suficiente razón para rezarle a la nada.
Estallan sus oídos, el tímpano revienta y un enjambre de avispas se hace espacio entre sus orejas. Un zumbido agobiante la ensordece y exaltan a los animalejos que la rodean. Estos comen más rápido, devoran como si fuera a acabarse pronto su banquete.
Sangre, arañas, ciempiés, cucarachas, gusanos y avispas. Piel, entrañas, salivas, uñas, lágrimas y un sonido punzante, agobiante, ensordecedor. Un escozor, el escozor que solo sienten aquellos que son carcomidos en vida por todo lo que esconden dentro.
Mientras tanto las sombras la asechan; se contorsionan en las paredes, cambian conforme pasa la noche, mientras ella evoca los horrores del pasado e intenta olvidarse de las apariciones, demonios sin rostro ni nombre, todos conjurados por ella misma.
Entre las sombras y demonios inventan un juego: quien logre atormentarla más gana su tridente en el infierno. Jalan sus cabellos las negras manos de las sombras, estiran sus largos dedos cadavéricos hacia su pecho, alcanzando el corazón infestado de animalejos. Ella lo siente palpitar, rápido, incesante, a punto de reventar, los bichos intentándose escapar. Se meten bajo la piel los demonios, sudor frío y el escozor cada vez más calcinante.
Escalofríos recorren su piel mientras ella continúa sollozando.
El festín para parásitos, insectos, animalejos hambrientos de más carne se estremece. Ella se deshace, es masticada, escupida, digerida por todo aquello que ocultaba dentro de sí. Ni gritos, ni alaridos, ni lágrimas, ni los desesperados espasmos logran detener el incesante escozor y sus alaridos. Sus intentos de empujar hacia adentro son inútiles; ni sacudiéndoselos de la piel logra deshacerse de ellos. Esconder la basura bajo el tapete de su piel ya no funciona. Nada logra matar lo que esconde. Morirá primero ella, mañana a primera hora, comida por los insectos y arácnidos, parásitos que se alimentaran de su cuerpo.
Prosa original por Aileen Martínez Soto.
…creo que mi soledad debería tener alas.
Aquí te espero
Aquí te espero,
con tu adiós aún caliente en mis oídos
a pesar del tiempo transcurrido.
Aquí te espero,
confiando en que,
si alguna vez nos vemos,
en tus ojos se haya roto el muro de sal.
Aquí te espero,
más viejo, más sabio;
con el semblante algo más ácido.
Más fuerte, más enfermo.
Más desconfiado. Más suplicante…
Aquí te espero…
donde sé que no vendrás.
Poesía original por Eros Ignem.
Poco sé de la noche
pero la noche parece saber de mí,
y más aún, me asiste como si me quisiera,
me cubre la conciencia con sus estrellas.
Días Vacíos.
Siempre me he sentido un ser ajeno,
el olvido es mi único acompañante,
como si vagara en silencio
en una estación de trenes abandonada
sabiendo que nunca llegara,
Así me tiendo cada noche a contar estrellas
esperando un regreso
de nadie,
de nada.
Poesía original de Mónica Olivares.
mis manos crecían con música
detrás de las flores
pero ahora
por qué te busco, noche,
por qué duermo con tus muertos
Intensidad
Lloro.
Me rompo.
Me quiebro en mil y un pedazos…
Mientras, el dolor desgarra, el dolor destruye… tú, y tus iniciales bien marcadas dentro de mí.
Mis ojos parecen derretirse y mis pómulos, se irritan por la dureza de mis manos desesperadas por secar tanta sal recorriendo mi piel.
La oscuridad de mi habitación me abraza, y a mí, débil, sin fuerzas, deja de importarme, y me resigno a sentir ese dolor en el pecho que tanto odio. Me entrego toda, y el dolor se adueña de mí.
Estoy sumergida, ahogada, las olas de tu mar me revuelcan una y otra vez, me golpean y me azotan. La arena raspa mis piernas y siento cómo tambalean y fracasan cuando intento ponerme de pie.
Entonces, siento el frío del suelo quemando en mis rodillas, en las palmas de mis manos, en todo mi cuerpo. Y ahí, tumbada, sin habla, sin nada, te recuerdo…
te quiero,
te aborrezco…
…y te vuelvo a querer.
Y pasan las horas como si fueran días y la puta madrugada ¡no se acaba! Y el sabor de mis letras es amargo, y va muy bien con mis lágrimas saladas…
Te odio y te amo con la misma fuerza de un tornado, y escribo esto con amor y rabia, para que quede plasmada la evidencia en un papel, que nadie te amará con tanto desdén y locura que yo. Que nadie jamás te amará con la misma intensidad… que yo.
— Miriam Gris
Poesía original de Miriam Gris.
