Mientras extiende el cielo el mapa de sus constelaciones
tu voz señala el rumbo de Orión,
el millón de años
que demora la infancia de una estrella,
los doscientos millones de años luz
entre Perseo y este globo rojo
en donde un día sigue a otro día.
Callas desde tu orilla y los minutos
caen, y poco a poco van abriendo
un pequeño agujero en la arena del tiempo.
En silencio
sólo se oye el tum-tum de mi latido
tan remoto y tan triste como un quasar
– Por Piedad Bonnett
