Hace poco un seguidor del blog me pidió de favor que si le escribía algún consejo para él y su pareja de regalo por su primer mes juntos. Le pregunté que si buscaba consejos de amor, de cómo crecer en pareja, de cómo sobrellevar problemas, de cómo expresar ese amor y todo lo que uno aprende de joven tropezando entre amores y desamores y luego lo pone a la práctica cuando se decide sentar cabeza (lo cual yo he hecho); él me respondió que sí.
¿Pero qué pudiera decirles yo acerca del amor? Las barbaridades que pudiera contarles quizás les arruine el viaje que apenas comienzan.
De pequeña estaba enamorada de sentirme enamorada. No había nada más importante que las mariposas revoloteando en mi vientre, que mis manos sudando y mis labios titubeando cuando por algún motivo o razón su piel tocaba la mía, que el sonido de sus voces y como resonaban a través de mi espalda, recorriéndola junto con su aliento áspero, como manos acariciándola.
Estaba tan enamorada de la idea de estar enamorada que cada enamoramiento terminaba igual: corazones rotos, el orgullo en el piso y las lágrimas, secas, aferrándose a mis camisas donde trataba en vano de limpiarlas.
¿Qué podría decirles, yo quién se aferraba a ideas fantásticas, irreales?
El amor muy apenas lo conozco. Después de años (seis, para ser precisa) de besar al mismo sapo con la esperanza de cambiarlo en algo que no lastimara ni mi cuerpo, ni mi mente, ni mi corazón (y no olvidemos mi autoestima), comencé a abrir los ojos y encontré, a tientas, poco a poco, una probadita de la diferencia entre amor y enamoramiento.
Comenzó con escucharlo hablar, comenzó con compartir deseos y estos progresaron a secretos, comenzó con su mano tomando la mía, ayudándome a salir del lodo, con llamadas de media noche preguntando como estaba, con días de reír, comer, llorar y conocernos. Y poco a poco, torpemente, progresó a noches enteras sin dormir, acostados uno al lado del otro, platicando, riendo, llorando, acariciando memorias, sueños, miedos.
Y lo que entendí fue que uno no puede dar todo. Que si damos todo llega un punto en el que nos quedamos sin nada mas que dar. Y esta no es la idea. La idea es dividirnos, intercambiar piernas, ojos, brazos, narices, memorias, pesadillas, anhelos, corazones; la idea está en complementarnos con nuestras cualidades y defectos y crecer juntos.
La diferencia está en lo que uno aporta. Puede uno darlo todo o tomarlo todo, esto es enamoramiento. Pero podemos encontrar el punto medio donde sincronizamos nuestras mentes y nuestros cuerpos, donde no damos y tomamos ciegamente, si no prestamos y regresamos.
Y la diferencia entre esa cosa enfermiza que me consumió por tanto tiempo y lo que hoy reconozco como amor es el respeto: de la persona, de sus anhelos, de sus miedos, de sus defectos, de su identidad, de su independencia.
Y de tantas barbaridades que pudiera decirles, de tantas anécdotas donde he tropezado (incontables veces), creo que esta es la única barbaridad que pudiera servirles de algo. Respétense: su tiempo, su espacio, sus emociones, sus decisiones; apóyense el uno en el otro y crezcan porque, el amor que yo conozco, a diferencia de la cosa enfermiza que me mantuvo atada tanto tiempo a una relación abusiva, se trata de compartir y crecer sin quedarse estancados en ciclos negativos donde los dos se estén hiriendo mutuamente. Aprovechen el tiempo que tienen juntos, ya sea un ratito o un por siempre, para conocerse y encontrarse nuevamente, para aprender a reconocer la diferencia entre enamoramiento y amor.
Les deseo toda la buena suerte del mundo en su relación, a ustedes y a todos aquellos enamorados a los que les sirvan estas palabras.