Todo lo que recuerda mi boca fue borrado de la memoria de otra boca…
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¿Y quién roe mis labios, despacito y a oscuras, desde
mis propios dientes?
Aun así, he de llegar contigo.
Aun así, has de resucitar conmigo entre los muertos.
Esta boca no canta.
Ancha boca sellada por el último beso, por el último adiós,
es una larga estría en un mármol de invierno.
Hemos hablado demasiado del silencio,
lo hemos condecorado lo mismo que a un vigía en el
arco final,
como si en él yaciera el esplendor después de la caída,
el triunfo del vocablo, con la lengua cortada.
Las muertes
He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará
la lluvia,
lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso de
la piel del lagarto,
inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz
de alguna lágrima;
arena sin pisadas en todas las memorias.
Son los muertos sin flores.
No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos.
Ningún trofeo heroico atestigua la gloria o el oprobio.
Sus vidas se cumplieron sin honor en la tierra,
mas su destino fue fulmíneo como un tajo;
porque no conocieron ni el sueño ni la paz en los
infames lechos vendidos por la dicha,
porque sólo acataron una ley más ardiente que la ávida
gota de salmuera.
Esa y no cualquier otra.
Esa y ninguna otra.
Por eso es que sus muertes son los exasperados rostros
de nuestra vida.
Por Olga Orozco.
