Sin título II

Combinaba una caja de vino tinto con algunos cigarrillos de esos que son medio fuertes, pero no tan buenos; el tabaco obviamente malograba el vino, pero le agradaba ese sabor a malogrado. Vivía en un cuarto de una quinta y todo ahí olía polvo, humedad, óleos, lienzos, aceite de linaza, mezclado con tabaco y su aliento a alcohol.

Todos los días veía por entre las persianas, veía como ella regresaba de trabajar a las siete de la mañana con una bolsa de pan en la mano, también veía como regaba sus geranios a las tres de la tarde y como salía a trabajar pasada las 2 de la mañana, no le gustaba ver como llegaba con sus clientes, por lo general eran personas que le desagradaban, no sabía quienes eran, pero no le gustaba como se veían; era muy prejuicioso con la apariencia de la gente. Los domingos ella salía al mercado a comprar cosas para la semana, llegaba cargada de bolsas; él, a pesar de querer, nunca salió a ayudarla, no tenía la actitud que hubiese querido tener; tampoco sabía responderle los saludos y eso le hacía pensar en que ella pensaba que era él un maleducado y que no tenía interés en hablarle por su oficio, él estaba en lo correcto aunque nunca lo confirmó; eso lo llenaba de frustración y tristeza que ahogaba con más vino.

Los sábados salía a la puerta de la quinta a intentar vender sus lienzos sin éxito, hasta un sábado que le pidieron hacer un retrato. “Disculpe” le dijo aquel señor tan elegante, “siempre paso por acá y veo sus cuadros, me gusta mucho como pinta y me gustaría que me haga un retrato”, él, en contra de su voluntad, aceptó; acordaron una fecha y hora, llegado el momento fue a la casa del elegante señor a realizar su trabajo, no le gustaba pintar retratos, pero necesitaba conseguir dinero de alguna forma; a los pocos días, cuando finalizó el trabajo, el elegante señor quedó encantado, tanto que le dio un poco más de lo prometido y le invitó una copita de gin, uno que recién acababa de abrir; nuestro protagonista nunca había tomado gin y aunque le pareció olía igual que su desodorante la verdad es que le agradó bastante, el elegante señor, al notar esto, le regaló lo que quedaba de dicha botella, él la metió en su morral junto a sus óleos y sin decir gracias se retiró. Cuando llegó a su casa ya era algo de noche, se puso a curiosear la etiqueta del gin y pensando en ella ya eran casi la una, se tomó casi toda la botella y algo ebrio salió a la quinta y tocó la puerta de la prostituta de en frente, “¿Cuánto cobras? tengo dinero” gritó antes de que ella le abriera la puerta, ella salió, lo miró de arriba a abajo y después de indicarle su tarifa lo invitó a pasar, una vez dentro el empezó a acariciarla, oler su cabello, besarla, pero de una forma tan sincera que a ella se le agitó la respiración, a ella nunca se le agitaba la respiración, siempre fingía, pero esta vez sintió una efervescencia en el pecho y se dejó llevar hasta que las palomas empezaron a cantar en medio del color celeste ocre del amanecer, aún iluminadas por la luz ámbar de los postes de luz. Ella sufría del corazón, herencia de su alcohólico padre, y producto de esto sumado a tantas sensaciones que sentía por primera vez amaneció muerta. A raíz de esto él descubrió dos cosas principalmente: Que ella se llamaba Johana y que no tenía familia que quisiese hacerse cargo de su hermoso cuerpo sin vida.

Él se quedó sin inspiración, o mejor dicho: se le quitaron las ganas de pintar. Quemó su cuerpo en el horno del morgue, y disolvió las cenizas en tres vasos de vino, se los tomó entre sorbos con una copa de gin, el poco que le quedaba, cerraba los ojos y botaba el alcohol por la nariz pensando en ella, en cómo olía, en el sabor de sus labios, en cómo se sentía su piel, su cabello encima del rostro de él… en ese calor que creyó artificial. Cuando se acabó el vino y secó el poco de gin que le quedaba, cogió su magnum heredada de su padre con una daga mal amarrada en el la punta y apoyó el extremo de la daga en su corazón, se quedó en esa posición un rato, ocho minutos y cincuenta y seis segundos, luego devolvió el arma a la mesa, agarró su pluma y escribió en un papel que empujaba el viento y salpicaba la lluvia: “Sin mi hermosa musa no soy nada. Aunque me reconforta estar seguro de que ella está en el paraíso, no puedo vivir en esta tierra sin mi amada, me iré al infierno a ver si logro verla desde lo lejos como solía hacer.” y con el arma otra vez en el corazón, aplicó presión y jaló el gatillo, lloró dos chorros de sangre y estos emanaron un vapor en medio de la fría noche, este vapor se fue por la ventana y fue destruido por la lluvia, se perdió su esencia en una charca del pavimento allá afuera, con una rata ahogada junto a sus crías a lado de unos bellos y mojados botones de geranio.

Cuento original de Rómulo Engycel.

Sin título I

Sabía lo que era por lo que le dijo su tutora, pero sentir en carne propia un fenómeno tan increíble como este, tan fantástico, era algo que definitivamente no se esperaba; todo era tan hermoso, tan ajeno, no había forma de compararlo con algo vivido hasta ese momento, algo completamente imposible de describir con simples palabras.

Todo era muy estimulante de regreso a su hogar, todos los sonidos sin excepción, el del carruaje y los caballos pasando por el empedrado camino, el sonido de sus pequeños zapatos chocando contra el piso mientras bajaba del carro, la voz de su ya anciano padre recibiéndola en la entrada del castillo, el sonido del fuego haciendo crujir la madera en la chimenea, incluso los robles que llegaban hasta la ventana de su habitación hacían sonidos diferentes entre sí cuando eran golpeados por el viento.

 El cielo ya estaba algo oscuro, pronto anochecería, el día se había pasado muy rápido descubriendo este mundo. Tendría que dormir de una buena vez si quería estar a lado de su padre en la misa de la lux primam, a la que siempre asistía todo el reino para luego dar inicio a la temporada de cacería. Siempre asistía a las misas a pesar de no poder oírlas, su prima Benedictia aprendió a hablar con señas junto a ella cuando eran niñas para poder jugar juntas, siempre habían sido muy unidas.

Al día siguiente, terminada la misa, y mientras los hombres de las diferentes familias se adentraban al bosque acompañados por sus hijos mayores y sus caballos, los músicos de la catedral empezaron a cantar el Te Deum que compuso Williermus; él mismo tocaba el clavicémbalo, dirigía la orquesta y también el coro, tenía el mérito absoluto de todo el concierto. Su trabajo le llenaba el corazón de orgullo, nunca se había entonado una pieza tan hermosa en el reino, la música parecía provenir del mismo paraíso, todo el trabajo que había costado construir los instrumentos especialmente para ese día, encontrar y capacitar a los músicos y convencer al mismísimo rey para que la catedral fuera lugar donde se estrene este maravilloso himno sacro había merecido cada una de las gotas de sudor que derramó.  

El rey quedó maravillado, pero no tanto como su hija, ella nunca había oído melodía alguna en su vida llena de silencio, y esta era la más sublime que sonó alguna vez en todo reino. Cuando la música empezó a salir de la catedral todo su ser se estremeció en un solo instante, empezó a caminar en línea recta con dirección hacia la música y mientras se acercaba su corazón empezó a palpitar como si diez mil palomas hubieran entrado en él, sintió como si le hicieran cosquillas con lana de oveja por debajo de la piel, como si ardiera por completo sin quemarse, como llegar al cielo y poder abrazarlo, era como si hubiera llenado de aire sus pulmones por primera vez.

Esa tarde, cuando el sol empezó a ponerse, se pudo a distinguir, entre la oquedad del bosque, las risas y las antorchas de los cazadores que comenzaban a llegar cargados de venados, liebres y faisanes, pero la felicidad de un gratificante día de caza se vio trancada con una interminable fila que salía del castillo, todos en silencio y con las cabezas bajas, esperando poder entrar para darle un sentido pésame al rey. Era tan bondadoso y generoso que nadie entendía por que había sido castigado con una desgracia como esta. Dentro se podía distinguir un gran féretro de cristal y a la princesa que parecía dormida en su interior, con su larga cabellera roja, suelta, como siempre se le veía cuando paseaba por el reino. Tenía entre las manos un pequeño cofre de oro y piedras preciosas que le había pertenecido a su madre antes de que ella naciera, y llevaba un largo vestido verde que cubría todo su cuerpo excepto sus manos y su rostro, que aún tenía dibujado en él una sincera sonrisa.

Justo en frente y por debajo del féretro estaba una figura encorvada, destruida, tumbada en su trono, llorando, gimiendo y recibiendo las condolencias de una fila que parecía no terminar nunca, no había nadie sujetando su anciana y cansada mano llena de anillos y cicatrices; el rey cargaba solo con toda esta desgracia. 

En medio de esta terrible situación, las partituras fueron guardadas en una caja de madera para ser quemadas junto a Williermus a la mañana siguiente, todo un reino lo acusaba de hechicero, de haber hecho pacto el mismo Belcebú para desgraciar a la familia real, pero cuando fueron a buscarlo a sus aposentos para llevarlo al calabozo no encontraron a nadie. Él había huido hacia la parte más profunda y oscura del bosque de los immania para ahorcarse en su abedul, el mismo que había sido el único confidente de tantos sentimientos encontrados a lo largo de su vida; no soportó haberle causado semejante malaventura al rey que lo ayudó tanto, y quitarle la vida a la única persona que él había amado de verdad.

Luego de que el rey falleciera a la mañana siguiente, una nueva casta real subió al poder, el reino pasó por años difíciles de escasees, hambruna y enfermedades, todo esto por la incapacidad de los nuevos gobernantes para dirigir el castillo y el reino, pero todos culparon al desaparecido Williermus por la desgracia que los azotaba. “Nos ha maldecido”, murmuraban algunos por las calles, “huyó hacia la cueva de los vespertilontes”, decían otros, algunos aseguraban haberlo visto convertirse en una cabra y huir entre la oscuridad de la noche y otros decían haber visto con sus propios ojos como se metía en una gran olla para desaparecer en medio una pócima maldita; nadie sabía en qué creer. Lo buscaron por todos los lugares en donde se le vio antes de desaparecer, quemaron su antigua casa con su anciana madre y sus dos perros dentro, y sus amigos fueron ahorcados en la plaza del castillo para luego ser arrojados en la gruta de los dampnas. La situación no mejoró hasta dentro de mucho, y Williermus nunca fue visto otra vez por el reino ni en ningún otro lugar. 

Ahí, en el bosque de los immania, colgado en su viejo abedul, su cuerpo sirvió de alimento para una familia de cuervos los días posteriores a lo acontecido, sus huesos cayeron al pie del árbol y se convirtieron en la madriguera de pequeños roedores. Con el tiempo no quedó nada de él, solo el rencoroso recuerdo de los pobladores hacia su persona. Recuerdo que se degeneraría a través del tiempo y entre los relatos de cada generación, hasta llegar a ser el personaje más terrible y despreciable de las historias y leyendas populares a lo largo y ancho del reino. 

 Williermus nunca se enteró, ni se hubiera enterado jamás, de que le dio a la mujer a la que amó el momento más intenso que jamás vivió sin siquiera hablarle alguna vez.

Cuento original de Rómulo Engycel.

Mi crimen no es quererte, tampoco lo es haberte matado y aún así desear verte, el verdadero crimen es que al buscarte inmortalizo el recuerdo, no hay nada más justo que la muerte.

Prosa original del usuario Le Salome.

Éxtasis

La cosa fue muy rara.

 Cuando me quise dar cuenta estaba paseando con mi novio, otro chico y una muchacha, por lo que parecía ser un parque de atracciones abandonado.

El lugar era ciertamente desapacible,  una vasta llanura únicamente delimitada por una espesa niebla que , junto con el gris del cielo, y unos cipreses secos repartidos al azar, dejaba un deje aterrador en el ambiente. ¿Qué pintaba yo ahí? ¿Y quiénes eran mis compañeros? Porque, obviamente mi novio sabía quién era, pero de los otros… ni idea.

Nos encontrábamos, aunque juntos, yo diría que más bien solos, parecíamos supervivientes en un planeta arrasado. Todo era muy incómodo, permanecían quietos, observando al vacío, cada uno a un lugar diferente. Ni se miraban entre ellos ni me miraban, y yo también rehuía sus ojos porque era desconcertante cómo a pesar de que estaban ahí delante de mí, parecía que no existía para ellos.

A través de la niebla, de forma muy tenue y borrosa se podía observar las ruinas de una antigua montaña rusa, o  pocas cabañas dispersas en unas estrechas, pero largas, aceras perpendiculares por todo el parque.

A pesar de que la escena pareciese implicar un frío y una humedad en el aire- cosa que tampoco niego- , en los pies tuve una sensación diferente, parecía que la tierra ardía, y cuando bajé la cabeza para comprobar lo que sucedía, no vi más que mis pies descalzos en una tierra oscura y mojada.

Tras haber comprobado que no llevaba calzado, me fijé además en el resto de la ropa y vi que llevaba un chándal gris sencillo que ni siquiera podría saber si era mío de verdad o no.

De nuevo miré hacia mi frente y lo único nuevo que vi, fue que de la extraña niebla salían hilos de humo negro, y sin planteármelo si quiera, me giré sobre mi misma y vi cómo una gran masa negra en el aire se esparcía entre mis brazos, mis manos y mis dedos y, rápidamente, desaparecía por completo. Estaba aterrorizada. El miedo me invadía y pretendía volver a repetir la misma acción, que probablemente se repetiría a su vez y formaría un bucle infinito, cuando escuché un ruido: mis compañeros se habían puesto en marcha.

Y en ese momento el espíritu malvado se esfumó, ya no había humo acosador. Incluso podría asegurar que el día aclaró algo y, desde luego, no me sentía cómoda del todo, pero no era algo tan exagerado como hacía unos minutos.

Así que, decidí seguir a mi novio y a sus nuevos amigos. Pero en el momento en que me puse detrás de la chica y di dos pasos, ésta se giró bruscamente, con los ojos abiertos como platos, acercando muchísimo su cara a la mía y con una sonrisa que, aunque bonita, me asustó bastante en ese momento. No me lo esperaba en absoluto. El pulso se me puso a mil, y di un brinco hacia atrás a la vez que se me desbocaba el corazón. Ella relajó rápidamente su rostro, y cambió su expresión a una cara dulce, de niña buena.

-Perdona.- Dijo ahora con tono triste. Parecía ser muy infantil. Volvió a sonreírme dulcemente.- ¿Te he asustado? No lo pretendía.

Se presentó, lo sé porque me acuerdo. De lo que no me acuerdo es de su nombre, porque en ese mismo instante empezó a arder mucho más fuerte el suelo, me agarró fuertemente de la mano y salimos corriendo detrás de los chicos.

A medida que avanzábamos, el tiempo parecía detenerse e ir más lento. Cada zancada que ella daba, dejaba botar sobre su espalda sus dos largas trenzas rubias y, por cada nuevo paso, tardaban más en subir y en caer. –Igual que en una película.- Me dije entonces.

Y, fue increíblemente desconcertante e incluso me entró pavor, pero en ese momento me di cuenta de que la niebla formaba un muro, y a pesar de a qué lentitud avanzaba, era imposible que me detuviese y estaba a punto de saltar al otro lado. De esa forma, tras mi novio, el chico, y la muchacha, crucé yo.

Lo de ahora sí que no me lo esperaba: aparecimos en lo que parecía ser un hueco al lado de unas escaleras, todo estaba cubierto por una chapa metálica, había muchísima luz y se oía fuerte música de fondo.  Ahora ya no tenía tanto miedo, era mucho mejor esa sala – que en un rato descubriría que se trataba de una discoteca-  que el siniestro lugar de antes.

Tuve una sensación extraña, como si un espectro a mi izquierda amenazase con acuchillarme con algo, pero como había pasado en la escena anterior, desapareció.

Ahora la chica, a mi derecha llevaba un vestido de fiesta amarillo, y su pelo suelto y agitado.  El chico ya no se movía como hipnotizado y me dirigió la vista una vez – no más porque no le interesaba- y mi novio, como de costumbre, me dio un beso para saludarme.

 La verdad es que a mí las discotecas no me gustan en exceso, pero entonces me sentía súper atractiva con el vestido azul ajustado que llevaba, mis tacones negros altísimos y mi pelo también suelto y posado en un hombro.

 Pero ese sentimiento de comodidad desapareció cuando con él se fueron todos, y se empezaba a llenar el local de gente que no conocía. Me giré, miré de un lado a otro y no los encontraba. Incluso me subí un escalón de la escalera, y luego dos, y tres… y en dos segundos estaba en la planta de arriba, tras esperar un rato volví a bajar y volví a donde estaba antes. Me giré una vez más y… allí estaban. La chica me preguntó que dónde me había metido y yo la hice la misma pregunta. Con tanto ruido y tanta gente fue imposible mantener una conversación muy larga.

Lo que recuerdo después de eso fue que se sacó del bolso, una bolsa transparente llena de pequeñas pastillas y me la entregó. “Disfruta” logré escuchar, y yo, agarré la bolsa, la abrí y saque una.

Eran muy pequeñas, pero en la bolsa había cientos de ellas, quizá pesase cien gramos o más, era una barbaridad de droga. Me hubiese planteado por qué había aceptado aquello, pero fue demasiado tarde.  Blanca, lisa y blanda, como una piedra arenisca, mordí una mitad y se disolvió casi al instante en mi saliva. Tragué. No tengo ni idea de cuánto tardan estas cosas en hacer efecto, pero sé que en cuanto me lo metí en la boca, mis ojos se nublaron y una luz blanca invadió el mundo que veía. Al principio duró más, era una luz intensa, opaca, que no me dejaba ver, y que se difuminaba poco a poco. Tres minutos. Y pasé de no ver, a verlo todo. Veía los colores con una viveza asombrosa, todo lo que se movía parecía hacerlo de una forma armoniosa y a su vez, rápido. Era genial, me sentía estupenda.

 Comencé a bailar al ritmo de una música que, a pesar de que no me gustaba nada, podía disfrutar. Todo gracias a esa porquería que me había metido.

Primero las conversaciones, los bailes y las dosis fueron suaves, después se volvieron salvajes y desmedidas; al contrario de mi responsabilidad, que por lo visto, se había volatizado.

A medida que echaba de menos el primer golpe de la sustancia en mi interior-la gran mancha blanca- me metía otra pastilla, y después de dos en dos. Pero el efecto cada vez duraba menos. Ahora “la gran luz”, solo duraba veinte segundos y el subidón de energía de la droga se agotaba a los pocos minutos.

 Y me pasé.

Por excederme.

 Por haberme metido en el cuerpo aquella sustancia que no era buena en absoluto.

Veía todo de mil colores, me había tomado unas dieciséis pastillitas, y la última dosis fue de cuatro seguidas.

 Me empecé a encontrar mal y busqué a mi chico entre la gente.

  Volví a subir por las escaleras verdes, azules moradas y amarillas, que parpadeaban bajo las luces de la discoteca y, por qué no, desaparecía cada segundo, así que cada paso que daba me sostenía en la nada y en el escalón a la vez.

La verdad es que no sé cómo bajé, si volando, porque me pareció tener alas, o resbalándome por la barandilla de la bajada.

 La cosa es que llegué, donde entramos en un principio, y él se giró y me vio.

 De repente la gente desapareció y la música cesó por completo.  Yo caí desplomada hacia un lado, y mi pareja me cogió al instante. A saber si estaba muerta. La verdad es que me esperaba cualquier cosa en ese instante.

Excepto que todo hubiera sido un sueño.

 

“Sueños”

 Andrea López Soto

28 de enero de 2014                 

La imaginación es un demonio persistente, el mundo sería en blanco y negro sin ella, viviríamos en un paraíso de militares, fundamentalistas y burócratas, donde la energía hoy invertida en la buena mesa y el buen amor se destinaría a otros fines, como matarnos unos a otros con mayor disciplina. Si nos alimentáramos sólo de frutos silvestres y copuláramos con inocencia de conejos, nos ahorraríamos mucha literatura.

Fragmento de Afrodita por Isabel Allende.

Descaradamente le miro las tetas, descaradamente me las muestra. Me conformo solo con verlas, verlas e imaginar al palurdo que se las goza.

Pido otro Black label en la barra y el tipo me lo da doble…For free y me conversa.

Creo que se me insinúa, siempre creo que se me insinúan y que quieren emborracharme, emborracharme para luego intentar romper mi virginal culo.

El cuarto black label hace estragos en mi estomago, que no ha tenido acción desde el almuerzo, un hambre soberbia se apodera de mi.

Mis bolas llenas esperan el llamado telefónico de esa morena que de cuando en vez, me invita a follar a su casa.

Pero no, esta noche no habrá morena, estoy borracho y borracho no es placentero follar.  Pido una hamburguesa de soya con lechuga y tomate y una mineral con gas. Voy al baño…

“Que es agradable volver del baño y encontrar tu pedido servido”

– Narración original por el usuario Psychofinger.

«Hola»

Estoy aquí, de nuevo, porque te extraño. Te extraño bonito porque te sonrío desde lejos.

Me hacen falta tus ondulaciones castañas y tu espalda suave, tu risa agradable y ojos amables.

Te extraño un poco en las canciones y otro mucho en los sueños. Te imagino en los libros y te pienso a momentos.

No tienes que saludarme, sólo espero que desde donde tú estás, sientas mis letras y quizás, sólo quizás, sonrías.

Prosa original de Entre letras y cafeína.

Nunca me he creído esa imagen típica de telenovelas y/o películas

Esa imagen del padre jubiloso y rebosante de alegría y orgullo caminando por el pasillo central de la iglesia, llevando del brazo a su hija, a su niñita. Que tanta sangre, sudor y lagrimas le costo criar, educar y hacer una persona de bien.

¿Me pregunto tanto esfuerzo para que?

¿Para entregársela a un patán, que la va a tratar como una puta en la cama, que la va llenar de bebes, y mas temprano que tarde la terminara tratando como su nana? Come on!

Cuando me invitan a algún matrimonio siempre me salto esa parte, todo me parece un gran falacia, llego directo a la fiesta, donde Dionisio hace y desase y uno, puede pecar en paz.

– Narración original de Psychofinger.

Con el alma encendida

Quiero adentrarme en lo más profundo de tu mirada,
hablarte de silencios que nunca entiendo.
Sentirme segura en tus labios tibios
Caminar descalza con el alma encendida.

Acercarme a tu pecho y llenarme de tu aliento.
Así que llévame a donde tú estés.
Prefiero ser consumida por tus labios
que arrastrada por mis pasos.

-Poesía original de Entre Letras y Cafeína.

Una chica aparece en Badoo, 23 años, casada, bisexual, le hace al swinger y a los tríos. Me dice que le gustan mis fotos y lo que expongo en mi perfil. Me manda un mensaje interno. Comenzamos a hablar. Me pregunta si soy gay, le digo que no. Que fome me dice, los guapos como tu siempre son heterosexuales. Le pregunto por que, no responde. La conversación se acaba, es de madrugada, no insisto.

Domingo a media tarde. la chica de los 23 aparece, me envía un nuevo mensaje.
-¿Como estas?
– Ocupado le digo.
– De cuando no tienes sexo
– Desde anoche (mentí).
-¿Te gustaría hacer un trió conmigo y mi marido?
-No estaría mal. Eso, si te lo hacemos entre los dos.
Responde que si, que es lo usual en esos casos, pero me dice
que en realidad, quiere salir de una duda.

– Mi marido hizo un trió con una pareja amiga mía, y mi amiga me dijo que su marido había penetrado al mío. me dice muy suelta de cuerpo, al otro lado del chat.

-¿Y cual es el problema?-

– Es que desde ese día comencé hacer una retrospectiva y me di cuenta de que mi marido tal vez sea gay. (Comencé de inmediato a escribir este relato) Me gustaría saber empíricamente, si mi marido es homosexual”- sentí su excitación y nerviosismo en la fría línea de internet.

-¿Y que gano yo con todo esto?
– Podrías hacerme lo que quieras.
– Para hacerle lo que quiera a una chica voy con putas, replique.
El marcador de letras titilo por varios minutos…
– Anda, dame una mano, dijo ella.

-¿Que es lo que quieres?
– Quiero que contactes a mi marido, que lo seduzcas, que te acuestes con el. Así tendré la certeza de que es gay y podre ser le infiel con motivos suficientes.
Su honestidad brutal me pareció estimulante.

-¿ Y separarte no seria lo apropiado cuando resuelvas tu duda?
-Es que estoy recién casada, tengo una niña de tres años, el me mantiene y me paga la carrera que estudio.
– Eres una zorra .
– Si, tal vez lo sea, pero no por mucho tiempo, tu no te metas en eso, tu solo estas para ayudarme y no para juzgarme.
-Anda, mi marido esta en la piscina con el teléfono a su lado, envíale un Wassap y dile que viste nuestro anuncio en internet, que estas interesado en tener un “trió con una pareja bi”.
Me envió el numero, lo agregue a mis contactos. Fui por hielo para mi piscola dominical.
– Hola
– Hola, ¿quien eres? dijo  el tipo.

(¡Contesto, contesto!… Dijo la chica excitada por el chat de Badoo, mientras, yo iniciaba el contacto por Wassap con su marido).

-Nada, vi el aviso en internet. Estoy interesado y dispuesto, le escribí
-Asi que viste el anuncio eh!… Tendriamos que conocernos tu y yo primero para saber si realmente eres bisexual, anda cada idiota diciendo que es bi y finalmente solo quiere follarse a mi mujer.

(¡Esta escribiendo, esta escribiendo!- replicaba ella… ¿Qué te dice?)

Le transcribi textual.

– Pero solo hay una forma en que tu sepas yo soy bi o no, y esa, es que tengas algo conmigo.
– Claro esa es la idea, si pasas la prueba conmigo te dejo probar a mi mujer… ¿Eres dotado?, ¿podrías mandarme una foto?.

Mientras mas hablaba con el tipo, mas se le notaba su homosexualidad.
A medida que le contaba a la chica, lo que hablaba con su marido, sus respuestas comenzaron a ser reemplazadas por emoticones de sorpresa, constantes.

– Sabes, esto me tiene muy cachonda… Anda juégatela, dile que se junten, me conformo con verte besándolo y luego de la escena que le voy a hacer, me iré contigo a donde quieras, para que me hagas lo que se te venga en gana, estoy dispuesta a todo, bien merecido se lo va a tener. Tipiaba a gran velocidad, dejando ver su ansiedad.

A esas alturas ya no me importaba si tenia sexo o no con ella, me excitaba la idea de estar entre dos desconocidos, uno por Baddo y uno por Wassap a solo metros de distancia, ambos sabiendo que hablaban conmigo, pero ninguno sabiendo que el otro también lo hacia.

– El martes a las 9 en la plaza Buenos Aires, le dije al tipo.
– No, es un lugar muy publico, prefiero un lugar mas intimo “Tu como gay, al igual que yo, deberías saber que lo nuestro es la intimidad”.

Le replico textuales las palabras a la chica. Ella tipio en mayúsculas un “Que”, seguido de varias “e” y muchos signos de exclamación, si hasta me pareció escuchar el grito en mi habitación, (como si hubiesen estado en el patio de mi casa). Al mismo tiempo, el tipo en Wassap me escribía “Espérame”.

Me imagine a la tipa furiosa tirando la Tablet al suelo y partiendo decidida a encarar a su marido, que metido en la piscina, estaba ofreciendo, un encuentro homosexual por wassap.

El titilar en la pantalla de mi vaio se hizo eterno.
La señal de Wassap entrante en mi Smartphone no volvió a sonar.
la bomba exploto lejos de mi y su fuerza expansiva no llego hasta aquí.

– Narración original de Psychofinger.