Letanía III

Ese pelo negro que aún arde sobre mis huesos…

A veces no puedo soportarlo.

Brillaba en esos ojos
aquél explosivo laberinto
del que aún no he encontrado la salida…

A veces no puedo soportarlo.

Aunque tenía demasiada muerte
colgando de la piel;
aunque de aquella relación
emanaba una luz tóxica
que volvía la pasión irrespirable…

A veces no puedo soportarlo.

Necesito volver a morder esos pezones
calcinados en azúcar,
cuyas grietas llenas de lava
destilaban acero esponjoso entre mis dientes.

Necesito pegar los trozos de su máscara
y creer que fue real.

Necesito volver a tener de ella
todo aquello que nunca tuve.

Pero no…
sé que es mejor así.

Porque no estuviste
cuando estabas;
y estuviste demasiado
cuando ya no estabas.

Así que no golpees más el ataúd,
que bastante me está costando cada día
echar un poco más de tierra
sobre el féretro.

No vas a salir;
no voy a dejarte suelta
para que me rondes por las noches;
para que te escondas de nuevo
debajo de mi cama
y asaltes mis sueños a traición.

Vete.

Profundo.

Lejos.

¡Cállate ya!

Poesía original de Eros Ignem.

Lo que somos vos y yo

Quiza lo nuestro sea una tregua que se da en tiempos de guerra, de lejanía, de ausencias. 

Una paz que se busca dentro pero que llega desde fuera, sin invitación, sin llamado previo, y que luego ya no puede ser dejada. 

O quizás sea una mano que te llama desde el otro lado, ahí donde nunca se ha estado antes, invitandote a saltar prometiendo atraparte y acunarte en sus brazos. 

Pero puede que sea más una voz viciosa que se espera oír antes de dormir, un somnífero no recetado que cada noche te duerme.

Prosa poética original de Sebastian Gonzalez.

Letanía II

Sí, yo también lo fui…

Fui feliz aquella tarde noche,
cuando la luz de la ciudad
sudaba bajo el peso del verano;
cuando las nubes empezaban a sangrar un ocaso
incendiado por el riesgo de tormenta.

Ahora lo veo tan vaporoso e irreal…

Ella y yo sentados en la puerta de un bar;
tan adolescentes, tan vitales, tan fuertes.
En mis ojos vibraba su rostro como nunca.
No puedo negar
que el alcohol cincelaba sus facciones
con pericia divina,
convirtiendo su belleza en una jodida bomba de flores.

Mirarla era como huntar mi piel de gasolina;
el placer viscoso de sentir la juventud
latiendo en mis cojones,
y mi polla, temblando nerviosa.

Es la última vez que rebosé inmortalidad;
la última vez que fui feliz.

Y me he dado cuenta
de que siempre busco una canción
que me haga oler de nuevo aquella tarde;
de que siempre busco en el aire
un calor que temple mi piel o mi pasión del mismo modo…

… de que siempre busco recuperar esa inocencia
que murió apaleada entre sus brazos.

Se ha ensuciado el color opaco y delicioso
con que veía yo las cosas…
porque era un negro sin negrura;
melancolía sin arrugas;
sombras que no tenían (casi) manchas.

Pero es ya un imposible…

20 años después, todavía
me pregunto qué ha pasado.

Al menos me ha servido para entender…

Ahora entiendo
que la entrada del Infierno
está en el Paraíso.

Poesía original de Eros Ignem.

Humo.

Quien fuese.

Eran bonitos sus labios,
con ese cigarrillo entre ellos , 
quien fuese ese cigarrillo , 
Quien fuese él.

Quien fuese el humo que se le escapaba calada tras calada ,
el que recorría por dentro de su cuerpo e infestaba sus pulmones negros .

Quien fuese el domador de su pelo , 
que nadie consiguió domar .

Quien fuese dueño de esa mirada perdida , 
De esos ojitos rojos pidiendo su dosis diaria de locura .

Estaba loca , 
Volvía loca a la gente , 
Revolucionaba corazones sin querer .

Te tocaba y sentías un escalofrío que te recorria toda la columna ,

Te abrazaba y sentías un oasis en el corazón ,

Te faltaba el aliento , cada vez que te suspiraba al oído.

Y sus susurros … 
De esos que erizan la piel ,
Dicen que son cantos de ángeles encerrados en el cuerpo del pecado .

Parece mentira que ,
Con solo una sonrisa echaba un maleficio , 
El tan forzoso vicio , 
De ser humo.

Quien fuese humo.

Poesía original de Cardio.

Uno, dos, tres

10guns:

La habitación tiene tintes violáceos. Los tintes violáceos corren con una gélida ventisca de una procedencia desconocida. La gélida ventisca corre de arriba a abajo. De lado a lado. La gélida ventisca crea remolinos de polvo. Entras a la habitación. Entras a la habitación y notas la mesa. La mesa y la silla. La silla y la mujer que está sentada. Te acercas a la mujer. Un paso, dos pasos, tres pasos. Te detienes. Notas el silencio. El silencio perturbador. El silencio perturbador te tapa los oídos. Estás sordo. Estás con la mujer. La mujer levanta la mirada. La mirada está vacía. El silencio te acompaña mientras caminas. Un paso, dos pasos, tres pasos. Estás frente a la mujer. Quieres hablar pero la sordera se llevó de la mano a las palabras. Las palabras y el miedo. Se fueron y quedó la mujer. Levantas la mano. Quieres tocar su cara. Su cara pálida. Su cara pálida con las venas saltando en la frente. Sus venas saltando se recorren hasta el borde de los párpados. Los párpados y los ojos vacíos. Los ojos y su mirada que sigue puesta en la tuya. La tocas. Tocas su mano y te detienes. Te detienes a sentir su piel. La textura de cera de la piel. Resbaladiza y dura. Dura y fría. La mortandad grita. La mortandad quiere escapar de la piel. Escuchas un murmullo. Un murmullo procedente de la mujer. La mujer te sonríe. Los dientes y sus aristas filosas se asoman. Se asoman y te invitan. Te invitan a evocar el recuerdo. El recuerdo de la habitación gélida, de la silla y la mujer. Uno, dos, tres. Le sonríes de vuelta. Te acercas a la mujer. Te acercas y abre los brazos. Te sientas en su regazo e inhalas. Inhalas el olor a putrefacción. Pútrido y caliente. La mujer emana calor. Te recargas en su pecho. Su pecho es blando y es caliente. La mujer sigue sonriendo. La mujer sonríe y empieza a cantar. Canta y tu las escuchas. La escuchas y es familiar. “Siempre quise saber como la muerte vendría, uno dos tres, bienvenida, uno dos tres, hija mía” La mujer repite el cántico. Lo repite y te percatas. Te percatas que tuyo es el calor. Lo blando es tuyo y el calor. El calor se desvanece y se presenta la verdadera textura. La textura fría y rugosa. Rugosa y escamosa. Escamosa y las estrías. Las estrías son moradas y la mortandad aúlla. Levantas la mirada y te encuentras con la suya. Te besa la mejilla. Te besa la mejilla y te sonríe. Le sonríes y le hablas. “Mamá, mamita, quiéreme, mamita veéme, mamita, mamá, háblame. Mamá suspira. Mamá suspira y te abraza. 

Mamá te abraza y empieza a gritar.

Prosa original de Raydena.

El dolor de tu adiós

Sé que tú me quieres,
siento tristeza en mi corazón
por el dolor de tu adiós.

Donde tú estés,si te llega mi voz,
al ponerse el sol me recordarás;
sigo estando en ti
aunque ya no estás.
Nuestro destino es volver a empezar.

Nada es igual sin ti,
ya todos mis días se visten de gris.

Donde tú estés,
si te llega mi voz,
al ponerse el sol me recordarás;
sigo estando en ti… como tú en mí.

Poesía original de Marcela Morelo.

Simulaciones volátiles

Una vez intente acercarme a mis miedos,
les hable de ti,
de tu sonrisa,

Ayer sentí que volaba
desperté y era el silencio
que deja alguien cuando se va de tu lado

hoy el vacío son viejas promesas
se disfraza la agonía y baja lento en mi rostro
En cada parpadeo siento dolor

Mañana sé que vendrás por tus pertenencias
espero esta vez
no olvides nada en mi maldito cuerpo

En unas semanas todo seguirá su rumbo
tu seguirás hundido en un estúpido recuerdo

Los ciclos tienden a repetirse
una y otra vez
es histórico.

Poesía original de Mónica Olivares.

Crónica de un regreso a casa sin ti.

miriamgris:

Hoy decidí ir al parque en vez de llegar primero a casa. Lo hice justo como todas las tardes de las últimas semanas, sólo que esta vez, sin ti.

El cielo estaba gris, la calle parecía  la de una ciudad fantasma, sin nadie alrededor.

Al llegar al parque, me senté en el columpio en el que siempre te sentabas. Algo en mi pecho se empezó a quebrar.

Hoy comprendí que esto de verdad se acabó, hoy acepté en verdad que esto ya no te importa.

Encendí un cigarro, el último en tu nombre, y rompimos en llanto el cielo y yo.

Decidiste dejar de quererme en mis peores días; siento que nada vale la pena, y ahora que te has ido, no sé cómo cambiar de idea.

Quise imaginarme que en una de esas, al voltear, estarías tú camino a encontrarme. Que me abrazarías con todo tu amor como lo hacía aquella pareja de enamorados que se refugiaba de la lluvia bajo un árbol a unos cuántos metros.

No importa cuánto lo hubiese deseado; yo sé muy bien que nuestros ojos no se volverán a cruzar jamás.

Las nubes grises comenzaron a llorar con más intensidad, terminé el cigarro y me dispuse a marcharme.

Mientras caminaba, empecé a sentirme sola. Verdaderamente sola…

Presioné mis brazos contra mí, ya no sabía qué hacer. La lluvia hacía mucho ruido cuando azotaba contra los techos de las casas, contra los coches. Casi podía escuchar el mismo golpeteo cuando caía sobre mi cuerpo, ahora vacío, tan vacío.

Continué caminando creyendo que en cualquier momento mis piernas dejarían de responder, y tendría que caer rendida ante tu lastimosa ausencia.

Pero lo logré, llegué a casa. Todo estaba en silencio, no había nadie ahí.

Una vez en mi habitación, me tumbé en mi cama y te invoqué en mi mente con más lágrimas aún.

Y ahora sólo puedo preguntarme si así es como será a partir de ahora, ¿así es como tendrán que ser los siguientes días?

Creo que podría soportar muchas otras cosas, pero no podría caminar a casa una vez más, sin ti.

– Miriam Gris

Prosa original de Miriam Gris.