Sé que hace un tiempo desaparecí,
y por más ausente que intento ser, vuelvo a ti,
por más incoherente que parezca aún te extraño,
no sé por qué nos separamos.
Por las mañanas vuelvo a vestir tus ropas
aunque ya no recuerde como combinar,
luego desaparezco por miedo,
porque temo que el dolor vuelva a regresar.
Hace un tiempo me abandonaste,
y cómo no si siempre odiaste ser racional,
así que divago en tu mente buscando recuerdos
esos pocos en los que pudimos avanzar.
También me pregunto por qué todo sucedió de esta forma
tan rápido, tan fugaz
un día olvidaste como caminar, hablar, pensar
al siguiente un ser me desterró de tu mente
Y al tercero nunca me dejaste regresar.
Cuando nos sentamos en el parque te observo,
sé que te preguntas cuanto falta para faltar
también sé que te da miedo la fría tierra
y por eso amas tanto el mar,
porque preferirías mil veces enterrarte en la arena
como en un juego,
a morir y tener que callar,
bajo la tierra para siempre
aunque cuando hables solo sueltes palabras al azar.
“
Su nombre es Margarita
y es como las flores desoladas
que algún día fueron jóvenes y bonitas
hoy solo son tallos y ramas.”
Sueño con tenerte en los brazos recostada en mi pecho, tirados en la playa juntos mirando al cielo, en una noche estrellada donde el murmullo del mar seduzca al silencio, perderme en tus labios en un viaje sin regreso, que dure todos mis días y con tus ojos de luna ilumines las noches calmando mis miedos.
En fin que no he vivido nada. No sé qué cosa es una guerra y tengo como prisión al cuerpo y alma como campo de batalla.
Me debato entre la duda de reflexionar o fluir; esto es situarse en el palco de los espectadores, o estar en cada íntimo instante del milagro.
Vivo de pedacitos, pero aspiro a la totalidad, es decir a Mozart y al poema que me redima y me revele los espacios absolutos y la nada.
Percibo de mí los sitios más secretos: la culpa, una tercera conciencia de las cosas, la dualidad del pensamiento, la ira pequeña por lo que ya ocurrió. Pero he vivido poco. Treinta años. Dos amores de piel y un querer abandonar esta espera que me señala la vida.
Anhelo la anarquía, el más tierno desorden del amor, la cábala los relojes de arena y una habitación sencilla.
Quiero tener un destino trazado de antemano, encontrarme con Dios y los abismos y no tener conciencia de la llama. Ser la llama misma y la aventura.
Pero vengo de soledades últimas, de conversaciones que nunca concluyeron, de espejos que me miraron desde la infancia hasta ahora, de abandonados armarios de caoba que fueron de tías o de abuelas remotísimas.
Cuán poco he vivido. No conozco la guerra. Y tampoco la paz. Me duele la orfandad, el desarraigo, el sentirme extranjera en cualquier sitio, el no pertenecer a una familia o a una patria.
No puedo narrar una batalla; ni hablar del hambre y de la peste, ni escribir la canción de algún soldado herido, ni hablar de mujer violada, ni decir cómo es un cementerio después de una llovizna.
Pero anhelo decir en el poema que la vida me conmueve, que respiro mejor cuando me entrego, que necesito amar de la manera más simple y primitiva. Me gusta la paz y la defiendo y la guerra cuando es justa, y el sabor de las mandarinas cuando llega el verano, que me gusta ser una y arraigarme en el cosmos, y sentir que mi vida palpita al mismo tiempo que la vida, aunque no haya vivido, aunque mi hambre sea de infinito, aunque no sepa expresar que por alguna razón precisa estoy aquí, a punto de vencer, a punto de morir, de vivir.