A Qué Me Huele Tu Pelo

Me preguntaste

que ¿a qué te huele tu pelo?

huele a esperar 7 años

a juegos soleados

a rezos

a sesos

a noches en vela llorando

amando en tierna soledad.

Tu pelo me huele a pintura

a dibujo

a escultura

te huele a miedo de que nunca,

nunca nunca,

tú me quieras.

garabatos de secundaria y

hasta a manos

en mi pecho,

descansando a mis cielos

soñándote tanto

deseándote lento

queriéndote recio.

Tu pelo te huele al momento en

el que dejé

la preparatoria y

sus viejos amores

por unos mejores

a lodo en el parque con lluvia:

mis lágrimas gordas,

lloviendo en la facu.

Te huele a destino encontrado,

primaria quebrada

por mil corazones,

a tías diciendo “¿ya mero?”

a fuerte aguacero

de decepcionar.

Me huele a todo lo que quiero,

a no consumado,

a fuerza divina.

A los posibles desayunos

contigo de espaldas

y yo recorriendo

tus curvas tomando

tus manos quemando

tortillas mientras

nos besamos.

A eso me huele tu pelo.

Poesía original de Quidec Pacheco

ALAS

Entraste por la puerta trasera de la casa, te vi pero nadie me creyó… me ignoraban, tenía que fingir que era feliz jugando con mis muñecas, pero cuando ella me castigaba en aquel rincón de la casa ahí estabas para enjugar mis lágrimas.

Escuchaba tu voz, recuerdas que en la escuela me ayudabas con las tareas y me susurrabas las respuestas, y nos comíamos un sandwich de mermelada lentamente, eructábamos iguales, me tomabas de las manos, cada que las juntaba para rezar; pero sabes a pesar de que los demás decían que eras un estorbo en mi pequeña vida, me confirmaba que si tenerte era locura, pero esa locura  que me hacia inmensamente feliz.

Con el transcurso de los años… poco a poco me fui olvidando de ti, lamentablemente dejé de saber de ti, a veces me esforzaba para verte en cualquier momento, pero me abandonaste, quiero compartirte muchas cosas, quiero abrazarte  y no soltarte, pero ya no estás más para mi, pero sé que estás para quien te necesite… hoy lo supe cuando los recuerdos tocaron la puerta de mi mente, cuando una voz infantil me pidió una galleta, el pequeño me pidió que la partiera a la mitad, porque quería compartirte la mitad… estuve a punto de ignorar lo que decía y me dijo despacito:

-mamá es para mi amiguito

No fue necesario buscar  en cada rincón de la casa, porque al girar la cabeza supe que no me abandonaste a pesar de mi olvido, quise compensarte no con media galleta quise compensarte con un abrazo, pero te entiendo no quisiste aquel abrazo porque no me reconociste, pero yo esta vez si pude ver tus alas…

Cuento original por Resalova.

Ciclo narcosis

La nostalgia me envuelve desde el centro de mis huesos. Si volar fuera pecado, si volar fuera la muerte, hoy no tendría estas preocupaciones, pues contigo habría sucumbido de una y mil maneras. No me ataques con tu ensueño, no me mires de recuerdos. El otoño está conmigo pero quiero que sea solo un mal sueño, donde no es real pisar hojas que alguna vez estuvieron vivas, hojas que ahora están muertas y que pasan sin remordimientos bajo miles de zapatos. Así me siento sin tu abrazo, y puede que no esté despierto, puede que esté muerto, puede que ni siquiera esté en mi cuerpo, puede que estés a mi lado mientras te lloro un terrible sudor frío porque ya no estás conmigo, ¿lo estuviste? No puedo imaginar que te tenga, que te tuve, que fuimos nuestros. ¿Eres de verdad? Porque estás aquí siempre y aunque ya no se rocen nuestras sonrisas sigues sin marcharte pues te sueño de luna, de sol. Por eso es un mal sueño, por eso ahora despierto y estás aquí, lo sé porque escucho un ruido en el baño, te acomodas los cabellos y te arreglas para amarnos, nos abrazamos y besamos pero tengo mucho frío, lo sé porque es un sueño dentro de un sueño y ahora despierto para darme cuenta que en realidad llevo dos días muerto. Era la muerte, era pecado desde el primer momento que estuve a tu lado, una sonrisa se dibuja por mis labios porque entonces nos amamos, pero tristemente vuelvo a despertar para darme cuenta que la muerte sigue presente, pero esta vez es real pues la siento como mil dagas en el pecho, y me vuelvo a preguntar, me vuelvo a atormentar cada tarde que llora junto a mí ¿por que ya no estás conmigo?. Entonces me despierto, te despierto con un beso y  me doy cuenta que siempre serás un sueño para mí, que estamos y que debo disfrutar cada segundo que seamos porque no sé si mañana me aburras, te aburras, me odies o te odie. Por eso te quiero, por eso ya eres mi muerte, por eso espero que si alguna vez nos hacemos falta, recordemos que ya estábamos muertos y que podremos regresar a la vida hasta encontrar de nuevo, a la muerte de otro abrazo .

VII

Narración original por Barrococeleste.

Predicador del Karma

Es difícil ser honesto, ¿sabías?
Cuesta quemar los bosques putrefactos,
Sembrar y luego cosechar flores de luz.
¿Pero qué ocurre,
Cuando el jardín naciente
Es devorado por mariposas demoníacas?

Dime, predicador de los hambrientos,
¿Qué ocurre cuando el valor 
De los resurrectos es pisoteado
Por tu avanzar inmundo y mentiroso?

Es difícil¿lo sabías? ¿Cierto que lo sabías?
Juré a mi antigüedad, destriparla
Y asfixiarla con sus vísceras 
Para que el mañana resplandeciese, 
Como los pájaros que vi ayer
En mis campos de flores fantasmales.

Entonces dime,
Maldito hijo de puta,
Predicador de la carne suculenta,
¿Te gustó penetrar, violar
Y desgarrar mi luz, mi ingenuidad,
Mi sinceridad, mi verdad?

¿Acaso crees que no adoraba hacerlo?
Yo también lo hice, y créeme que ciegamente lo gocé.
Supieras a cuantas personas he matado,
A cuantos animales he ahorcado,
A cuantas mujeres su pureza he quitado,
Cuantas veces a mi familia he asesinado.

Predicador del karma,
¿Te presentas ante mí de esta manera?
¿Esta es tu justicia?

Pues déjame decirte, con todo respeto,
Después de todos los cortes recibidos
Y también autoinflingidos:
Yo no estoy jugando, 
Ni contigo,
Ni con ustedes, 
Rameras celestiales,
Putas de la balanza.

Soy un humano, de carne y hueso,
Sin dios y sin objetos.
Y mis campos fantasmales saben lo suficiente,
Para sobrevivir ante esta horda
De lo que ustedes llaman 
Sequía y hambruna del destino.

Es fácil correrse sobre el rostro, 
Ciego de los inocentes.
Es sencillo ocultarse entre la oscuridad
Y masturbarse mil veces,
Hasta maldecir a la humanidad 
Arrojando su atrofiado semen.

Soy un humano, soy valiente, 
Tu peor pesadilla.
Y juro, sobre la lava ardiente que me ha forjado,
Que tomaré toda la oscuridad enmarañada
Entre los siervos de la miseria,
Y la penetraré por todos sus agujeros,
Hasta que eyaculen por los ojos,
Toda esa sangre espesa y envenenada, 
Que atormenta a mi gente
A mi mente y sus ojeras.

Oh, gran señor Predicador del Karma,
Prepara tu atroz caballería de ceniza,
Que mi cosecha maldita a finalizado.
Cientos de hermosos vástagos, trastornados mentales,
Se han alzado en esta campaña,
Para recoger a los bastardos de guerra,
Para empuñar firme la mirada,
Y reventar al sol del horizonte.

Por : El Gato Buena Onda. 

Éxtasis

La cosa fue muy rara.

 Cuando me quise dar cuenta estaba paseando con mi novio, otro chico y una muchacha, por lo que parecía ser un parque de atracciones abandonado.

El lugar era ciertamente desapacible,  una vasta llanura únicamente delimitada por una espesa niebla que , junto con el gris del cielo, y unos cipreses secos repartidos al azar, dejaba un deje aterrador en el ambiente. ¿Qué pintaba yo ahí? ¿Y quiénes eran mis compañeros? Porque, obviamente mi novio sabía quién era, pero de los otros… ni idea.

Nos encontrábamos, aunque juntos, yo diría que más bien solos, parecíamos supervivientes en un planeta arrasado. Todo era muy incómodo, permanecían quietos, observando al vacío, cada uno a un lugar diferente. Ni se miraban entre ellos ni me miraban, y yo también rehuía sus ojos porque era desconcertante cómo a pesar de que estaban ahí delante de mí, parecía que no existía para ellos.

A través de la niebla, de forma muy tenue y borrosa se podía observar las ruinas de una antigua montaña rusa, o  pocas cabañas dispersas en unas estrechas, pero largas, aceras perpendiculares por todo el parque.

A pesar de que la escena pareciese implicar un frío y una humedad en el aire- cosa que tampoco niego- , en los pies tuve una sensación diferente, parecía que la tierra ardía, y cuando bajé la cabeza para comprobar lo que sucedía, no vi más que mis pies descalzos en una tierra oscura y mojada.

Tras haber comprobado que no llevaba calzado, me fijé además en el resto de la ropa y vi que llevaba un chándal gris sencillo que ni siquiera podría saber si era mío de verdad o no.

De nuevo miré hacia mi frente y lo único nuevo que vi, fue que de la extraña niebla salían hilos de humo negro, y sin planteármelo si quiera, me giré sobre mi misma y vi cómo una gran masa negra en el aire se esparcía entre mis brazos, mis manos y mis dedos y, rápidamente, desaparecía por completo. Estaba aterrorizada. El miedo me invadía y pretendía volver a repetir la misma acción, que probablemente se repetiría a su vez y formaría un bucle infinito, cuando escuché un ruido: mis compañeros se habían puesto en marcha.

Y en ese momento el espíritu malvado se esfumó, ya no había humo acosador. Incluso podría asegurar que el día aclaró algo y, desde luego, no me sentía cómoda del todo, pero no era algo tan exagerado como hacía unos minutos.

Así que, decidí seguir a mi novio y a sus nuevos amigos. Pero en el momento en que me puse detrás de la chica y di dos pasos, ésta se giró bruscamente, con los ojos abiertos como platos, acercando muchísimo su cara a la mía y con una sonrisa que, aunque bonita, me asustó bastante en ese momento. No me lo esperaba en absoluto. El pulso se me puso a mil, y di un brinco hacia atrás a la vez que se me desbocaba el corazón. Ella relajó rápidamente su rostro, y cambió su expresión a una cara dulce, de niña buena.

-Perdona.- Dijo ahora con tono triste. Parecía ser muy infantil. Volvió a sonreírme dulcemente.- ¿Te he asustado? No lo pretendía.

Se presentó, lo sé porque me acuerdo. De lo que no me acuerdo es de su nombre, porque en ese mismo instante empezó a arder mucho más fuerte el suelo, me agarró fuertemente de la mano y salimos corriendo detrás de los chicos.

A medida que avanzábamos, el tiempo parecía detenerse e ir más lento. Cada zancada que ella daba, dejaba botar sobre su espalda sus dos largas trenzas rubias y, por cada nuevo paso, tardaban más en subir y en caer. –Igual que en una película.- Me dije entonces.

Y, fue increíblemente desconcertante e incluso me entró pavor, pero en ese momento me di cuenta de que la niebla formaba un muro, y a pesar de a qué lentitud avanzaba, era imposible que me detuviese y estaba a punto de saltar al otro lado. De esa forma, tras mi novio, el chico, y la muchacha, crucé yo.

Lo de ahora sí que no me lo esperaba: aparecimos en lo que parecía ser un hueco al lado de unas escaleras, todo estaba cubierto por una chapa metálica, había muchísima luz y se oía fuerte música de fondo.  Ahora ya no tenía tanto miedo, era mucho mejor esa sala – que en un rato descubriría que se trataba de una discoteca-  que el siniestro lugar de antes.

Tuve una sensación extraña, como si un espectro a mi izquierda amenazase con acuchillarme con algo, pero como había pasado en la escena anterior, desapareció.

Ahora la chica, a mi derecha llevaba un vestido de fiesta amarillo, y su pelo suelto y agitado.  El chico ya no se movía como hipnotizado y me dirigió la vista una vez – no más porque no le interesaba- y mi novio, como de costumbre, me dio un beso para saludarme.

 La verdad es que a mí las discotecas no me gustan en exceso, pero entonces me sentía súper atractiva con el vestido azul ajustado que llevaba, mis tacones negros altísimos y mi pelo también suelto y posado en un hombro.

 Pero ese sentimiento de comodidad desapareció cuando con él se fueron todos, y se empezaba a llenar el local de gente que no conocía. Me giré, miré de un lado a otro y no los encontraba. Incluso me subí un escalón de la escalera, y luego dos, y tres… y en dos segundos estaba en la planta de arriba, tras esperar un rato volví a bajar y volví a donde estaba antes. Me giré una vez más y… allí estaban. La chica me preguntó que dónde me había metido y yo la hice la misma pregunta. Con tanto ruido y tanta gente fue imposible mantener una conversación muy larga.

Lo que recuerdo después de eso fue que se sacó del bolso, una bolsa transparente llena de pequeñas pastillas y me la entregó. “Disfruta” logré escuchar, y yo, agarré la bolsa, la abrí y saque una.

Eran muy pequeñas, pero en la bolsa había cientos de ellas, quizá pesase cien gramos o más, era una barbaridad de droga. Me hubiese planteado por qué había aceptado aquello, pero fue demasiado tarde.  Blanca, lisa y blanda, como una piedra arenisca, mordí una mitad y se disolvió casi al instante en mi saliva. Tragué. No tengo ni idea de cuánto tardan estas cosas en hacer efecto, pero sé que en cuanto me lo metí en la boca, mis ojos se nublaron y una luz blanca invadió el mundo que veía. Al principio duró más, era una luz intensa, opaca, que no me dejaba ver, y que se difuminaba poco a poco. Tres minutos. Y pasé de no ver, a verlo todo. Veía los colores con una viveza asombrosa, todo lo que se movía parecía hacerlo de una forma armoniosa y a su vez, rápido. Era genial, me sentía estupenda.

 Comencé a bailar al ritmo de una música que, a pesar de que no me gustaba nada, podía disfrutar. Todo gracias a esa porquería que me había metido.

Primero las conversaciones, los bailes y las dosis fueron suaves, después se volvieron salvajes y desmedidas; al contrario de mi responsabilidad, que por lo visto, se había volatizado.

A medida que echaba de menos el primer golpe de la sustancia en mi interior-la gran mancha blanca- me metía otra pastilla, y después de dos en dos. Pero el efecto cada vez duraba menos. Ahora “la gran luz”, solo duraba veinte segundos y el subidón de energía de la droga se agotaba a los pocos minutos.

 Y me pasé.

Por excederme.

 Por haberme metido en el cuerpo aquella sustancia que no era buena en absoluto.

Veía todo de mil colores, me había tomado unas dieciséis pastillitas, y la última dosis fue de cuatro seguidas.

 Me empecé a encontrar mal y busqué a mi chico entre la gente.

  Volví a subir por las escaleras verdes, azules moradas y amarillas, que parpadeaban bajo las luces de la discoteca y, por qué no, desaparecía cada segundo, así que cada paso que daba me sostenía en la nada y en el escalón a la vez.

La verdad es que no sé cómo bajé, si volando, porque me pareció tener alas, o resbalándome por la barandilla de la bajada.

 La cosa es que llegué, donde entramos en un principio, y él se giró y me vio.

 De repente la gente desapareció y la música cesó por completo.  Yo caí desplomada hacia un lado, y mi pareja me cogió al instante. A saber si estaba muerta. La verdad es que me esperaba cualquier cosa en ese instante.

Excepto que todo hubiera sido un sueño.

 

“Sueños”

 Andrea López Soto

28 de enero de 2014                 

Hoy soñé

Hoy soñé

Con un mundo libre,

Un mundo sin guerra y sin fronteras.

Soñé con un mundo a expensas de lo que era,

Sin esa mierda, escoria y calaveras.

Soñé con la humanidad,

Levantándose unidos queriendo todo olvidar,

Soñé con la humanidad en busca de la verdadera felicidad.

Limando asperezas y ocultando lo vivido,

La forma de prosperar en este llamado planeta vivo.

Vivo hace mucho, ahora intentando revivir,

Madre yo te ayudo,

Pues es realmente lo que me hace sonreír.

El verde de tus campos, de tus refugios

Que ya no hay tantos,

Pues leñadores enfurecidos

Bajo órdenes de altos mandos,

Cortaron, talaron, aniquilaron.

Y de esta forma manadas de animales a galope intentando huir,

De esta pesadilla y llegar a su fin.

De la misma forma bandadas intentando

Dejar a sus pies todas aquellas salvajadas.

Y así el aire cada vez más oscuro y contaminado,

Por todos aquellos despojos humanos,

Aquellos que piensan en uno como el primero

Y no en ti.

Pero al no poder rehuir la vida, 

Nuestra madre, tan fácil no puedes abandonar,

A aquella ya con arrugas y sin ilusiones

Quien sigue queriendo protegeros.

Y espera algún día enorgullecerse,

Que vosotros os convirtáis en sus discípulos.

No merecéis, vosotros, quienes habéis traicionado

Tantos amados compañeros,

Descansar dentro de nuestra madre,

Pues es como ensuciar con sangre una caricia.

Cuando el vecino sea vital ante el dinero y los vicios,

Cuando se respete al manifestante, al obrero y a sus hijos,

Que luchan por causas justas,

Luchan por ellos y todos tus habitantes,

Cuando el amor hacia ti y entre nosotros sea lo más importante,

Entonces sí, saldremos adelante.

Me dijeron que confiara y yo no puedo, lloro,

Cuando te golpean y te abren, para de tus entrañas alimentarse…

La humanidad para mí es un error ambulante.

¡Parad ya de vagar sobre su pura piel!

¡Parad ya de malherir a vuestra verdadera vida!

Que cada paso que dais más la marcáis,

Y crecer no la dejáis.

Ya que la libertad eres tú quien nos la ha dotado,

Y quien a ver, sentir oler y disfrutar nos has enseñado.

Nuestra libertad es libre hasta comenzar la de otro

Y quién más tolera es la Tierra,

Nuestra madre, nuestra fiel compañera.

Pues hoy soñé con ella,

Por verla sonreír una vez más,

Ya tarde es para borrar nuestras huellas y heridas

Pero no para disfrutar su bello corazón y su completa sabiduría.

“A nuestra madre.”

Andrea López Soto.

Santander, Octubre 2013.

Guerra y tristeza

Un mes pasa y trae otro mes.    

Las calles vacías esperan                        

 Llenarse de luz y colores.                       

¿No es triste conocer la muerte              

Donde triunfar puede la vida?                

El paso de los débiles, invisible,             

El grito de los cobardes, solitario,         

El corazón de aquellas personas, falso; 

Es la huella de la sociedad enferma.       

No se siente, más que pena,                    

No se escuchan más que gritos,             

No se observan más que heridas,          

Es la huella de la sociedad enferma.      

Desoladores cristales empañados,      

Reflejan  lágrimas, agonía, sangre;    

Suplicando libertad y esperanza,       

Es la huella de la sociedad enferma.   

Ya solo quedan pocos días,       

Y por fin seremos iguales,         

Esta pesadilla concluirá:              

Cuando la luz se apague.          

Andrea López Soto

Santander, Abril 2013

Incoherente relato sobre el fin del mundo.

Inhalas.
Llevas a tu pecho más oxígeno de lo necesario.
Más oxígeno del que respiras inconscientemente,
más de lo que suelen necesitar tus pulmones,
más de lo que puedes cargar.

Exhalas.
Con más fuerza de lo usual.
No es algo mecánico,
sabes que llevas contigo demás.
Pretendes expulsar todo lo que cargas
boca, ojos y pecho,
entre tus manos.

Sangre que no es tuya,
sangre que cubre todo tu cuerpo.
Sangre que solo sabe como envenenar tu lengua.

Inhalas.
Te llevas el humo y sostienes el aliento,
pequeños segundos son suficientes.
Vuelas entre nubes,
entre acertijos,
entre carcajadas inexistentes.

Sacudes el polvo de tus alas brincando hacia el vacio
saciando tu sed de ansiedad y miedo.
Más sin embargo no mueves un dedo.
Estática
Inmóvil
Catatónica
Manos extendidas hacia el vacio.
Espero que llegues aquí.

– Poesía original por el usuario Missnatis.

Así crecimos

Aún se siente la fría brisa recorriendo mi cuerpo, son como caricias que una vez despertaron las pasiones que creía estaban escondidas. Hoy decidí salir en medio de la lluvia y deje que mi ropa destilara mi amor por ti, hasta que juntos nos consumimos en el mar que teníamos de frente.

Tu respiración se quedo en mi pecho y sin darme cuenta habíamos muerto; el luto que llevo tal vez se vaya con los días, entre mis tristes canciones y mis lágrimas pasajeras, descubrí cuan ciega estaba por tus palabras.

Los niños ya dejaron de ser niños, los mismos que jugaban ya no juegan por sus cuerpos; unos creen que ser adulto es la respuesta, pero para ser verdad no hay piedad cuando se cree en ella.

Ha llegado la noche y aquí estoy deseando que llegues y nos fuguemos entre la oscuridad de mi habitación, pero sé que te esconderás para que yo no pueda hallarte; es así como regreso a ser una niña contigo.

 La mañana florece lentamente, mientras que yo estoy en una esquina de la habitación, aún sabiendo que mientes debo decir que te vez dulce durmiendo. Tomare mis cosas y dejaré que seas un niño libre, un niño salvaje que se encierra en sí mismo para que nadie pueda lastimarle.

  – Poesía original de Aitana Guillen.

Festín de Perros

La perra había comenzado a oler el drenaje que caía controvertido al asfalto seco, se acercaba tímidamente a pasar su hocico en el tubo henchido por donde pasaban las gotas de agua, sacando con dolor la lengua, apretujándose para sentir el líquido y la mierda caer sobre sus dientes. Luego asimiló con su mirada de perra viva, un breve escondrijo en el rincón de la plaza, donde un tumulto de basura gris y pájaros heridos se encontraban varados. La perra, antigua mascota de doña Lucrecia, se acercó cansada a lo que parecían ser unos escombros de un antiguo hogar perruno, tal vez algún refugio pequeño que la lluvia destruyó. Con la sarna carcomiendo enteramente su cuerpo y el aliento a drenaje y basura, su rostro de perra moribunda, su aferrado instinto de sentarse en la bolsa de basura y los pájaros muertos. Mientras aún contemplaba con una leve lástima, el cuerpo desplumado del ave, lo mordió con ira, sus furiosos dientes destruyendo la carne, rompiendo uno por uno los tejidos del ave. La perra comía a como podía, se mantenía en pie, posiblemente para no caer desmayada del cansancio. Sintió como el cuerpo destripado del ave pasaba por su garganta, se acordó, con su mente de canina, de los restos de la sopa del día que le preparaba doña Lucrecia, se sentó en el borde de una bolsa negra, mojada por lo que parecía ser un líquido espeso y blanquecino. Escupió una pequeña pluma blanca, mientras permitía un tosido enfermo. La perra, mientras oía un tumulto acercarse a ella, divisó a lo lejos, una anciana que volcaba lo que parecía ser un delicioso festín de huesos.

La niña era hija de la Pilar, había procurado dormir brevemente antes de los primeros golpes de la trompeta, donde todos los habitantes salían a las primeras ventas, a llenarse las bocas de frijoles duros y pasta de carne vieja. La niña se mantenía atenta a la caída de las patas de los pollos, los huesos, junto con otros niños que enfocaban su mirada en las piernas de los transeúntes, esperando que uno botase un pedazo mordido de queso, de piel de cerdo, de arroz con sangre. Ahí todos, atentos, con la baba cayendo hasta sus pies sucios y lastimados. Mientras la pequeña se movía con sigilo para asegurarse de tener un buen puesto en los arrebatos alimenticios, ya casi era la hora del desayuno. Le llamó entonces, otro de los niños, con la voz arrebatada de un encanto chambrín, una camisa desgarrada por el paso del tiempo y la garganta agrietada por gritarle a los buses. Camilaaaa! Aquí hay buen lugar, venite antes que te lo quiten. Y la niña disparada hacia el otro grupito de delincuentes en desarrollo. Todos con una urna y papeles periódicos viejos, esperándome fielmente a la caída de un pequeñísimo rollo de atún. Pero todos sabían que el festín se daba más adelante, justo después de la comida de los viejos marranos, cuando ya todos gorgoteaban y eructaban el ácido digerido de los frijoles en bala, ya cuando todos habían desechado su plato y solo esperaban retirarse de la mesa. Pero tenían que ser muy inteligentes, tenían que esperar y no precipitarse, ni uno de ellos, aunque fueran competencia entre sí, sabían que no podían moverse, que se apresuraba, todos se quedaban sin comer, era una guerra bastante honrada, muy digna. Además, si uno era pillado antes, se darían cuenta de su furioso atrevimiento y no solo quedarían sin comer, sino que serían castigados brutalmente.

Esperaron y esperaron, hasta que ya los viejos gordos y rancios empezaban a levantarse uno por uno de la mesa, con las patas flacas y sus estruendosos movimientos escuetos. Apaciguados por el hambre, ansiosos, con la adrenalina palpitando en sus arterias recocidas por el sol, sus cuerpos casi invertebrados prepararon las canillas, todos listos para salir corriendo a meter lo más que pudieran en las urnas con papel. El último viejo que abandonó la mesa, salió por la puerta trasera del salón comedor, en cuanto oyeron el metal crujir, cerrándose a su vez, los niños despegaron su vuelo. Los gritos inquebrantables, los rugidos de pequeños leones heridos que volcaban todo lo que podían a las urnas, un chacuatol que se revolvía sin problemas, los restos de sopas, los tucos de queso, arroz con frijoles, tortillas a pedazos. Los más suerteros podían terminar con algún pedazo de carne o un pellejo de cerdo y sin rastro de sopa, pero ahí todo niño galopaba por algo de comida, por los restos grotescos de un desayuno. Se mecían los unos a otros, se gritaban entre sí, pero sabían también, que era muy poco tiempo hasta que oyeran el bullicio. Camila apenas llevaba unos pedazos de carne marrón muy pequeños, un tumulto de arroz con leche y fideos fríos, pero no era más que unos cuantos, mientras trataba de poner sus dedos en la mesa, agarrando todo lo que podía, buscando y palpando. Sabía que era cuestión de segundos hasta que el niño que ya tenía llena su urna silbara el grito de guerra. No pasó más de un minuto.

¡Nos largamos todos! Y sin observarse los unos a los otros, salían disparados con lo que sea que tendrían en las urnas, incluso si no era nada. Salían todos, como moscas replegadas, como un enjambre luego de la fumigación, el grito casi infantil de los niños, el miedo pegado a la pared de sus estómagos hambrientos, nadie se quedaba atrás, todos corrían tan al unísono y tan bulliciosamente rápido que solo llegaban a distinguir el grito perdido de la vieja de la cocina. Camila salía también, con la urna hasta la mitad, pudiendo encontrarse en esos últimos segundos, con un exquisito pan mojado hasta la mitad. Sacó un pedazo para degustar, lo tomó en sus diminutas manos y lo palpó, lo probó con el cielo de la boca, mientras producía una sonrisa leporina con sus dientes calcinados y con caries.

Sintió entonces, la trémula mano de la vieja, la dueña de la cocina, que por primera vez le tocaba el hombro con su palma fría como la noche, enmascarada por un manto multiforme, parecido a la muerte. Acto seguido sintió el jalón de la vieja palideja, mientras con sus manos sucias sacaba otro pedazo de pan mojado y se limpiaba los trozos de fideos en el vestido rosa, que no le gustaban. Sabía que recibiría una reprimenda, unas nalgadas o unas bofetadas tal vez, pero su hambre le permitía estar dócil, mientras la vieja con cara amargada cerraba la puerta consigo al comedor.

Camila sonrió a lo que seguía después de la puerta, produjo tal vez, una pequeña lágrima que salieron de sus legañas, en el cuarto de la cocina, donde se percibía el olor al estofado y a carne seca, un dulce aroma a pan dulce penetró en su cuerpo, la vieja pálida la llevó hacia el perol donde salía aquel humo blanco y la subió para mostrarle lo que había dentro, el aroma que producía el perol, era bastante intenso, el pequeño cuerpo de Camila entonces sintió un calor muy nutritivo, sintió que calmaba su hambre.

Los niños, ya alejados de la inmensidad viscosa de la habitación de cocina, se dispusieron a comer, sentados en un basurero inmenso, posiblemente un antiguo hogar perruno destruido por las lluvias y la mala intención. Dispusieron las urnas en grupos pequeños, los más amistosos compartían y algunos tenían la suerte de encontrar un pedazo de carne casi completo. El grupo de niños más vivaz, se sentó a contar historias y bromas lo suficientemente vulgares para un impúber, con toques pícaros de la niñez quebrantada e infancias bastante pintorescas, comieron y rieron, cantaron y gritaron. El grupo después de un tiempo, se disolvía lentamente, quedando solo los más valientes. Detrás del corredizo, donde a lo lejos se divisaba la cocina aquella, se rieron de su brillante valentía y su agilidad, se pararon los unos a otros a glorificarse entre ellos, a hacerse reverencias, como si fueran reyes y príncipes. Oyeron, entre sus risas y bromas, los gruñidos de la perra sarnosa, aquella vieja perra que producía una canción de cuna para los jóvenes reyes de la calle, aquella piel carcomida, aquellos filosos dientes que producían un crujido cuando devoraba aquellos huesos débiles, con aquellos dientes, heridos y anochecidos, producían un quejumbroso aullido feroz, casi como el de un lobo, la perra se lambisqueó la boca, sintiendo uno a uno los pedazos de ropa en sus encías, y se imaginó como una poderosa bestia, omnipotente, intrépida, majestuosa.

– Cuento original de La otra versión, blog de literatura en nuestro idioma.