la muerte se muere de risa pero la vida
se muere de llanto…
Autor: Cadaveres
Nada
Galopaba la luna en silencio por su pelo.
La miraba otra vez,
celoso de las sombras que soplaban en su rostro.
Olía dulce.
No sé si eran las flores de Agosto
que sudaban perfume de estrellas
o que la cercanía de su piel me golpeaba en la nariz,
abriendo heridas incurables;
heridas que nunca sanarían.
Mi aliento irregular y nervioso
tropezando contra sonrisas idiotas…
Eso es amor.
Y ahora, años después…
Nada.
Poesía original de Eros Ignem.
Era una noche densa, sin estrellas, pero la oscuridad estaba impregnada por un aire nuevo y limpio.
Sabía que entre tu negación y cobardía, al final, me amarías.
…la muerte lo seguía a todas partes, husmeándole los pantalones, pero sin decidirse a darle el zarpazo final.
¿Escribir?
¿Para qué?
¿De qué?…
… ¿A quién?
¿Escribir para desahogarme, o para que de alguna forma tengas una mínima idea de cómo me siento? Ninguna es una opción. La morfina de mis letras dejó de hacer efecto, y de todas formas, sé que no me leerás más.
¿Escribir de qué?, ¿de lo que siento cuando te miro?, ni siquiera lo puedo describir. ¿De todas las veces que te pienso en todo el día? Ni siquiera puedo contarlas. ¿Del nudo constante que siento en mi garganta con cada hora que pasa?, ¿para qué?, ni así entenderías nada…
Podría escribir cientos de versos hablando de tus manos; de tu voz; de tu aroma. De las mariposas en mi hipotálamo revoloteando a mil por hora por ti.
Podría escribirte de la rara sensación que siente mi nariz cada vez que mis ojos quieren empezar a lagrimear a causa tuya, pero se hacen los fuertes, los valientes, y se contienen.
Podría escribirte de cómo siento que muere mi corazón día tras día por ti, y luego llegas, lo reanimas, lo reparas, y lo vuelves a quebrar para volverte a ir.
Podría escribirte de tantas cosas…
Pero, ¿a quién puedo escribirle? O mejor dicho, ¿para quién DEBO escribir?
Porque si hablamos de “poder”, podría escribirle a miles de cosas.
Al tiempo y al destino, por ejemplo, les escribiría muchas cartas, pero no de amor, sino todo lo contrario; les diría lo mucho que los odio y que me joden la existencia.
A tus ojos les escribiría uno que otro poema, los compararía con las estrellas que miro en mi techo al apagar la luz y recostarme en mi cama, ahí, donde invade el silencio y algunas veces la melancolía.
Podría escribirte a ti. Simplemente a ti.
Pero hablando de “deber”, me quedo sin una respuesta. No tengo idea de qué responder, no encuentro ninguna opción, ninguna posibilidad, no encuentro ningún nombre en mi cabeza; ni siquiera el tuyo.
Y es que entre “poder” y “deber”, hay una gran diferencia.
Pienso que no debería escribirte nunca más. Tú no entiendes mis poemas, ni mi sentir, ni absolutamente nada de lo que hay en mi cabeza. No entiendes ni una sola de mis lágrimas, ni de mis caricias; ni siquiera una sola de mis miradas.
Pienso que alguien como tú no merece ser tan infinito en un papel, y mucho menos tan seguido.
Pero así como “poder” y “deber” son diferentes, el deber y el amor no se llevan; no se toleran.
Así que no tengo salida, porque el amor que te tengo me obliga a deslizar la tinta obre mi cuaderno hablando de ti sin parar, una y otra vez. Y entonces, aunque mil veces no quiera, la respuesta a todas mis preguntas, sigues siendo tú.
— Miriam Gris
Poesía original de Miriam Gris.
te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto…
Sueño Húmedo…
En este país de trivialidades, me remuevo en esta arena movediza que me inunda hasta el hombro derecho.
En esta tierra que no me pertenece me he desviado de ese camino hacia el Mediterráneo. Hoy las huestes zoomorfas me consumen las carnes, beben de mi sangre y lo disfruto. Disfruto esa destrucción, esa consumación de mis vicios y mis virtudes. Me desencadeno, me reprocho, me alabo, me exalto hasta el grado mas indecente del hemisferio norte.
En este extasís de mosto y ceniza, me regocijo en el silencio de mi mente. Los pensamientos callan porque discrepan, se mienten, se acusan, se maltratan, se besan en la boca metafísica.
Ningun motivo, ninguna risa. Ningún pesado resfrío ha condicionado las acciones. Soy un animal, soy un forastero de estas tierras benditas, soy una especie en peligro de extinción.
Bendita entre benditas, maldita entre malditas, aquí se juega el pellejo, se juega la integridad de nuestra conciencia.
Hoy viajo en silencio a ese desenlace en donde lo coherente y lo ingenuo parece una puta fantasía. Todo es hermoso en esta locura…
Todo es relativo, todo es EPIDERMICO, diría Cortázar. Suspiro, me canso, todo es mundano como el motel de la medianoche, como las putas de la sexta avenida, como esa belleza decadente, del análisis freudiano de mi convulsionada mente…
– despierta, ya es hora de desayunar.
Prosa original de Manuel Mendez.
Mejor así
Por supuesto
que hay un montón de cosas
que no te he dicho todavía.
Qué esperabas.
Si te lo dijese todo de golpe,
en un ataque freudiano de sinceridad,
no sólo no me creerías nada
sino que además
empezarías a mirarme
como a un tipo
seriamente peligroso.
Mejor así. Mejor
que sigas pensando
que tengo mucha vida interior
y que te aguardan
momentos irrepetibles.
Por Karmelo C. Iribarren.
Carne
Debajo de mi piel escondo secretos, flores secas que brotan por mis poros y mis venas. Mi cuerpo se cuartea ante mi sequedad e indiferencia. Soy polvo, no alimento ni a estas pobres raíces muertas.
Soy palabras e ideas navegando un pedazo de carne, pensamientos enjaulados por órganos que se pudren con el paso del tiempo.
Si quiera muerta fertilizaría estas flores marchitas.
Ya no soy. Ya no estoy. Pienso y sobre-existo, híper-consciente del espacio que ocupo, de las capas de carne bajo las que me escondo. Deformidad, un pedazo de sangre, huesos, nervios y ansiedad aprisionados por esta piel marchita.
Quiero escapar, deshabitar estas paredes que me confinan al ahora y al mañana pero las uñas no alcanzan a desgarrarme la piel y crece esa aprehensión que me hincha los pulmones y acelera al motor de esta máquina cubierta en piel.
¿Qué son estos dos pedazos de carne y grasa que cuelgan de mi caja torácica? ¿Cuántos pliegues de carne esconden la parte donde mi exterior conecta con lo interno?
Cambio lo que puedo para aquietar esas ganas que tengo de destruirme, modifico bajo poco presupuesto lo que en vida jamás lograré destrozar. Ni siquiera mis palabras ni ideas podrán escapar del deterioro de esta prisión.
El verbo ser y estar poseen horrores sin rostro. Existo y ya no soy. Soy carne y huesos, un recipiente para las ideas, mi lengua un traductor para palabras que me trago junto con tanta saliva y fluidos.
El verbo ser y estar me desfiguran: mujer u hombre, todo o nada. No existe intermedio, no existe nada fuera de este binario, no hay palabra que describa la asfixia de estar encerrada bajo tanta piel y carne. Soy, estoy, mi cuerpo existe pero desvarío al percatarme de su existencia. ¿Qué soy si no estas ideas? ¿En dónde estoy si no en mis palabras? ¿Por qué me aprisionan pliegues tras pliegues de lo que jamás seré?
Mi nombre se convierte en el eco de mis gritos angustiados que no logran escapar de mis labios.
“Eres, existes” pero no soy, no aquí, no así, no en esta carne y estos huesos, no en esta carne o con esta sangre, no mientras sea entre estos barrotes que aborrezco.
Soy. Existo. Agonizo. Ya no logro escuchar mis gritos de terror ante lo interminable de mi prisión. Araño, escarbo, busco una salida; como coyote atrapado, intento amputar lo que me aprisiona ¿pero cómo destruyo el todo sin destruirme por completo?
Hay sangre, carne y mugre entre mis uñas, pedazos del ser que no logro destruir. Me rindo. Me ha engullido ya este monstruo de carne. Ya no soy. Ya no estoy.
Prosa poética original de Aileen Martínez Soto.
