“¿Cuántas veces ha muerto?”
Escuché, de pronto, esa voz inquisidora en mis oídos… Fue como un relámpago que me despertaba de un letargo que hacía días había estado experimentando.
“¿Me escucha? ¿Cuántas veces ha muerto?”
No abrí los ojos, no pude hacerlo… Dejé salir un par de lágrimas, sólo eso… Un par que resbalaba por mis mejillas hasta morir en mi mentón. Temblaba. Sentía que el aire me faltaba… Me dolía el pecho y las entrañas, era tanto el dolor que, por un momento, pensé que era yo el mismo dolor encarnado. Me olvidé de mí; del hombre que estaba sentado en esa silla frente a esa voz masculina que me cuestionaba como si hubiese cometido un crimen. Me hundí en sollozos… No pude contenerlos. En realidad, no podía contenerme nada… El agua me desfloraba los sentidos. Quise apretar los puños, pero fue lo único que no pude hacer, tenía las manos amarradas y extendidas sobre la mesa… No entendía por qué.
“No voy a caer ante la trampa de su supuesto llanto. Es común que los incriminados muestren ese lado cuando están frente a mí, así que, sea sincero… Le va a ir mejor si coopera…”
Tomó aire después de decirme eso con una frialdad que me escaldó el alma. Honestamente, no sabía dónde me encontraba… Sentía un frío que calaba hasta los huesos, y el aroma que me rodeaba no era otro que el del humo de un cigarrillo a punto de apagarse. Tragué saliva con trémulo pesar, pues en realidad estaba siendo sincero al llorar. No entendía a qué se refería, ni siquiera podía hilar mis pensamientos… Parecía que había estado dormido y que, súbitamente, había sido vuelto a mis sentidos por una fuerza incomprensible que rayaba en la agonía… Era esa agonía la que me mantenía latiendo el corazón.
“Abra los ojos, tarde o temprano tendrá que ver mi rostro y espero le sea más fácil responderme la pregunta que le he hecho ya más de una vez, ¿quiere que lo haga una más?”
Solté el llanto… Lo solté… El agua era mucha… No podía detenerla… Se me escurría por la cara, por el cuello, por el pecho… Me empapaba… Me mojaba tanto que parecía que estaba bajo una nube tormentosa. Y seguía sin entender, sin comprender qué hacía en ese lugar, qué era ese lugar, de quién era esa voz. Bien pude haber abierto los ojos, y lo hice en su momento, pero no veía más que el agua fluir de ellos… Mis oídos… Oh, mis oídos… Sólo eran capaces de escuchar mis lamentos compungidos… Y el latido de mi corazón que se sumergía en un abismo de agitación, de una premura que sentía iba a ponerme al punto del colapso, pero no lo hacía… Era como si me tuviesen sedado los impulsos, sólo podía llorar… Llorar a mares… A llanto abierto.
La voz volvió a preguntar… Y esta vez fue peor que las anteriores. Mi cuerpo comenzó a llenarse de espasmos, pero no placenteros, sino dolorosos, agitados, desastrosos… Movimientos inconscientes que me hacían convulsionarme en el asiento. Ya no sólo lloraba, gemía de dolor mientras mis extremidades se blandían en un duelo con lo inentendible.
Grité… Si, ¡grité! ¡Me sumergí en un grito agudo que hizo a mis cuerdas desgarrarse!
“¡No sé! ¡No sé cuántas veces he muerto, no lo sé! ¡Deje de hacerme esa pregunta! ¡Me duele, me martiriza, me está matando! ¡Y si no he muerto, con esa pregunta me va a hacer morir!”
Sollocé con la voz hundida en ahogo y con el cuerpo tenso, trémulo, fuera de mí. La voz pareció sonreír maliciosamente…
“¡Tonto! ¡Ya estás muerto! Preguntarte sólo me ayudará a saber tu motivación para seguir respirando después de haber tocado la tumba… ¡Abre los ojos! ¡Mira en dónde estás! ¡No te de miedo a contemplar el último resquicio del mundo!”
Entre el agua que me seguía inundando, hice lo posible por ver lo que me rodeaba… Así, envuelto en agitación y una bruma que se desprendía de mí, pude ver… El corazón se me detuvo por unos segundos, los mismos que me provocaron nauseas y ardor en el estómago.
Estaba dentro de una habitación gris y oscura… sólo podía apreciar sombras a mi rededor; unas frías, gélidas y mudas. Fijé la mirada en el hombre que me cuestionaba y no pude verle la cara; yacía cubierto con una túnica negra desde los pies a la cabeza. Le recorrí la faz con la mirada agitada, me paseé por sus brazos hasta llegar a sus manos, que estaban firmemente colocadas sobre la mesa como las mías, pero había algo monstruosamente diferente en las suyas… Estaban desnudas de piel… Eran simples huesos sin músculo que se movían en espera de una pregunta; sus falanges la hacían de segundero de un reloj que sólo él podía sentir.
“Ahora, ¿me vas a responder? Podríamos quedarnos todo el tiempo del mundo aquí, pero… ¡Sorpresa! Aquí el tiempo sólo te hará desear desaparecer, tanto que suplicarás por no haber vuelto a despertar.”
El dolor continuaba haciendo mella en mi cuerpo, así como el agua naciendo de mis ojos y el ardor revolviéndose en mis entrañas. Sin embargo, me llené de fortaleza, miré mis manos que yacían sujetas a la mesa con las palmas abiertas y pregunté…
“¿Qué tienen mis manos que están amarradas?”
Él suspiró con cansancio y me respondió con una pesadez que se notaba exasperada…
“¿No ves lo obvio? Tus manos son las que te han traído aquí, son lo más sagrado que has tenido en todas las vidas que te has empeñado en tomar. Eres el ladrón más astuto que he conocido, tan es así que no quiero encarcelarte, pero no me darás opción si no me respondes la pregunta de manera honesta.”
¿Qué tenía que responder si no entendía la pregunta? No entendía nada. Duré mucho tiempo sollozando y convulsionándome, no hubo fin a ese tormento, mientras trataba de razonar esa pregunta con la poca mente que tenía y es que, ¿cómo poder pensar con el dolor lacerándome el alma?
Escuchaba a sus falanges golpetear en la mesa como fiel reloj al tiempo, al tanto que mi cabeza daba vueltas por todo lo que podía recordar… Si, recordaba ya, poco a poco, se me venían las imágenes de lo que había vivido. Momentos que, en un lapso de tiempo, fueron experimentados por mi esencia, mas no por mi materia… ¿A eso se refería al decirme ladrón? Pero, ¿cómo soy un ladrón si esas vidas que viví lo hice siendo Yo? Esta pregunta me martilleaba la sien. Como si hubiera adivinado mis pensamientos, él me respondió…
“Claro que fuiste Tú quien vivió esas vidas… Todas y cada una fueron concebidas por Ti, de eso no hay duda y no es lo que se está cuestionando aquí. Lo que me tiene aquí, frente a tu presencia, es el hecho de que has sido un ladrón de tiempos, además de vidas que no habían sido hechas para ti. Las tomaste porque amas la vida, según lo que he podido observar cuando has estado vivo. Amas tanto la vida que no te ha importado si la robas y dejas a otras almas vagando en las penumbras por tu terca ambición… ¿Qué tiene la vida que te hace robarla? ¿Qué? ¿Acaso no es dulce mi beso, mi caricia, mi sustento? ¿Acaso no hay felicidad en Mí? ¿Acaso soy tan triste para que no desees quedarte conmigo? Sabes que los que roban vidas son los primeros que van al paredón de los que no supieron aceptar su destino… Todos están hechos para no regresar y, sin embargo, hay obstinados como tú que roban la dicha de otras almas de nacer. Eres un alma muy vieja ya, demasiado… Dejarás a las recién nacidas vivir… Aprenderás a quedarte en tu lugar, así te tenga que encarcelar en la fuente del No retorno. Sabía que te iba a atrapar, tarde o temprano… Quizás también disfruté de verte desplegar las alas, pues volabas majestuosamente… Lo hacías… Tanto así que lloré de pesar y amargura cuando pasé mi haz por tu cabeza. No quería matarte… Lo juro, no quería… Pero, lo hice, y estás aquí… Frente a Mí, una vez más… Ahora, ¿vas a responderme? ¿Cuántas veces has muerto?”
Doliente y taciturno, respondí…
“Ya no lo recuerdo…”
Se echó a reír y el recinto se cimbró.
“¡Claro que no lo recuerdas! ¡Claro!”
Sus carcajadas vibraban en mis oídos como taladros que me hacían retorcerme, y el agua seguía naciendo de mis cuencas… El agua era lo único que quedaba de mí… De ése que había sido hasta ese instante frente a La Muerte y que, al final de todo, era Yo mismo. Lo supe cuando lo vi ponerse de pie, tenía esa soltura y esa gallardía que tantas veces me aplaudí frente al espejo… ¡Era Yo! ¿Cómo pude pasarlo desapercibido?
Se dio la media vuelta, se puso una vez más frente a mí, pero ahora de pie… Llevó sus manos echas hueso a la capucha que le cubría el rostro y, con la ligereza de un viento suave, se mostró…
Vacío… Eso era… Un vació que se le salía por las cuencas oscuras… Una vacuidad que comenzó a absorberme el aliento. Me contraje… Mi boca comenzó a abrirse mientras mi vientre se apretaba con violencia… Sabía que era mi fin… Lo sabía, y no puse resistencia, no la puse… Sentí el desprendimiento de mi alma, la sentí… La vomité… Y ahí… Ahí en sus cuencas oscuras y gélidas, sucumbí… Esa era la cárcel del No retorno… Ese era el calabozo de los obstinados… De los que no ceden a la muerte y yo… Yo yacía entrando en él sin poner trabas, sin llorar ya siquiera… No hice más que entregarme a mi destino… A la oscuridad eterna.
…