La vergüenza de gritar

erosignem:

Corre el tiempo,
lleno de rincones a los que tienes miedo de volver.
Se van quedando viejos y oscuros,
los quieres olvidar…

Pero los tienes dentro,
manchando una parte de tu alma,
sin parar de roer y dar forma a tu carácter,
e incluso a tu mirada,
aunque tú ya no te enteres.

A veces son como aullidos atascados en la garganta de un lobo,
una rabia muda que debería de salir;
otras veces asemejan los quejidos de un piano maltratado,
con el corazón lleno de música torcida y olvidada
que nunca se tocó.

Te da miedo gritar, ¿verdad?

Los gritos guardan plumas escondidas;
plumas quemadas y heridas de alas rotas…

¡Y No! ¡Ya basta!
Que vuelen, aunque sea muertas;
que vuelen, aunque estén de luto;
que sean arrastradas por la noche más temible
y se peguen en la Luna.

Atrévete a volver al cementerio…
siente el golpe gélido
al pisar sobre las tumbas…
pero al menos, la piedra ya no quema;
al menos, los muertos
ya están en el infierno.

Y entonces, podrás bailar con los cadáveres;
sentir el estruendo azucarado
al pisar los versos viejos
y sentir que los poemas ya no pinchan.

Porque ha llovido demasiado…
Y yo al menos,
estoy cansado de que mis sueños
no sepan nadar.

Eros Ignem (2018)

Poesía original de @erosignem

Ulises

Ni yo sabía que te ibas, Ulises,
lo oí decir por allí.
Saberlo me recordó la distancia que había ido creciendo entre los dos.
Yo no sabía que te ibas, Ulises,
pero sí sabía qué hacía mucho tiempo que ya no estabas.
Ya no te pegabas a mi cuerpo buscando calor,
ya no me seguías por cualquier esquina,
ni te alegrabas al verme llegar al final de la noche.
Perdido, Ulises, anduviste perdido tanto tiempo,
y yo, yo con dolor de cabeza.
Ni dedicándote la vida entera te hubiese retenido, Ulises,
y yo, para entonces, ya no tenía ganas ni de buscarte.
Aquejado de sinsabores y monotonías desapareciste así,
sin previo aviso.
Nunca supe qué fue lo que te fue apartando de mí.
Te fuiste desdibujando, Ulises,
te fuiste desdibujando, hasta que de repente,
ya no estabas.
Pensado a través de mis ojos, creo que siempre lo vi venir.
Y no me inquieta este misterio de tu partida, Ulises,
lo que me sorprende es que pensado a través de mi corazón
siento que nunca lo vi venir.
Y no extraño, Ulises, tu extinta compañía.
A veces, solo a veces, a mitad de la noche,
me hace falta el calor de tu cuerpo en el mío,
tu ronroneo constante,
y tu maullido.

anagarzas
fragmentos de mí

Poesía original de @anagarzas

Quisiera derramar esta ternura,
que rebasa mi pecho, en la mesura
de un pecho inmensamente generoso.

Fragmento de No me dejes, amor, en la añoranza por Ana Inés Bonnin Armstrong.

La tarde pidiendo amor

La tarde pidiendo amor.
Aire frío, cielo gris.
Muerto sol.
La tarde pidiendo amor.

Pienso en sus ojos cerrados,
la tarde pidiendo amor,
y en sus rodillas sin sangre,
la tarde pidiendo amor,
y en sus manos de uñas verdes,
y en su frente sin color,
y en su garganta sellada…
La tarde pidiendo amor,
la tarde pidiendo amor,
la tarde pidiendo amor.

No.
No, que me sigue los pasos,
no;
que me habló, que me saluda,
no;
que miro pasar su entierro,
no;
que me sonríe, tendida,
tendida, suave y tendida,
sobre la tierra, tendida,
muerta de una vez, tendida…
No.

por Nicolás Guillén

Quiero cogerte

                                                          de la mano

meterme

                                                          en tu cabeza

y que grites

                                                          por mi venida

mojada

                                                          en tus sueños.

por Christian Kleriga (@kleriga)

Y la muerte
                                         nadie la oía
pero hablaba muy cerca del micrófono

Fragmento de Canción para Billy Holiday por Pere Gimferrer.

Fricción

Si me golpeas

           exhalas

           o chocas.

Si me miras, besas, hablas o escuchas:

Me quedo.

Si te rozo

y con la tenue

fricción del aire, te empujo…

Te vas.

Deja de irte.

O vete ya.

Así, en presente continuo,

no puedo más.

por 

Christian Kleriga (@kleriga)

unapoetahablandode-vos:

Quisiera tener el don y el toque que tienen los escritores, los poetas, los locos, para vivir su vida, porque no solo pueden escribirla sino vivirla con una pasión plena, sin miedo y con ganas de más y más, sin importar si lo que viven es bueno o malo porque fue eso lo que decidieron. Puede que yo tenga un toque de loca, pero siempre he deseado más tener el de poeta, para entenderte y verte en forma de rima en mi mente, para saborear tus recuerdos y convertirte en el poema perfecto. Es una labor difícil, pero a su vez, hermosa. En el intento de pasar mi vida a la poesía he comprendido que los tachones y reinicios deterioran la viabilidad de lo pensado, de lo esperado. Que las comas, los puntos seguidos y hasta los suspensivos son necesarios, porque incrementan la fe en que será una buena composición artística. Que los signos de exclamación escritos son sólo el resultado de las preguntas que no han tenido respuesta y que el nivel de su impacto puede variar dependiendo del tiempo en que lo has guardado en tu corazón. Que todo esto pierde un poco de sentido si ha sido creado a base de un imaginario, de un engaño, y que si a la mitad de una estrofa pones un punto, haces que el resto quede sin rumbo, sin una continuidad, sin una razón. Los locos intentan no sentir, no aferrarse, no quieren vivir amando. Los escritores pueden inventarse mil comienzos y cambiar mil veces sus finales para encontrarse, sanarse y saciarse. Los poetas quieren sentir, aferrarse al amor para poder vivir porque esa es su única razón. Pensándolo bien, no quiero ser loca porque te olvidaría, no quiero ser escritora porque de ser necesario te eliminaría una y mil veces de mi relato. Quiero ser poeta porque buscaría la manera de llevarte hasta el final, tacharía y borraría lo malo y las preguntas que crearía serían sobre qué sería de mí sin ti, para que las exclamaciones sean un resultado de la felicidad de construir cada verso junto a ti.

Adriana Vidal

por @unapoetahablandode-vos