Precio de Amar.

Naufrago no es aquel que imaginas en una isla,

aislado y sin oportunidad,

Es aquel que se hundió, se perdió en un tremendo mar, que ya no pudo más;

Me naufragio en tus sabanas, no hay islas,
A penas recuerdo como termine acá, no fue un iceberg (eso hubiera sido menos aterrador)
mi tripulación se distrajo con tus ojos, un exceso de sobrepeso cargado de esperanza (uno que no llevaba al partir) me hizo perder el control y colisionar con una taza de café y música; risas y besos de ganas.

Sigo vivo (creo), siglo flotando,
pero estoy ausente de mi, mi corazón el salvavidas

Me ha crecido la barba como no me gusta y adoras,
estoy olvidando lo aprendido, perdí la cuenta de los días,
estoy seguro han pasado semanas, no sé en qué hora vivo

Nado en tu cama, ya nunca seré el mismo, ¡sálvenme!
déjame ser algunos restos (¡sáquenme de aquí!)
Por favor, déjame ser pecio en otra alma.

Poesía orignal de Jorge Vega, Guatemalteco.

Alimentando a tus parásitos

Manojos de arañas brotan de su piel. Ella estira, jala, abre poco a poco su pellejo, todo negro por dentro, todo vísceras, entrañas, arañas trepando por sus costillas, anidando en su estómago, carcomiendo con veneno poco a poco. Lentamente pero seguro.

De su boca escapan ciempiés. Primero uno, dos, diez, setenta y cinco. Negros, cafés, todos corriendo al compás de sus alaridos, de sus sollozos sofocados por otro manojo de animalejos. Vómito y ciempiés, arañas y piel.

Sus uñan se despegan de la carne de sus dedos. Cucarachas vuelan al momento en que las uñas despellejan la piel, caen con sangre y el zumbido de los aleteos de las corredoras, se posan sobre el piso, escapan de la luz.

Sus ojos son carcomidos por gusanos que anidan en sus cuencas. Caen lágrimas saladas bañadas en sangre dentro de heridas abiertas. Arde, quema. Los gusanos carcomen por dentro haciéndose espacio entre nervios y músculos hasta encontrar el cerebro. Espasmos, la vista ya no le funciona. Cae al piso, sofocada, entre vómito, sangre, lágrimas y animalejos.

Estallan sus oídos, el tímpano revienta y un enjambre de avispas se hace espacio entre sus orejas. Un zumbido agobiante la ensordece y exaltan a los animalejos que la rodean. Estos comen más rápido, devoran como si fuera a acabarse pronto.

Sangre, arañas, ciempiés, cucarachas, gusanos y avispas. Piel, entrañas, salivas, uñas, lágrimas y un sonido punzante, agobiante, ensordecedor. Un escozor, el escozor que solo sienten aquellos que son carcomidos en vida por todo lo que esconden dentro. Un festín para parásitos, insectos, animalejos hambrientos de más carne. Ella se deshace, es masticada, escupida, digerida por lo que ocultaba dentro de sí. Ni gritos, ni alaridos, ni lágrimas, ni los desesperados espasmos, intentos de alejar, de empujar de nuevo hacia adentro, de tratar de esconder la basura bajo el tapete de su piel lograran matar lo que esconde. Morirá primero ella, mañana a primera hora, comida por los insectos y arácnidos, parásitos que se alimentaran de su cuerpo.

Cuento corto original de su servidora, Aileen Martínez.

Los gatos también toman el sol en silencio amodorrado. Mis gatos no tienen nombre. Debería entonces decir los gatos y no mis gatos. No quise ponerles nombre, yo, que a todo le pongo nombre, yo que a eso me dedico. Es que no quise encariñarme con ellos porque no los admití en casa para que me hicieran compañía o para jugar con ellos y acariciarlos, sino para que ahuyentaran a las ratas del mercado. Por eso no tienen nombre ni les doy mucho de comer. Cuando por fin venga la mudanza, abandonaré a los gatos anónimos quizás con cierta tristeza, pero a sabiendas de que el mercado se da abasto para satisfacer sus apetitos.

Fragmento de El velorio de mi casa por Gonzalo Celorio Blasco.

Ella dejó de llorar hace muchos años: cuando morían los jóvenes y sobrevivían los viejos o los niños. Se fue quedando sola por el camino, porque al final murieron los viejos y los niños, y ella no podía morirse. Quería que la muerte descendiera especialmente para ella. Un rayo que la tocara como don divino. Y eso era pedir demasiado.

Fragmento de La muerte revivida por Angelina Muñiz-Huberman.

La presencia muerta era presencia viva.

Puede construirse toda una vida alrededor de una muerte. Puede recobrarse el sentido de lo cotidiano y absorberse en la más fútil tarea con el peso —verdadero peso— de un vacío.

Fragmento de La muerte revivida por Angelina Muñiz-Huberman.

No sé por qué soy tan flojo, si se debe a una causalidad genética, a mi temperamento flemático, a una alimentación precaria o simplemente a una desbordada capacidad imaginativa que me sustrae de la realidad y me sitúa en otros mundos, en otras dimensiones de la existencia.

Fragmento de El flojo por Eugenio Aguirre.

Era una calurosa tarde, estaba en uno jardines de la universidad, habían muchos, unos mas grandes, exóticos o acogedores, pero consideraba a este con sus viejos arboles y grama descuidada su lugar.

Se sentó a la sombra de un gran árbol que había visto generaciones y generaciones de estudiantes pasar y abrió el cuaderno de notas, había tenido 13 o 14 años cuando lo escribió, una edad incomoda definitivamente.

Le resulto difícil leerlo, escritores mas talentosos podían pasar horas y horas hablando acerca de lo difícil que era leer sus propios trabajos, si a esto le sumamos la terrible caligrafía y ortografía, el asunto no mejoraba. Sin embargo poco a poco fue olvidando estos detalles y se metió en la lectura.

Era una historia sobre un robot que los humanos habían lanzado al planeta marte como parte de una misión de reconocimiento, proyecto que al poco tiempo abandonarían por falta de presupuesto o alguna otra excusa burocrática.

Habían olvidado presionar el botón de apagado y Rover (Así se llamaba el robot) había continuado explorando la basta inmensidad del planeta rojo buscando señales de vida o alguna otra cosa de interés para los humanos. Pasó días y días recorriendo dunas, cráteres, examinó kilómetros y kilómetros de cavernas que fácilmente podían haber albergado vida, pero nunca lo hicieron.

Continuó incansablemente durante siglos y siglos hasta que el sol se había agotado y la raza humana había cesado de existir y cuando esto sucedió Rover lo supo. La extinción de esos pequeños seres llenos de sueños y esperanzas había resonado en cada galaxia, cada estrella, en cada pequeña partícula de polvo pues todo el amor, el desamor, las promesas y decepciones características de la raza habían dejado una marca tangible en el universo. El alma humana era la que le daba significado a todas las cosas.

Puede que fuera solo por las cosas que estaba pasando en su vida, pero la historia lo dejó con un sentimiento de tristeza y desolación que raras veces se permitía sentir. Pensó en el niño que había sido cuando escribió esa historia. Recordó un día en especial.

Estaba solo, leyendo algo que no entendía completamente (Salinger o bukowski) mientras el resto de los niños jugaban, él era un elemento libre en ese microcosmos que podía llegar a ser un patio lleno de niños cuando la vio acercarse, ella tenia cabello negro y una mirada demasiado inteligente para su edad.

“Si sigues leyendo nunca harás amigos” Dijo, Era primera vez que la escuchaba, pero bastante que la había visto.

“Aquí tengo los que necesito” Dije señalando a mi libro. Ella sonrió y eso fue suficiente, así comenzó todo. 

Me gustaría pensar que nuestra historia con sus altos y bajos, que ese afecto infantil que con el tiempo se convertiría en profundo amor por un segundo le dio significado a nuestras vidas, que aunque las cosas no hayan funcionado por un momento nuestro amor encendiese una llama que iluminará el universo y que cuando todo se acabe el eco de nuestros días retumbe en la eternidad.

Cuento corto original de David Valdez.

Tengo un refinado gusto por la noche; salir a beberme unos tragos y conocer mujeres. Yo no sé en realidad si esto que describo sea refinado, ¿saben?, pero me siento así cuando después de la oficina, los viernes, salgo a echarme unos alcoholes…

Fragmento de El club de los pequeños por Rowena Bali.

Cree que con sus piernas velludas le sería imposible conquistar a los hombres; ha tenido que aprender a usar las trampas que usan las demás mujeres, sabe maquillarse y activar el movimiento de caderas, sabe montar escenas de soledad y carencia en los cafés.

Fragmento de Perfil de mujer por Rowena Bali.