Post mortem

Post mortem

No me encuentro bien. Últimamente, no me siento bien. Siento una tristeza enorme en mi pecho; no sé quién soy, no sé qué hacer. No tengo ganas de nada, solamente camino entre esta mansión que cada vez se torna más gris, que cada vez es más fría, que cada vez se encuentra más sola.

Todos los días llueve, todos los días lloro. Me siento vacía, me siento fuera de mí.

Ya está oscureciendo, pero para mí todo el día es lo mismo; siempre me persigue la misma oscuridad.

Mientras me aproximaba al gran salón, pude escuchar el clic de una cámara. -De nuevo Nolan trajo el trabajo a casa- Pensé. Entré y lo observé mientras fotografiaba a una mujer mayor luciendo ropa bastante corta. La sesión terminó y la mujer se aproximó a abrazarlo y agradecerle el buen trabajo. Seguidamente besó sus labios y él, aunque no la besó de vuelta, no intentó retirarse tampoco. La mujer me sonrió y se fue, a cambiarse supongo. Observé a Nolan y traté de no explotar. Las cosas no marchaban bien entre él y yo desde su partida, pero aún soy su esposa, pero aún lo amo… O al menos eso quiero creer, aceptar lo contrario haría la idea del divorcio más real. ¿Pero es eso malo? ¿Puedo seguir al lado de alguien de quien no soy el centro de su universo?

-Qué te pasa? –Exclamé.

 –Perdón. –Dijo él. –No puedo ser maleducado y rechazarla, yo ayudo a estas mujeres a recuperar su autoestima.

-Por supuesto. –Dije mientras salía del salón.

Las noches son cada vez más largas. Los pensamientos cada vez son más molestos. El dolor es cada vez más grande.

Mis días se resumen en caminar alrededor de la casa, en escuchar mis sollozos y el eco de mis pisadas cuando deambulo por los corredores. En salir bajo la lluvia y esconderme en los rincones más fríos que encuentro. En salir y darle la vuelta a la cuadra, en escapar del molesto reportero detrás de la historia de mi casa. En tratar de encontrar algo… algo que le dé sentido a todo esto.

Ya es un nuevo día, ¿pero desde cuando eso importa? Hoy llegó el correo y la situación legal del cementerio que forma parte de mi propiedad sigue en espera. Ya que importa, sólo queda esperar…

Salgo a caminar; a sentir el viento, a ver el cielo, a escuchar las aves y a ver los niños jugar. Me siento igual. Triste y sola. ¿Acaso algo me hará sentir algo distinto? Me siento tan cansada… cansada de sentirme así, cansada de vivir así.

De pronto algo llama mi atención, es música suave. Dulce y delicada. Alzo la mirada y observo un violinista en la casa del frente. Una muchacha yace en el centro y se encuentra rodeada de… ¿un coro? No importa. Detrás de ella puedo observar a un caballero con un enorme ramo de flores. Ella lo observa emocionada. Le está proponiendo matrimonio. Ella dijo que sí. Y yo no puedo parar de llorar… Puedo saborear mis lágrimas amargas, puedo sentir mis lágrimas tibias y abundantes. No puedo dejar de hacerlo. No puedo sentirme menos triste. No puedo sentirme menos frustrada. No puedo dejar de odiarme. Siento que no puedo respirar, algo se hunde en mi pecho y algo me atasca la garganta. Son mis propios miedos y tormentos que desean salir.

Decido seguir mi camino. Observo mi casa; tétrica y descuidada. Cada vez más en ruinas… Veo al frente y ahí está… el reportero que me viene siguiendo desde ya hace un mes. Me volteo y empiezo a correr…

Llego a la entrada principal del cementerio y decido entrar. Después de todo, sigue siendo mío.

Hoy hay mucha gente presente, pero que raro… no recuerdo que hoy se celebre alguna festividad.

Me llama la atención las tumbas próximas a los arboles más grandes. Dos cruces de mármol sobresalen del suelo y una señora yace abrazada a su niña de unos 4 años.

Puedo sentir el amor con el que la abraza, puedo sentir el cariño que emana su ser. Pero hay algo extraño; la niña no tiene color. Es gris, como el mármol… Y entonces me doy cuenta. Todos a mí alredor abrazan a alguien que tiene esa tonalidad. ¿Pero qué sucede?

-Mi niña partió hace unos meses. La extraño todos los días y puedo sentirla en este momento. –Dijo la señora.

 ¿Pero que acaso ella no la ve? La niña me observa y sonríe tristemente. Y de nuevo empiezo a llorar. Su niña está acá. En esta tumba. Muerta. ¿Estará Mattia aquí también?

-Puedo ver su espíritu. –Intento decirle. Pero no entiendo muy bien que estoy viendo. Sólo sé que, así como siento el cariño de la madre, siento el dolor de la niña. Lo que ella pudo llegar a ser…

-Lo sé. – Dice ella.

¿Pero, acaso me conoce? Probablemente no.

La escucho conversar con la señora paralelo a ella. Las interrumpo y pregunto si han escuchado sobre Mattia. Mi hijo.

-No. –Dice una de ellas rápidamente. –Visitamos a los espíritus, no a las sombras. Me han dicho que Mattia es un niño muy malo, un ente muy oscuro; al igual que todos los que escuchan Mozart. El mismo diablo les corroe el alma hasta convertirlos en oscuridad.

Me quedo quieta. Otra vez algo me aprieta el pecho. De nuevo me cuesta respirar. Me siento tan miserable. Siento que no puedo más. Mi hijo está muerto. Está muerto y no lo puedo cambiar. ¿Pero, una sombra? ¿Mattia se convirtió en una sombra? ¿Acaso es algo de esto real?

-BMAR (parquededepresiones)

Pero nos imaginamos el porvenir como un reflejo del presente proyectado en un espacio vacío, mientras que es el resultado a menudo muy próximo de causas que en su mayor parte
se nos escapan.

Fragmento de La prisionera por Marcel Proust, traducido del francés. 

Sobre la isla de los cangrejos gigantes

124letras:

image

4 de octubre de 1538

Hemos despertado antes del amanecer para explorar la isla y desembarcar las provisiones.

Al salir el sol nos quedamos sin palabras. De entre las rocas, la arena y del mar han surgido crustáceos gigantes*, como nunca se les ha visto: Tan altos como un hombre o incluso más, algunos con pinzas que serían capaces de partir una res.

Aunque la mayoría eran pacíficos,nos hemos encontrado en aprietos un par de veces. La isla parece completamente deshabitada salvo por estas criaturas que lo invaden todo, desde las grietas del suelo, hasta las copas de los árboles.

Nuestra cena, aunque difícil de atrapar, ha sido especialmente exquisita. Desearía a mi vuelta llevar algunas de estas criaturas a su serenísima alteza.


*Se cree que el cangrejo gigante japonés se originó en esta isla tan peculiar y que posteriormente, debido a la actividad volcánica, migró a aguas más templadas. De las otras especies se conoce poco o nada.

¿No sabes de que va esto? Pues es parte de mi serie de microcuentos Compendio sobre las islas perdidas del Pacífico. Lee la parte uno aquí.

Next issue: Sobre la isla de los hombres

Microcuento original de @124letras

Pregunta, comparte

poesia-en-la-lengua:

El inbox está abierto. 

Si gustan hacer preguntas o pedir consejos, pueden hacerlo por aquí: Preguntas y Respuestas (http://poesia-en-la-lengua.tumblr.com/ask para los usuarios en móviles). 

Si gustan compartir sus escritos, pueden hacerlo por aquí: Comparte (http://poesia-en-la-lengua.tumblr.com/submit)

Hablo en serio cuando digo que tenemos 0 escritos o preguntas en la bandeja de entrada 

😱

Pueden compartir lo siguiente: 

  • Poemas/Poesía
  • Prosa poética
  • Prosa
  • Narraciones
  • Cuentos cortos o microcuentos
  • Fragmentos de cuentos largos
  • Pensamientos
  • Frases
  • Arte (pintura, dibujo, música) inspirada por literatura

Pueden preguntar lo siguiente:

  • Preguntas personales para el bloggero (pregúntenme hasta de lo que me voy a morir y les aseguro que les tengo una respuesta dramática)
  • Preguntas pidiendo consejos o ayuda
  • Preguntas de música, arte, literatura, cultura

Espero leerlos pronto. Me muero de soledad y aburrimiento. 

niandra-in-the-moon:

         cancion para acompañar el texto: The Serpents Tongue

          Tic…tac…tic…tac…
suena aquel viejo reloj situado al fondo del largo pasillo, la cera de la
apenas visible vela cae derretida lentamente para chocar congelada contra el
piso de madera que cruje por el frio.

           Tic…tac…tic… vuelvo a escuchar sonar
las manecillas, pero se detienen faltando una nota la cual descubro acompañada
en un cuarteto del piano desafinado que se mantiene empolvado en la siguiente
sala completando así la canción de esta noche moribunda.

           Tic…tac…tic…tac… una maldita vez más
y siento como mis oídos cansados están de aquel repetido sonido, mis ojos arden
en intentos de querer mirar en esta oscuridad, mis manos han perforado ya mi
camisón de seda y rasgado parte de mi pecho. Tic…tac… ¡mi garganta estalla!
grito solemne en lamentos de paz y siento un charco de lágrimas consumadas en
mi boca ahogando hasta el más mínimo de mis auxilios, lloran mis ojos y se
desangra mi pecho, mis dedos han perdido sus uñas al rasgar la carne de mis
clavículas, dejando a la vista el blanquecino hueso.

           La oscuridad de esta habitación cae  sobre mi cuerpo, a lo lejos observo al
culpable de mi juicio, me mira con sus ojos en delirio y sus labios excitados
en las sombras se relamen los restos de alguna otra víctima, ahora ríe y
comienza a arrastrarse por el suelo bañando con mi líquido carmesí su fúnebre
cuerpo. Antes de volver a verlo de cerca, interrumpen a lo lejos voces que no
reconozco –¡Asesina! ¡Asesina!¡Castigadla Dios, no tengáis piedad con ella!

Rugen
hipócritas sus plegarias y aves marías, en cada oración las telas de mi cama
comienzan a mudarse en telas rígidas y espinadas, el reloj ha desaparecido con
el eco de las voces, el frio se ha quedado dormido y la oscuridad comienza a
atenuarse, la rigidez en donde mi cuerpo yacía se transforma en terciopelo
satinado.

           En la habitación ahora reina un
silencio exquisito, mi cuerpo dejo de sufrir y mis ojos podían ver con claridad
el rojo quemado de paredes que mi memoria desconocía. Voltee hacia arriba, mis
pupilas quedaron obsoletas al verme reflejada en aquel espejo colocado en el
techo, ni siquiera el sonido nostálgico de un violín como fondo me pudo apartar
de aquella visión.

           Aquella bella visión, su cuerpo
tiene una contextura delicada, ojos grisáceos profundizando mis cavilaciones,
piel pálida, cabellos negros como el ala de un cuervo. Sus manos se extendieron
como olas por mi vientre, lirios bailando entre ríos, escucho aves cantando
liricas angelicales y campos floreciendo en inviernos muertos, sus labios me
invitan cual Eva a probar de la manzana… en silencio, penetra, recorre mis
tierras, su semblante frio, ángel caído,
partido, la cuna, mi carne… el hijo.

           -¡Bendecid al niño Dios!- Escucho y
se agrieta el espejo, bajo la mirada, se esfuma la estampa de aquel hombre
bello, aparecen por el contrario dos cuernos, cabeza de cabrío, manos humanas,
escamas en vientre y plumas que suben hasta su pecho, grito aterrada y retumba
mi chillido en sus ojos, se marcha con una mueca sardónica, impulso a mi cuerpo
a moverse y escucho de nuevo en un coro pérfido
-¡BRUJA!-, volteo acobardada buscando las voces, a cambio el espejo cae
tumultuoso en una nueva oscuridad donde siento como se incrustan pedazos del
mismo entre mis piernas.

           Anima
Christi, sanctifica me. Corpus Christi, salve me. Sanguis Christi, inebria me.
Aqua lateris Christi, lava me. Passio Christi, conforta me. O bone Iesu, exaudi
me.”
 
  Suena de nuevo a lo lejos, es “el alma de cristo” orado por voces femeninas y masculinas que quieren
limpiar de lo que me queda de vida la suciedad de la maldad.

En
mi mente imagino mi sangre pecaminosa vertida cual vino en la copa sagrada y mi
carne cual ostia en la lengua del incocente, mi cuerpo es el festín de la
ultima cena, mientras el padre salpica agua bendita y la muchedumbre escupe
desprecio en mi cuerpo, hay un olor pútrido, mi respiración se consterna, abro
los ojos…

image

           Vuelvo a la realidad y observo como
no eran mis dedos los que rasgaban mi piel, sino el fuego consumado de esta
hoguera donde estoy , tampoco eran pedazos de espejos en mis piernas sino
grabados a fuego punzante en mi piel de sus sagradas cruces y el olor pútrido
era desprendido de mi carne ensangrentada, quemada, curtida; mis manos tienen
hoyuelos, me han dejado tirada cual abominación avergonzada sobre sus propios
pecados, me han culpado de servirle a Lucifer, a la bestia que tanto temen, al
demonio del cual se esconden entre sus credos, al Ángel Caído que no quiso
servirle a su Dios, pero para su buena y dócil suerte ninguno ha visto lo que
han salvado y como vuestro señor es misericordioso, todos los presentes que me
han mutilado, quemado y juzgado por querer regresar a aquel ser maligno a las
llamas  ¡Van a escucharme gritar desde
esta montaña de madera y cenizas! ¡Van a ser testigos que su Dios existe al
mirarme sufrir por servirle de progenitora a Lucifer!…

           Lo lleva envuelto en una manta
blanca, está sollozando, tiene la piel roja por el frio, lo arrulla entre sus
brazos para calmarlo. Carga inocente a quien nació de un amor profano, (tan
profano que él mismo querría arrojarlo a las llamas) sus suelas levantan
partículas de mi propia carne,  fue señal
para mostrar mi arrepentimiento entonces grite el dolor que había guardado mientras
sus llamas y plegarias atentaban contra mis actos inhumanos, grite como el ser
despreciable que era para ellos, pedí perdón a su gran Dios con el sufrimiento
más sarcástico y por ultimo reí, no obstante el padre acercó a mi hijo y dibujo
una cruz en mi rostro y proclamo las siguientes palabras :

Que vuestro señor os perdone por querer
entregar a vuestro inocente fruto a las llamas de Lucifer como ofrenda para
mantener su vínculo, Señora Salem vaya con Dios “

           Había pasado tiempo para que alguien
volviese a decir mi nombre, pero en su voz escuche misoginia, marcho victorioso,
como todos los que había presenciado mi castigo, mi mente deambulo en rencor,
si algo había aprendido de ellos era a clasificar a los personajes malévolos de
la biblia entonces mi boca comenzó a cubrirse de sangre envenenada y antes de
que no volviera a producir sonido alguno, les revele el secreto por el cual
nunca preguntaron y fui castigada…

           -¡Llamadlo Caín, porque os juro que
será la desgracia, el mal de todos ustedes mis amados hermanos!


-Abigail Gomez / Cuento realizado como proyecto para la clase de Literatura.

-Pintura por Nicola Samori.

Prosa original de @niandra-in-the-moon

PAS DE DEUX

La foto de Elia lo miraba desde el escritorio en la habitación, mientras revolvía las hojas corrugadas, esparcidas sobre las sabanas verde esmeralda, simulando copos de nieve, logrando un contraste blanquecino entre los verdosos pliegues que se formaban sobre el colchón.

Estaba vestida con un tutu rojo, bordado con lentejuelas doradas. Los pies en punta,  listos para emprender el vuelo. Sus brazos formaban un semicírculo, conectando las líneas finas de su cuerpo.

Dijo con tono bajo

— Su última presentación—

suspirando, ensimismado en remolinos de recuerdos,  que arrojaban notas de violín en las paredes.

Cerró los ojos durante un instante, extendió la mano derecha y los dedos huesudos de Elia lo recibieron en pas de deux.

Elia estiraba la pierna en arabesque, mientas él colocaba el brazo a la altura de su cadera para fungir como respaldo. Entrelazaban las manos, se miraban de frente; ella con ojos de metal, y la nariz altiva arqueando las cejas.

Pecho erguido, muslos firmes, poco a poco la subía con la palma de la mano, gotas de sudor resbalando por las medias y el leotardo, plantas de los pies apoyadas en el suelo de madera, mientras se dibujaban sonrisas de complicidad. Abrió los ojos,  contempló  escarcha en el marco de la ventana,

llegó el inverno—

pensó.  

Prosa poética original de @castillosliterarios
Inspiración: Nocturne in C minor, Chopin

No Retorno.

theuniverseofemmanuel:

“¿Cuántas veces ha muerto?”

Escuché, de pronto, esa voz inquisidora en mis oídos… Fue como un relámpago que me despertaba de un letargo que hacía días había estado experimentando. 

“¿Me escucha? ¿Cuántas veces ha muerto?”

No abrí los ojos, no pude hacerlo… Dejé salir un par de lágrimas, sólo eso… Un par que resbalaba por mis mejillas hasta morir en mi mentón.  Temblaba. Sentía que el aire me faltaba… Me dolía el pecho y las entrañas, era tanto el dolor que, por un momento, pensé que era yo el mismo dolor encarnado.  Me olvidé de mí; del hombre que estaba sentado en esa silla frente a esa voz masculina que me cuestionaba como si hubiese cometido un crimen. Me hundí en sollozos… No pude contenerlos. En realidad, no podía contenerme nada… El agua me desfloraba los sentidos.  Quise apretar los puños, pero fue lo único que no pude hacer, tenía las manos amarradas y extendidas sobre la mesa… No entendía por qué.

“No voy a caer ante la trampa de su supuesto llanto. Es común que los incriminados muestren ese lado cuando están frente a mí, así que, sea sincero… Le va a ir mejor si coopera…”

Tomó aire después de decirme eso con una frialdad que me escaldó el alma. Honestamente, no sabía dónde me encontraba… Sentía un frío que calaba hasta los huesos, y el aroma que me rodeaba no era otro que el del humo de un cigarrillo a punto de apagarse. Tragué saliva con trémulo pesar, pues en realidad estaba siendo sincero al llorar.  No entendía a qué se refería, ni siquiera podía hilar mis pensamientos… Parecía que había estado dormido y que, súbitamente, había sido vuelto a mis sentidos por una fuerza incomprensible que rayaba en la agonía… Era esa agonía la que me mantenía latiendo el corazón.

“Abra los ojos, tarde o temprano tendrá que ver mi rostro y espero le sea más fácil responderme la pregunta que le he hecho ya más de una vez, ¿quiere que lo haga una más?”

Solté el llanto… Lo solté… El agua era mucha… No podía detenerla… Se me escurría por la cara, por el cuello, por el pecho… Me empapaba… Me mojaba tanto que parecía que estaba bajo una nube tormentosa.  Y seguía sin entender, sin comprender qué hacía en ese lugar, qué era ese lugar, de quién era esa voz. Bien pude haber abierto los ojos, y lo hice en su momento, pero no veía más que el agua fluir de ellos… Mis oídos… Oh, mis oídos… Sólo eran capaces de escuchar mis lamentos compungidos… Y el latido de mi corazón que se sumergía en un abismo de agitación, de una premura que sentía iba a ponerme al punto del colapso, pero no lo hacía… Era como si me tuviesen sedado los impulsos, sólo podía llorar… Llorar a mares… A llanto abierto.

La voz volvió a preguntar… Y esta vez fue peor que las anteriores. Mi cuerpo comenzó a llenarse de espasmos, pero no placenteros, sino dolorosos, agitados, desastrosos… Movimientos inconscientes que me hacían convulsionarme en el asiento. Ya no sólo lloraba, gemía de dolor mientras mis extremidades se blandían en un duelo con lo inentendible. 

Grité… Si, ¡grité! ¡Me sumergí en un grito agudo que hizo a mis cuerdas desgarrarse! 

“¡No sé! ¡No sé cuántas veces he muerto, no lo sé! ¡Deje de hacerme esa pregunta! ¡Me duele, me martiriza, me está matando! ¡Y si no he muerto, con esa pregunta me va a hacer morir!”

Sollocé con la voz hundida en ahogo y con el cuerpo tenso, trémulo, fuera de mí.  La voz pareció sonreír maliciosamente…

“¡Tonto! ¡Ya estás muerto! Preguntarte sólo me ayudará a saber tu motivación para seguir respirando después de haber tocado la tumba… ¡Abre los ojos! ¡Mira en dónde estás! ¡No te de miedo a contemplar el último resquicio del mundo!”

Entre el agua que me seguía inundando, hice lo posible por ver lo que me rodeaba… Así, envuelto en agitación y una bruma que se desprendía de mí, pude ver… El corazón se me detuvo por unos segundos, los mismos que me provocaron nauseas y ardor en el estómago. 

Estaba dentro de una habitación gris y oscura… sólo podía apreciar sombras a mi rededor; unas frías, gélidas y mudas. Fijé la mirada en el hombre que me cuestionaba y no pude verle la cara; yacía cubierto con una túnica negra desde los pies a la cabeza. Le recorrí la faz con la mirada agitada, me paseé por sus brazos hasta llegar a sus manos, que estaban firmemente colocadas sobre la mesa como las mías, pero había algo monstruosamente diferente en las suyas… Estaban desnudas de piel… Eran simples huesos sin músculo que se movían en espera de una pregunta; sus falanges la hacían de segundero de un reloj que sólo él podía sentir. 

“Ahora, ¿me vas a responder? Podríamos quedarnos todo el tiempo del mundo aquí, pero… ¡Sorpresa! Aquí el tiempo sólo te hará desear desaparecer, tanto que suplicarás por no haber vuelto a despertar.”

El dolor continuaba haciendo mella en mi cuerpo, así como el agua naciendo de mis ojos y el ardor revolviéndose en mis entrañas. Sin embargo, me llené de fortaleza, miré mis manos que yacían sujetas a la mesa con las palmas abiertas y pregunté…

“¿Qué tienen mis manos que están amarradas?”

Él suspiró con cansancio y me respondió con una pesadez que se notaba exasperada…

“¿No ves lo obvio? Tus manos son las que te han traído aquí, son lo más sagrado que has tenido en todas las vidas que te has empeñado en tomar. Eres el ladrón más astuto que he conocido, tan es así que no quiero encarcelarte, pero no me darás opción si no me respondes la pregunta de manera honesta.”

¿Qué tenía que responder si no entendía la pregunta? No entendía nada. Duré mucho tiempo sollozando y convulsionándome, no hubo fin a ese tormento, mientras trataba de razonar esa pregunta con la poca mente que tenía y es que, ¿cómo poder pensar con el dolor lacerándome el alma?

Escuchaba a sus falanges golpetear en la mesa como fiel reloj al tiempo, al tanto que mi cabeza daba vueltas por todo lo que podía recordar… Si, recordaba ya, poco a poco, se me venían las imágenes de lo que había vivido. Momentos que, en un lapso de tiempo, fueron experimentados por mi esencia, mas no por mi materia… ¿A eso se refería al decirme ladrón? Pero, ¿cómo soy un ladrón si esas vidas que viví lo hice siendo Yo? Esta pregunta me martilleaba la sien. Como si hubiera adivinado mis pensamientos, él me respondió…

“Claro que fuiste Tú quien vivió esas vidas… Todas y cada una fueron concebidas por Ti, de eso no hay duda y no es lo que se está cuestionando aquí. Lo que me tiene aquí, frente a tu presencia, es el hecho de que has sido un ladrón de tiempos, además de vidas que no habían sido hechas para ti. Las tomaste porque amas la vida, según lo que he podido observar cuando has estado vivo. Amas tanto la vida que no te ha importado si la robas y dejas a otras almas vagando en las penumbras por tu terca ambición… ¿Qué tiene la vida que te hace robarla? ¿Qué? ¿Acaso no es dulce mi beso, mi caricia, mi sustento? ¿Acaso no hay felicidad en Mí? ¿Acaso soy tan triste para que no desees quedarte conmigo? Sabes que los que roban vidas son los primeros que van al paredón de los que no supieron aceptar su destino… Todos están hechos para no regresar y, sin embargo, hay obstinados como tú que roban la dicha de otras almas de nacer. Eres un alma muy vieja ya, demasiado… Dejarás a las recién nacidas vivir… Aprenderás a quedarte en tu lugar, así te tenga que encarcelar en la fuente del No retorno. Sabía que te iba a atrapar, tarde o temprano… Quizás también disfruté de verte desplegar las alas, pues volabas majestuosamente… Lo hacías… Tanto así que lloré de pesar y amargura cuando pasé mi haz por tu cabeza. No quería matarte… Lo juro, no quería… Pero, lo hice, y estás aquí… Frente a Mí, una vez más… Ahora, ¿vas a responderme? ¿Cuántas veces has muerto?”

Doliente y taciturno, respondí…

“Ya no lo recuerdo…”

Se echó a reír y el recinto se cimbró. 

“¡Claro que no lo recuerdas! ¡Claro!”

Sus carcajadas vibraban en mis oídos como taladros que me hacían retorcerme, y el agua seguía naciendo de mis cuencas… El agua era lo único que quedaba de mí… De ése que había sido hasta ese instante frente a La Muerte y que, al final de todo, era Yo mismo. Lo supe cuando lo vi ponerse de pie, tenía esa soltura y esa gallardía que tantas veces me aplaudí frente al espejo… ¡Era Yo! ¿Cómo pude pasarlo desapercibido? 

Se dio la media vuelta, se puso una vez más frente a mí, pero ahora de pie… Llevó sus manos echas hueso a la capucha que le cubría el rostro y, con la ligereza de un viento suave, se mostró… 

Vacío… Eso era… Un vació que se le salía por las cuencas oscuras… Una vacuidad que comenzó a absorberme el aliento.  Me contraje… Mi boca comenzó a abrirse mientras mi vientre se apretaba con violencia… Sabía que era mi fin… Lo sabía, y no puse resistencia, no la puse… Sentí el desprendimiento de mi alma, la sentí… La vomité… Y ahí… Ahí en sus cuencas oscuras y gélidas, sucumbí… Esa era la cárcel del No retorno… Ese era el calabozo de los obstinados… De los que no ceden a la muerte y yo… Yo yacía entrando en él sin poner trabas, sin llorar ya siquiera… No hice más que entregarme a mi destino… A la oscuridad eterna. 

Relato original de @esusbinnacle

Nota# 7 

18,08,2017

Viaje a los veranos e inviernos nuevos

Aparentaba más edad de la que realmente tenía por tener bigote y barba poblada, negra azabache, los lentes de aumento denotaban inquisitivos sentidos de convicción, practicaba deporte porque le ayudaba a tener control de su cuerpo.

Yo tenía algunas semanas saliendo con él, las suficientes para apreciar el espíritu de amor con el que se dirigía a los suyos, con la calidez que podría derretir tantos inviernos tambaleantes, y con los veranos rotos, bastaba con una caminata en la playa . 

image

En ese momento me encontraba viviendo en un poblado a dos horas de casa, esa tarde de viernes pasó a recogerme en compañía de sus padres, estuve sentada alado de su madre, porque el padre quería vigilar la prudencia al volante, pero lo veía por el espejo retrovisor, esa mirada curiosa que me comenzaba a llamar; mientras yo por miedo la esquivaba, para detenerme en esos dedos largos, seguido de los brazos firmes  con ese suéter de rayas verde botella.

Un impulso me invadió durante todo el trayecto,  de querer saltar y rodearlo con mis brazos cortos, acariciar lentamente los vellos de su barba y oler los rizos de su cabello, fue en ese momento cuando me di cuenta de que ya me había enamorado de él,

Totalmente…

Sin remedio.

Prosa original de @castillosliterarios

image

Notas 4,20,07,2017 

kilómetro 90 

La cuidad estaba repleta de personas que llegaban o se iban, las maletas eran el espejo del paradero. Yo era de las personas que llegaban de algún poblado… llegaba de mirar montañas durmientes casi todo el año… de fruta crujiente en el parque… tiernos desfiles de vacas escoltadas por caballos… jornaleros que se hacían ampollas en las manos tan sólo para comprarles la felicidad táctil a los hijos… así era vivir en parsimonia

Cuando el autobús deslizaba los cauchos por la graba, mis ojos se clavaban en la ventana movediza que difuminaba todo, mientras  pensaba  en la fuente de recuerdos… yo necesitaba este pueblo, más de lo que el pueblo me necesitaba a mí… todo había valido la pena, porque entendí, que para vivir con tranquilidad; es sumamente necesario llenar el alma de sonrisas,  y de gente estupendamente maravillosa, que te enseñen que no necesitas más para ser feliz.

Prosa poética y fotografía original de @los-laberintos-de-mi-memoria

Hace ya un tiempo, me encontré con un conocido en un centro comercial. Éste antes de preguntarme como estaba dijo “estás mas gorda”.
Nunca me vi a mi misma como una persona gorda, pero ese día me sentí como tal. La seguridad que poseia en ese momento se desvaneció, y cuando él se fue… yo ya solo quería refugiarme en mi habitación.
Estaba de compras y a partir de ese momento, la ropa dejó de gustarme; solo podía ver a una chica gorda en el espejo.

No se lo conté a muchas personas, solamente a dos. Ninguno me reconfortó lo necesario, entonces supuse que esta persona tenía razón. Tampoco tomé una decisión inmediata, a veces despertaba sintiéndome segura, fuerte y valiente… y a veces simplemente no me sentía nada ni nadie.

Ahora estoy mucho mas delgada de lo que estaba aquel día. Pero sigo sin sentirme suficiente.

Narración original por BMAR (@libroabiertobmar)