Hemos despertado antes del amanecer para explorar la isla y desembarcar las provisiones.
Al salir el sol nos quedamos sin palabras. De entre las rocas, la arena y del mar han surgido crustáceos gigantes*, como nunca se les ha visto: Tan altos como un hombre o incluso más, algunos con pinzas que serían capaces de partir una res.
Aunque la mayoría eran pacíficos,nos hemos encontrado en aprietos un par de veces. La isla parece completamente deshabitada salvo por estas criaturas que lo invaden todo, desde las grietas del suelo, hasta las copas de los árboles.
Nuestra cena, aunque difícil de atrapar, ha sido especialmente exquisita. Desearía a mi vuelta llevar algunas de estas criaturas a su serenísima alteza.
*Se cree que el cangrejo gigante japonés se originó en esta isla tan peculiar y que posteriormente, debido a la actividad volcánica, migró a aguas más templadas. De las otras especies se conoce poco o nada.
¿No sabes de que va esto? Pues es parte de mi serie de microcuentos Compendio sobre las islas perdidas del Pacífico. Lee la parte uno aquí.
Hay dramas más aterradores que otros. El de Juan, por ejemplo, que por culpa de su pésima memoria cada tanto optaba por guardar silencio y después se veía en la obligación de hablar y hablar y hablar hasta agotarse porque el silencio no podía recordar dónde lo había metido.
Y después de hacer todo lo que hacen se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.
Le escribió tantos versos, cuentos, canciones y hasta novelas que una noche, al buscar con ardor su cuerpo tibio, no encontró más que una hoja de papel entre las sábanas.
Hay novelas que aun sin ser largas no logran comenzar de verdad hasta la página 50 o la 60. A algunas vidas les sucede lo mismo. Por eso no me he matado antes, señor juez.
Había una vez cierto científico fracasado que se empeñaba en construir un rayo capaz de borrar la existencia. Sin embargo, fracasado como era, vio todos sus intentos frustrarse al crear justamente lo opuesto: un rayo que hacía existir.
Los hombres, sentenciados por el ya famoso planteamiento de Descartes, luego de ser golpeados por el rayo, cayeron presos de su propia miseria. Algunos trataron de buscar una cura para el exceso de existencia; el resto se perdió en un mar de alcohol, buscando la felicidad que traía consigo la ilusoria y olvidada ignorancia.