Sin título II

Combinaba una caja de vino tinto con algunos cigarrillos de esos que son medio fuertes, pero no tan buenos; el tabaco obviamente malograba el vino, pero le agradaba ese sabor a malogrado. Vivía en un cuarto de una quinta y todo ahí olía polvo, humedad, óleos, lienzos, aceite de linaza, mezclado con tabaco y su aliento a alcohol.

Todos los días veía por entre las persianas, veía como ella regresaba de trabajar a las siete de la mañana con una bolsa de pan en la mano, también veía como regaba sus geranios a las tres de la tarde y como salía a trabajar pasada las 2 de la mañana, no le gustaba ver como llegaba con sus clientes, por lo general eran personas que le desagradaban, no sabía quienes eran, pero no le gustaba como se veían; era muy prejuicioso con la apariencia de la gente. Los domingos ella salía al mercado a comprar cosas para la semana, llegaba cargada de bolsas; él, a pesar de querer, nunca salió a ayudarla, no tenía la actitud que hubiese querido tener; tampoco sabía responderle los saludos y eso le hacía pensar en que ella pensaba que era él un maleducado y que no tenía interés en hablarle por su oficio, él estaba en lo correcto aunque nunca lo confirmó; eso lo llenaba de frustración y tristeza que ahogaba con más vino.

Los sábados salía a la puerta de la quinta a intentar vender sus lienzos sin éxito, hasta un sábado que le pidieron hacer un retrato. “Disculpe” le dijo aquel señor tan elegante, “siempre paso por acá y veo sus cuadros, me gusta mucho como pinta y me gustaría que me haga un retrato”, él, en contra de su voluntad, aceptó; acordaron una fecha y hora, llegado el momento fue a la casa del elegante señor a realizar su trabajo, no le gustaba pintar retratos, pero necesitaba conseguir dinero de alguna forma; a los pocos días, cuando finalizó el trabajo, el elegante señor quedó encantado, tanto que le dio un poco más de lo prometido y le invitó una copita de gin, uno que recién acababa de abrir; nuestro protagonista nunca había tomado gin y aunque le pareció olía igual que su desodorante la verdad es que le agradó bastante, el elegante señor, al notar esto, le regaló lo que quedaba de dicha botella, él la metió en su morral junto a sus óleos y sin decir gracias se retiró. Cuando llegó a su casa ya era algo de noche, se puso a curiosear la etiqueta del gin y pensando en ella ya eran casi la una, se tomó casi toda la botella y algo ebrio salió a la quinta y tocó la puerta de la prostituta de en frente, “¿Cuánto cobras? tengo dinero” gritó antes de que ella le abriera la puerta, ella salió, lo miró de arriba a abajo y después de indicarle su tarifa lo invitó a pasar, una vez dentro el empezó a acariciarla, oler su cabello, besarla, pero de una forma tan sincera que a ella se le agitó la respiración, a ella nunca se le agitaba la respiración, siempre fingía, pero esta vez sintió una efervescencia en el pecho y se dejó llevar hasta que las palomas empezaron a cantar en medio del color celeste ocre del amanecer, aún iluminadas por la luz ámbar de los postes de luz. Ella sufría del corazón, herencia de su alcohólico padre, y producto de esto sumado a tantas sensaciones que sentía por primera vez amaneció muerta. A raíz de esto él descubrió dos cosas principalmente: Que ella se llamaba Johana y que no tenía familia que quisiese hacerse cargo de su hermoso cuerpo sin vida.

Él se quedó sin inspiración, o mejor dicho: se le quitaron las ganas de pintar. Quemó su cuerpo en el horno del morgue, y disolvió las cenizas en tres vasos de vino, se los tomó entre sorbos con una copa de gin, el poco que le quedaba, cerraba los ojos y botaba el alcohol por la nariz pensando en ella, en cómo olía, en el sabor de sus labios, en cómo se sentía su piel, su cabello encima del rostro de él… en ese calor que creyó artificial. Cuando se acabó el vino y secó el poco de gin que le quedaba, cogió su magnum heredada de su padre con una daga mal amarrada en el la punta y apoyó el extremo de la daga en su corazón, se quedó en esa posición un rato, ocho minutos y cincuenta y seis segundos, luego devolvió el arma a la mesa, agarró su pluma y escribió en un papel que empujaba el viento y salpicaba la lluvia: “Sin mi hermosa musa no soy nada. Aunque me reconforta estar seguro de que ella está en el paraíso, no puedo vivir en esta tierra sin mi amada, me iré al infierno a ver si logro verla desde lo lejos como solía hacer.” y con el arma otra vez en el corazón, aplicó presión y jaló el gatillo, lloró dos chorros de sangre y estos emanaron un vapor en medio de la fría noche, este vapor se fue por la ventana y fue destruido por la lluvia, se perdió su esencia en una charca del pavimento allá afuera, con una rata ahogada junto a sus crías a lado de unos bellos y mojados botones de geranio.

Cuento original de Rómulo Engycel.

Sin título I

Sabía lo que era por lo que le dijo su tutora, pero sentir en carne propia un fenómeno tan increíble como este, tan fantástico, era algo que definitivamente no se esperaba; todo era tan hermoso, tan ajeno, no había forma de compararlo con algo vivido hasta ese momento, algo completamente imposible de describir con simples palabras.

Todo era muy estimulante de regreso a su hogar, todos los sonidos sin excepción, el del carruaje y los caballos pasando por el empedrado camino, el sonido de sus pequeños zapatos chocando contra el piso mientras bajaba del carro, la voz de su ya anciano padre recibiéndola en la entrada del castillo, el sonido del fuego haciendo crujir la madera en la chimenea, incluso los robles que llegaban hasta la ventana de su habitación hacían sonidos diferentes entre sí cuando eran golpeados por el viento.

 El cielo ya estaba algo oscuro, pronto anochecería, el día se había pasado muy rápido descubriendo este mundo. Tendría que dormir de una buena vez si quería estar a lado de su padre en la misa de la lux primam, a la que siempre asistía todo el reino para luego dar inicio a la temporada de cacería. Siempre asistía a las misas a pesar de no poder oírlas, su prima Benedictia aprendió a hablar con señas junto a ella cuando eran niñas para poder jugar juntas, siempre habían sido muy unidas.

Al día siguiente, terminada la misa, y mientras los hombres de las diferentes familias se adentraban al bosque acompañados por sus hijos mayores y sus caballos, los músicos de la catedral empezaron a cantar el Te Deum que compuso Williermus; él mismo tocaba el clavicémbalo, dirigía la orquesta y también el coro, tenía el mérito absoluto de todo el concierto. Su trabajo le llenaba el corazón de orgullo, nunca se había entonado una pieza tan hermosa en el reino, la música parecía provenir del mismo paraíso, todo el trabajo que había costado construir los instrumentos especialmente para ese día, encontrar y capacitar a los músicos y convencer al mismísimo rey para que la catedral fuera lugar donde se estrene este maravilloso himno sacro había merecido cada una de las gotas de sudor que derramó.  

El rey quedó maravillado, pero no tanto como su hija, ella nunca había oído melodía alguna en su vida llena de silencio, y esta era la más sublime que sonó alguna vez en todo reino. Cuando la música empezó a salir de la catedral todo su ser se estremeció en un solo instante, empezó a caminar en línea recta con dirección hacia la música y mientras se acercaba su corazón empezó a palpitar como si diez mil palomas hubieran entrado en él, sintió como si le hicieran cosquillas con lana de oveja por debajo de la piel, como si ardiera por completo sin quemarse, como llegar al cielo y poder abrazarlo, era como si hubiera llenado de aire sus pulmones por primera vez.

Esa tarde, cuando el sol empezó a ponerse, se pudo a distinguir, entre la oquedad del bosque, las risas y las antorchas de los cazadores que comenzaban a llegar cargados de venados, liebres y faisanes, pero la felicidad de un gratificante día de caza se vio trancada con una interminable fila que salía del castillo, todos en silencio y con las cabezas bajas, esperando poder entrar para darle un sentido pésame al rey. Era tan bondadoso y generoso que nadie entendía por que había sido castigado con una desgracia como esta. Dentro se podía distinguir un gran féretro de cristal y a la princesa que parecía dormida en su interior, con su larga cabellera roja, suelta, como siempre se le veía cuando paseaba por el reino. Tenía entre las manos un pequeño cofre de oro y piedras preciosas que le había pertenecido a su madre antes de que ella naciera, y llevaba un largo vestido verde que cubría todo su cuerpo excepto sus manos y su rostro, que aún tenía dibujado en él una sincera sonrisa.

Justo en frente y por debajo del féretro estaba una figura encorvada, destruida, tumbada en su trono, llorando, gimiendo y recibiendo las condolencias de una fila que parecía no terminar nunca, no había nadie sujetando su anciana y cansada mano llena de anillos y cicatrices; el rey cargaba solo con toda esta desgracia. 

En medio de esta terrible situación, las partituras fueron guardadas en una caja de madera para ser quemadas junto a Williermus a la mañana siguiente, todo un reino lo acusaba de hechicero, de haber hecho pacto el mismo Belcebú para desgraciar a la familia real, pero cuando fueron a buscarlo a sus aposentos para llevarlo al calabozo no encontraron a nadie. Él había huido hacia la parte más profunda y oscura del bosque de los immania para ahorcarse en su abedul, el mismo que había sido el único confidente de tantos sentimientos encontrados a lo largo de su vida; no soportó haberle causado semejante malaventura al rey que lo ayudó tanto, y quitarle la vida a la única persona que él había amado de verdad.

Luego de que el rey falleciera a la mañana siguiente, una nueva casta real subió al poder, el reino pasó por años difíciles de escasees, hambruna y enfermedades, todo esto por la incapacidad de los nuevos gobernantes para dirigir el castillo y el reino, pero todos culparon al desaparecido Williermus por la desgracia que los azotaba. “Nos ha maldecido”, murmuraban algunos por las calles, “huyó hacia la cueva de los vespertilontes”, decían otros, algunos aseguraban haberlo visto convertirse en una cabra y huir entre la oscuridad de la noche y otros decían haber visto con sus propios ojos como se metía en una gran olla para desaparecer en medio una pócima maldita; nadie sabía en qué creer. Lo buscaron por todos los lugares en donde se le vio antes de desaparecer, quemaron su antigua casa con su anciana madre y sus dos perros dentro, y sus amigos fueron ahorcados en la plaza del castillo para luego ser arrojados en la gruta de los dampnas. La situación no mejoró hasta dentro de mucho, y Williermus nunca fue visto otra vez por el reino ni en ningún otro lugar. 

Ahí, en el bosque de los immania, colgado en su viejo abedul, su cuerpo sirvió de alimento para una familia de cuervos los días posteriores a lo acontecido, sus huesos cayeron al pie del árbol y se convirtieron en la madriguera de pequeños roedores. Con el tiempo no quedó nada de él, solo el rencoroso recuerdo de los pobladores hacia su persona. Recuerdo que se degeneraría a través del tiempo y entre los relatos de cada generación, hasta llegar a ser el personaje más terrible y despreciable de las historias y leyendas populares a lo largo y ancho del reino. 

 Williermus nunca se enteró, ni se hubiera enterado jamás, de que le dio a la mujer a la que amó el momento más intenso que jamás vivió sin siquiera hablarle alguna vez.

Cuento original de Rómulo Engycel.

Festín de Perros

La perra había comenzado a oler el drenaje que caía controvertido al asfalto seco, se acercaba tímidamente a pasar su hocico en el tubo henchido por donde pasaban las gotas de agua, sacando con dolor la lengua, apretujándose para sentir el líquido y la mierda caer sobre sus dientes. Luego asimiló con su mirada de perra viva, un breve escondrijo en el rincón de la plaza, donde un tumulto de basura gris y pájaros heridos se encontraban varados. La perra, antigua mascota de doña Lucrecia, se acercó cansada a lo que parecían ser unos escombros de un antiguo hogar perruno, tal vez algún refugio pequeño que la lluvia destruyó. Con la sarna carcomiendo enteramente su cuerpo y el aliento a drenaje y basura, su rostro de perra moribunda, su aferrado instinto de sentarse en la bolsa de basura y los pájaros muertos. Mientras aún contemplaba con una leve lástima, el cuerpo desplumado del ave, lo mordió con ira, sus furiosos dientes destruyendo la carne, rompiendo uno por uno los tejidos del ave. La perra comía a como podía, se mantenía en pie, posiblemente para no caer desmayada del cansancio. Sintió como el cuerpo destripado del ave pasaba por su garganta, se acordó, con su mente de canina, de los restos de la sopa del día que le preparaba doña Lucrecia, se sentó en el borde de una bolsa negra, mojada por lo que parecía ser un líquido espeso y blanquecino. Escupió una pequeña pluma blanca, mientras permitía un tosido enfermo. La perra, mientras oía un tumulto acercarse a ella, divisó a lo lejos, una anciana que volcaba lo que parecía ser un delicioso festín de huesos.

La niña era hija de la Pilar, había procurado dormir brevemente antes de los primeros golpes de la trompeta, donde todos los habitantes salían a las primeras ventas, a llenarse las bocas de frijoles duros y pasta de carne vieja. La niña se mantenía atenta a la caída de las patas de los pollos, los huesos, junto con otros niños que enfocaban su mirada en las piernas de los transeúntes, esperando que uno botase un pedazo mordido de queso, de piel de cerdo, de arroz con sangre. Ahí todos, atentos, con la baba cayendo hasta sus pies sucios y lastimados. Mientras la pequeña se movía con sigilo para asegurarse de tener un buen puesto en los arrebatos alimenticios, ya casi era la hora del desayuno. Le llamó entonces, otro de los niños, con la voz arrebatada de un encanto chambrín, una camisa desgarrada por el paso del tiempo y la garganta agrietada por gritarle a los buses. Camilaaaa! Aquí hay buen lugar, venite antes que te lo quiten. Y la niña disparada hacia el otro grupito de delincuentes en desarrollo. Todos con una urna y papeles periódicos viejos, esperándome fielmente a la caída de un pequeñísimo rollo de atún. Pero todos sabían que el festín se daba más adelante, justo después de la comida de los viejos marranos, cuando ya todos gorgoteaban y eructaban el ácido digerido de los frijoles en bala, ya cuando todos habían desechado su plato y solo esperaban retirarse de la mesa. Pero tenían que ser muy inteligentes, tenían que esperar y no precipitarse, ni uno de ellos, aunque fueran competencia entre sí, sabían que no podían moverse, que se apresuraba, todos se quedaban sin comer, era una guerra bastante honrada, muy digna. Además, si uno era pillado antes, se darían cuenta de su furioso atrevimiento y no solo quedarían sin comer, sino que serían castigados brutalmente.

Esperaron y esperaron, hasta que ya los viejos gordos y rancios empezaban a levantarse uno por uno de la mesa, con las patas flacas y sus estruendosos movimientos escuetos. Apaciguados por el hambre, ansiosos, con la adrenalina palpitando en sus arterias recocidas por el sol, sus cuerpos casi invertebrados prepararon las canillas, todos listos para salir corriendo a meter lo más que pudieran en las urnas con papel. El último viejo que abandonó la mesa, salió por la puerta trasera del salón comedor, en cuanto oyeron el metal crujir, cerrándose a su vez, los niños despegaron su vuelo. Los gritos inquebrantables, los rugidos de pequeños leones heridos que volcaban todo lo que podían a las urnas, un chacuatol que se revolvía sin problemas, los restos de sopas, los tucos de queso, arroz con frijoles, tortillas a pedazos. Los más suerteros podían terminar con algún pedazo de carne o un pellejo de cerdo y sin rastro de sopa, pero ahí todo niño galopaba por algo de comida, por los restos grotescos de un desayuno. Se mecían los unos a otros, se gritaban entre sí, pero sabían también, que era muy poco tiempo hasta que oyeran el bullicio. Camila apenas llevaba unos pedazos de carne marrón muy pequeños, un tumulto de arroz con leche y fideos fríos, pero no era más que unos cuantos, mientras trataba de poner sus dedos en la mesa, agarrando todo lo que podía, buscando y palpando. Sabía que era cuestión de segundos hasta que el niño que ya tenía llena su urna silbara el grito de guerra. No pasó más de un minuto.

¡Nos largamos todos! Y sin observarse los unos a los otros, salían disparados con lo que sea que tendrían en las urnas, incluso si no era nada. Salían todos, como moscas replegadas, como un enjambre luego de la fumigación, el grito casi infantil de los niños, el miedo pegado a la pared de sus estómagos hambrientos, nadie se quedaba atrás, todos corrían tan al unísono y tan bulliciosamente rápido que solo llegaban a distinguir el grito perdido de la vieja de la cocina. Camila salía también, con la urna hasta la mitad, pudiendo encontrarse en esos últimos segundos, con un exquisito pan mojado hasta la mitad. Sacó un pedazo para degustar, lo tomó en sus diminutas manos y lo palpó, lo probó con el cielo de la boca, mientras producía una sonrisa leporina con sus dientes calcinados y con caries.

Sintió entonces, la trémula mano de la vieja, la dueña de la cocina, que por primera vez le tocaba el hombro con su palma fría como la noche, enmascarada por un manto multiforme, parecido a la muerte. Acto seguido sintió el jalón de la vieja palideja, mientras con sus manos sucias sacaba otro pedazo de pan mojado y se limpiaba los trozos de fideos en el vestido rosa, que no le gustaban. Sabía que recibiría una reprimenda, unas nalgadas o unas bofetadas tal vez, pero su hambre le permitía estar dócil, mientras la vieja con cara amargada cerraba la puerta consigo al comedor.

Camila sonrió a lo que seguía después de la puerta, produjo tal vez, una pequeña lágrima que salieron de sus legañas, en el cuarto de la cocina, donde se percibía el olor al estofado y a carne seca, un dulce aroma a pan dulce penetró en su cuerpo, la vieja pálida la llevó hacia el perol donde salía aquel humo blanco y la subió para mostrarle lo que había dentro, el aroma que producía el perol, era bastante intenso, el pequeño cuerpo de Camila entonces sintió un calor muy nutritivo, sintió que calmaba su hambre.

Los niños, ya alejados de la inmensidad viscosa de la habitación de cocina, se dispusieron a comer, sentados en un basurero inmenso, posiblemente un antiguo hogar perruno destruido por las lluvias y la mala intención. Dispusieron las urnas en grupos pequeños, los más amistosos compartían y algunos tenían la suerte de encontrar un pedazo de carne casi completo. El grupo de niños más vivaz, se sentó a contar historias y bromas lo suficientemente vulgares para un impúber, con toques pícaros de la niñez quebrantada e infancias bastante pintorescas, comieron y rieron, cantaron y gritaron. El grupo después de un tiempo, se disolvía lentamente, quedando solo los más valientes. Detrás del corredizo, donde a lo lejos se divisaba la cocina aquella, se rieron de su brillante valentía y su agilidad, se pararon los unos a otros a glorificarse entre ellos, a hacerse reverencias, como si fueran reyes y príncipes. Oyeron, entre sus risas y bromas, los gruñidos de la perra sarnosa, aquella vieja perra que producía una canción de cuna para los jóvenes reyes de la calle, aquella piel carcomida, aquellos filosos dientes que producían un crujido cuando devoraba aquellos huesos débiles, con aquellos dientes, heridos y anochecidos, producían un quejumbroso aullido feroz, casi como el de un lobo, la perra se lambisqueó la boca, sintiendo uno a uno los pedazos de ropa en sus encías, y se imaginó como una poderosa bestia, omnipotente, intrépida, majestuosa.

– Cuento original de La otra versión, blog de literatura en nuestro idioma.

Ansioso, miraba parado en la esquina. Al verlo desde el taxi me recordé de aquellas eternas tardes en la casa de mis tíos, donde nos tendíamos junto a la piscina con los muchachos, sin mas motivos aparentes que drogarnos y beber sin parar hasta bien entrada la madrugada,

¿Godoy como vas? gritó parado en la solerilla, al verme bajar del taxi. Nos dimos un fuerte abrazo y luego nos dirigimos a la casa donde se hospedaría esa noche de paso por la ciudad.

A paso calcino nos fuimos caminando mientras nos poníamos al día respecto de nuestras vidas. La última vez que nos habíamos visto había sido hace casi ya dos años, y claro, mucha agua había pasado bajo nuestros puentes. Recorriendo callejuelas desconocidas para mi finalmente llegamos a la casa. El desorden del lugar me dio luces respecto de quien podría vivir allí, en semejantes condiciones de orden e higiéne.

Nos sentamos y bebimos un six pack con velocidad olímpica. “El Jimmy fue a comprar algunas cositas”, dijo Fernando, fui hasta el mueble pegado a pared y puse música. Nos largamos a platicar, papelinas vacías y cigarrillos a medio fumar adornaban la mesa de centro.

El tipo llego, saludo y se dirigió raudo al baño, no sin antes tirar sobre la mesa, las “cositas” que había ido a comprar. Paquetitos blancos, unos grandes y otros chiquitos y tres cajas de condones. Sendos signos de interrogacion se instalaron en mi. Sírvete dijo Fernando…

Procedí con calma, la tarde/noche aun era joven; abrí una papelina de cocaína y me zape una a cada lado, espere unos minutos y sentí como esa gota de corrosión bajaba lentamente por mi garganta, para aminorar el amargo sabor, le di un buen sorbo a la botella de whisky, aun virgen.

Fernando, al unísono, y cual profesional, se preparo una dosis con cenizas de cigarro, y mientras yo le daba al whisky, le daba duro a la pipa Mont Blanc que recibió de regalo de cumpleaños ese ultimo verano, mientras andaba por Machu Pichu celebrando su cumpleaños.

El tipo dueño de casa salió del cagadero y se dispuso en la mesa a darle a la coca. Unos chicos casi adolescentes le daban a la hierba echados sobre el sofá de cuero blanco, tal vez el único objeto de valor en medio de semejante basurero, hacían la previa para luego  irse a un bar en el centro de la ciudad a ver a una banda de hip-hop portorriqueña avecinada en el Bronx, que por primera, vez visitaba la ciudad puerto.

 Con Fernando no estábamos ni hay con ir a ese show y solo nos dedicábamos a zumbarnos, beber y a ponernos al tanto de las andanzas de la muchachada que quedo en la ciudad histórica. Sin darme cuenta, la de whisky bajo considerablemente su nivel, sin darme cuenta tampoco, la noche se hizo profunda.

Cuando Salí del baño, los chicos de la hierba se habían ido a su fiesta, el sillón ahora era ocupado por una mujer de natural rubio y unos entrados cuarenta y tantos años, junto un muchacho veinteañero, que a buenas y primeras, me pareció simpático, pues solo sonreía en silencio.

Ni Fernando ni yo conocíamos a los nuevos contertulios, tampoco a los que se habían ido, pero nos daba igual, la coca estaba buena, el whisky también, al parecer la pasta también, pues Fernando reía animadamente mientras parodiaba a nuestros amigos.

El chico que me había parecido silencioso y drogado, si era silencioso, y no, no estaba drogado. Tenia un retardo mental de mediana intensidad y era hijo de la mujer de rubio natural. El dueño de casa tomo al chico de la mano, le dio una gran bolsa de papas fritas y lo condujo a la habitación de uno de sus hijos en el primer piso. Lo sentó frente a la TV, la encendió y salio; al hacerlo, cerro la puerta con llave. Con Fernando fuimos por cigarrillos y al volver, solo quedaba un paquetito grande y dos escasos pequeños.

Fernando dijo que era mejor aprovisionarse, pusimos Arturos y Grabrielas sobre la mesa, y tras un par de llamadas telefónicas, 25 minutos después, tocaron el timbre. El dueño de casa salio en bolas de la habitación ubicada al final del pasillo, recibió al dealer en la puerta. Pago, recibió y cerro nuevamente la puerta. Con una sonrisa casi siniestra designo las dosis, tomo una caja de condones y nos dijo…”Muchachos, si quieren sumarse, las puertas están abiertas, esta todo pagado”. Fernando le preparo la pipa, le dio de fumar. La música dejo de sonar unos segundos, los suficientes como para oír la pasta consumirse en la pipa, el tipo volvió a la habitación.

En su derecha la caja de condones y en la izquierda un puñado de paquetitos blancos. Los signos de interrogación se disolvieron y comprendí en ese momento el papel que jugaban esos dos personajes en aquella juerga, la mujer rubio natural y el chico encerrado en la habitación, frente a la TV con su enorme bolsa de papas fritas.

Fernando se dirigió al baño, yo me zape una a cada lado y luego me fui a cambiar la carpeta de mi música, al salir del baño Fernando me hizo una seña con sus manos, pero no comprendí que me quería decir, acto seguido se dirigió a la habitación del fondo del pasillo, dio un vistazo adentro, me miro y otra vez las señas con sus manos, las que yo, otra vez no comprendí. Entro y cerro la puerta.

Yo me quede sentado en mesa de centro dándole al whisky y ya que había tiempo, aproveche el envión termine de mejorar algunos poemas que traía a medias en mi libretilla. Solo divagaba, pues la coca me traía por las nubes, mientras que el whisky, me devolvía a la tierra. En medio de aquella sordidez estaba yo, solo, libre y con mucho tiempo libre para ir a ningún lugar.

Un mensaje en mi telefono, “Cierra el porton de entrada con la cadena”, me dirigi. Con la cadena y el sendo candado que el dueño de casa había dispuesto cerre la reja con proligidad.

“La curiosidad mato al gato” reza el dicho popular, y tras terminar los escritos de mi cuadernillo me dispuse a averiguar que coño ocurría en la habitación del final del pasillo, me puse una a cada lado y me dirigí silencioso por el pasillo. Sin golpear arremetí en la habitación.

Al abrir la puerta el olor a sexo y pasta consumida me recibió como una bofetada. Fernando estaba desnudo, de pie junto a la cama, la mujer atacaba su polla, mientras el, profundo, respiraba el efecto de la combustión de la pipa en su boca, la TV mostraba una porno europea, una de esas bizarras con ataduras y disfraces, una vez estando allí el olor ya no me parecía tan desagradable. Era extraño, pero esa imagen de la tía dispuesta para todos y los chicos dispuestos para ella, me puso cachondo. La tía me vio y me hizo una seña con sus ojos, la cual esta vez si pude comprender, el dueño de casa soltó su polla y se preparo una dosis, Fernando hizo lo mismo. Yo sentí que se me comenzaba a hacer tarde.

Los chicos me decían que me relajara, que estaba todo bien, que así se carreteaba hoy en día, que para que ir a por chicas a las discotecas cuando uno quería sexo,  bastaba con contratar a una puta drogadicta y se estaba todo bien.

Mientras tanto yo dudaba y temía quedar como un palurdo.

Mientras los chicos fumaban, la tía se me vino encima, yo me quede parado junto a la cama mientras ella comenzaba a bajarme el cierre, talvez por la cocaína, talvez por el whisky, la polla no se me paraba y lo agradecí como nunca.

El tío dueño de casa me decía “dale no mas, fállatela, esta todo pagado” y mientras me lo decía yo no podía dejar de pensar en lo sórdido de toda la escena, no podía dejar de pensar en el hijo retardado de esa puta drogadicta adormilado por la tele, mientras los chicos se follaban a su madre. Mientras los chicos la penetran a diestra y siniestra, como en el basket, hice la señal de “Un minuto” con mis manos. Dije que iba al baño

Me puse una a cada lado, abrí la puerta y duras penas salte la reja que yo mismo me había encargado de cerrar prolijamente unas horas atrás. Tras varias cuadras sin saber donde estaba parado sonó mi teléfono, era Fernando, no conteste, y le di fuerte y derecho buscando el camino a casa… “Quedare como un palurdo para siempre” pensaba.

La noche aun era joven y tras largas cuadras logre coger un taxi para que me llevase a la combinación de la locomoción que me llevaría finalmente a casa. No supe de Fernando hasta 3 semanas después por el chat de Facebook y mientras me decía que me comprendía, que sabía que yo era un anticuado y que siempre escapaba cuando las cosas me parecían demasiado bizarras, sonreí.

Quede como un palurdo y tal vez lo soy. No pude jamás, quitarme de la cabeza la imagen del chico cascándose viendo las películas de I-SAT mientras en la habitación contigua, los muchachos se follaban a su madre.

– Cuento original del usuario psychofinger,