Para ti

Te dedico a ti 

todo mi insomnio, 

las doscientas seis noches que pasé sin tu amor 

porque además las conté.

Te dedico 

para ti sola 

todos los carnavales que imaginé compartíamos 

y las tres mil ferias que protagonicé.

Tengo una flor 

alimentada por la luz de seis soles 

crecida en tierra de sinceras sonrisas 

y cuidada por la sombra de un anciano alcornoque. 

Riego esa planta en sueños 

y, aunque no esté a tu altura, 

es para ti.

Aquí me tienes, 

leyendo viejos mensajes 

y saboreando el metal del anillo que me regalaste, 

viendo dos semillas rojas 

oliendo la arcilla de las manos que las sostienen 

escuchando viejas canciones 

canciones que siempre odié de ti 

y sintiendo la textura del abrigo 

que alguna vez te presté. 

Poesía original de Rómulo Engycel.

Los Cisnes Confundidos

Tenía la manía de coleccionar todos los encendedores que prendían los casi 40 cigarrillos que fumaba diariamente desde hace 28 años cuando falleció su hijo, había intentado usar esos elegantes encendedores que se recargaban con bencina pero no le gustaba el sabor que dejaba en el tabaco así que pasaron a formar parte de su colección.

A él le gustaba hacer aritos de humo, no como la gente que fuma afuera en las ciudades, que lo hacen porque están bajo estrés, porque eso los calma; él fumaba para disfrutarlo, para disfrutarlo en su sangre, para disfrutarlo viendo el humo desde que salía de su boca hasta que se perdía en su viejo cuarto, para disfrutar el sabor, para sentir el olor del tabaco cuando lo botaba por la nariz, a él le gustaba escuchar como se consumía el cada cigarrillo en medio del silencio, su casa era muy silenciosa excepto cuando lo visitaba su nieta.

Ella quería mucho a su abuelo, llegar y abrazarlo fuerte,y sentir ese olor a tabaco pasado, esa sensación de humedad en la casa, el olor a madera vieja y el ambiente, a pesar de todo, muy fresco, le gustaba abrazarlo mucho, se sentía protegida, se sentía bien, se sentía como si abrazara a una nube; después de abrir los ojos, levantaba la mirada y le decía “Hola abuelo” este se agachaba y recibía un beso en la mejilla, un beso muy sincero. Él siempre se quitaba el sombrero para saludarla, nunca en su vida lo hizo con otra persona. 

Siempre que llegaba ella le pedía a su abuelo que saque su pipa, él la complacía, le colocaba un poco de tabaco y la prendía, entonces ella le pedía que haga como tren, y él tomaba una bocanada de humo y sin golpearlo lo soplaba por la pipa botando mucho humo por ella, luego, sin que se lo pidieran, el tomaba un poco de más de humo y lo botaba haciendo pequeños aros que su nieta deshacía metiendo su índice por en medio de cada uno.

El ambiente a pesar de estar lleno de cajas con cosas cubiertas de polvo y a pesar de que su casa era un cuarto pequeño en una quinta, ella, se divertía mucho ahí, su abuelo tenía una tabla de madera y una cajita de tizas, siempre sacaban una cada uno y dibujaban en la tabla juntos, hacían un montón de dibujos y cuando se gastaban las tizas salían juntos a comprar pan francés, a comprar cinco panes franceses y 100 gramos de jamón para regresar al cuarto de la quinta a comerlos maridados con una taza de café para él y un té con limón para ella, conversaban de las amigas y amigos que tenía en el colegio donde recién estaba empezando, le contaba que era muy grande y que tenían uniformes, le contaba que había mucha gente y que las profesoras eran muy buenas, también le contaba lo que hacía, le enseñaba a su abuelo las bocales y él le enseñaba el abecedario.

Él nunca había tratado bien a las mujeres, no porque sea malo si no porque tuvo un desamor muy trágico cuando joven y quedó resentido con la vida; pero ella, ella era diferente, tan pequeña, tan inocente, tan ajena al mundo que él conocía, hermosa como una princesa, con rulos negros y ojos cafés, pero que muy de cerca se veían algo verdes, piel blanca como el algodón y mejillas coloradas como los melocotones en Mayo. Él no lo sabía, pero estaba enamorado.

Ella volteó a mirarlo y le dio un abrazo, un abrazo muy fuerte, mirándolo fijamente a los ojos y apoyando su mentón contra la barriga de él, mientras él encogía la mirada para darse cuenta de cuál era la expresión de su nieta, aplastaba su mentón contra su pecho, entonces el la abrazaba justo y por detrás de los hombros, así se quedaban en silencio y rodeados por cuatrocientos veintiséis encendedores de colores colocados uno a lado del otro en pequeñas repisas. Se abrazaron muy fuerte y sincero, envueltos en el olor de un cuarto donde se fuma todo el tiempo cuando abres la ventana.

Cuento original de Rómulo Engycel.

El ciego que disfruta engañarse inventando lo que ve

Tal vez no eres quien yo creo que eres

tal vez no te conozco lo suficiente como para quererte como yo te quiero

pero mi romanticismo por ser un personaje digno y aceptado por mi prejuicioso ser 

un personaje caballeresco, comparable con el más Quijote de los Quijotes

necesita de una idealizada Dulcinea

una que, aunque no sepa si corresponde mi amor

yo piense que sí lo hace

y que yo pueda amar por sobre todas las cosas

que no importe quién sea para el resto

ni quién sea en realidad

porque para mi será la más hermosa, la más pequeña

y la más bella de entre todas las mujeres de las que me enamoré en novelas compuestas en sueños.

Y alegrará cada uno de mis días donde ella esté presente

y tendrá las manos dulces y delicadas como el azúcar

y su mirada será sobria, pero feliz

y alegrará cualquiera de mis días detestables

y lo hará sin pronunciar palabra alguna

y la soñaré despierto

y la pensaré inconsciente

y así se hará ubicua en mi complejo universo.

Discúlpame si soy muy torpe hablando

pero te quería explicar lo que eres para mi

y tal vez te ofenda 

porque te imagino sin conocerte

y eres, para mi, alguien que tal vez no eres en realidad

o no quieres ser

pero es inevitable que seas mi musa

y siéndolo me inspiras

y así como me inspiras me haces bien

y no quiero que dejes de hacerme bien

y así, como te espero en mi vida 

estás perfecta.

Poesía original por Rómulo Engycel.

CORRIDAS

Pensando que sería fácil poder mantener este juego,

Me aventé al ruedo sin capote…

Envalentonada me puse frente al oponente

Le brinde sonrisas, besos y caricias…

Solo sería un juego nadie saldría dañado

Era simple esquivar las cornadas que da el amor.

Primera corrida, segunda corrida

Que más diera un beso más o una caricia menos;

Lo que importaba era ver en los dos esa magia

Llamada complicidad, un juego prohibido

Aumentaba esa excitación, fácil es en esta vida

Esquivar el mítico peligro…

Al son de la música… no fue fácil esquivar

No fue fácil cuando a esos besos y caricias se le

Añadió un ingrediente demás. ¡Paren esta corrida!

Que finalmente estoy herida, paren la música

He recibido una cornada y mi alma muere malherida.

Poesía original por Resalova.

Ciclo narcosis

La nostalgia me envuelve desde el centro de mis huesos. Si volar fuera pecado, si volar fuera la muerte, hoy no tendría estas preocupaciones, pues contigo habría sucumbido de una y mil maneras. No me ataques con tu ensueño, no me mires de recuerdos. El otoño está conmigo pero quiero que sea solo un mal sueño, donde no es real pisar hojas que alguna vez estuvieron vivas, hojas que ahora están muertas y que pasan sin remordimientos bajo miles de zapatos. Así me siento sin tu abrazo, y puede que no esté despierto, puede que esté muerto, puede que ni siquiera esté en mi cuerpo, puede que estés a mi lado mientras te lloro un terrible sudor frío porque ya no estás conmigo, ¿lo estuviste? No puedo imaginar que te tenga, que te tuve, que fuimos nuestros. ¿Eres de verdad? Porque estás aquí siempre y aunque ya no se rocen nuestras sonrisas sigues sin marcharte pues te sueño de luna, de sol. Por eso es un mal sueño, por eso ahora despierto y estás aquí, lo sé porque escucho un ruido en el baño, te acomodas los cabellos y te arreglas para amarnos, nos abrazamos y besamos pero tengo mucho frío, lo sé porque es un sueño dentro de un sueño y ahora despierto para darme cuenta que en realidad llevo dos días muerto. Era la muerte, era pecado desde el primer momento que estuve a tu lado, una sonrisa se dibuja por mis labios porque entonces nos amamos, pero tristemente vuelvo a despertar para darme cuenta que la muerte sigue presente, pero esta vez es real pues la siento como mil dagas en el pecho, y me vuelvo a preguntar, me vuelvo a atormentar cada tarde que llora junto a mí ¿por que ya no estás conmigo?. Entonces me despierto, te despierto con un beso y  me doy cuenta que siempre serás un sueño para mí, que estamos y que debo disfrutar cada segundo que seamos porque no sé si mañana me aburras, te aburras, me odies o te odie. Por eso te quiero, por eso ya eres mi muerte, por eso espero que si alguna vez nos hacemos falta, recordemos que ya estábamos muertos y que podremos regresar a la vida hasta encontrar de nuevo, a la muerte de otro abrazo .

VII

Narración original por Barrococeleste.

Sin título II

Combinaba una caja de vino tinto con algunos cigarrillos de esos que son medio fuertes, pero no tan buenos; el tabaco obviamente malograba el vino, pero le agradaba ese sabor a malogrado. Vivía en un cuarto de una quinta y todo ahí olía polvo, humedad, óleos, lienzos, aceite de linaza, mezclado con tabaco y su aliento a alcohol.

Todos los días veía por entre las persianas, veía como ella regresaba de trabajar a las siete de la mañana con una bolsa de pan en la mano, también veía como regaba sus geranios a las tres de la tarde y como salía a trabajar pasada las 2 de la mañana, no le gustaba ver como llegaba con sus clientes, por lo general eran personas que le desagradaban, no sabía quienes eran, pero no le gustaba como se veían; era muy prejuicioso con la apariencia de la gente. Los domingos ella salía al mercado a comprar cosas para la semana, llegaba cargada de bolsas; él, a pesar de querer, nunca salió a ayudarla, no tenía la actitud que hubiese querido tener; tampoco sabía responderle los saludos y eso le hacía pensar en que ella pensaba que era él un maleducado y que no tenía interés en hablarle por su oficio, él estaba en lo correcto aunque nunca lo confirmó; eso lo llenaba de frustración y tristeza que ahogaba con más vino.

Los sábados salía a la puerta de la quinta a intentar vender sus lienzos sin éxito, hasta un sábado que le pidieron hacer un retrato. “Disculpe” le dijo aquel señor tan elegante, “siempre paso por acá y veo sus cuadros, me gusta mucho como pinta y me gustaría que me haga un retrato”, él, en contra de su voluntad, aceptó; acordaron una fecha y hora, llegado el momento fue a la casa del elegante señor a realizar su trabajo, no le gustaba pintar retratos, pero necesitaba conseguir dinero de alguna forma; a los pocos días, cuando finalizó el trabajo, el elegante señor quedó encantado, tanto que le dio un poco más de lo prometido y le invitó una copita de gin, uno que recién acababa de abrir; nuestro protagonista nunca había tomado gin y aunque le pareció olía igual que su desodorante la verdad es que le agradó bastante, el elegante señor, al notar esto, le regaló lo que quedaba de dicha botella, él la metió en su morral junto a sus óleos y sin decir gracias se retiró. Cuando llegó a su casa ya era algo de noche, se puso a curiosear la etiqueta del gin y pensando en ella ya eran casi la una, se tomó casi toda la botella y algo ebrio salió a la quinta y tocó la puerta de la prostituta de en frente, “¿Cuánto cobras? tengo dinero” gritó antes de que ella le abriera la puerta, ella salió, lo miró de arriba a abajo y después de indicarle su tarifa lo invitó a pasar, una vez dentro el empezó a acariciarla, oler su cabello, besarla, pero de una forma tan sincera que a ella se le agitó la respiración, a ella nunca se le agitaba la respiración, siempre fingía, pero esta vez sintió una efervescencia en el pecho y se dejó llevar hasta que las palomas empezaron a cantar en medio del color celeste ocre del amanecer, aún iluminadas por la luz ámbar de los postes de luz. Ella sufría del corazón, herencia de su alcohólico padre, y producto de esto sumado a tantas sensaciones que sentía por primera vez amaneció muerta. A raíz de esto él descubrió dos cosas principalmente: Que ella se llamaba Johana y que no tenía familia que quisiese hacerse cargo de su hermoso cuerpo sin vida.

Él se quedó sin inspiración, o mejor dicho: se le quitaron las ganas de pintar. Quemó su cuerpo en el horno del morgue, y disolvió las cenizas en tres vasos de vino, se los tomó entre sorbos con una copa de gin, el poco que le quedaba, cerraba los ojos y botaba el alcohol por la nariz pensando en ella, en cómo olía, en el sabor de sus labios, en cómo se sentía su piel, su cabello encima del rostro de él… en ese calor que creyó artificial. Cuando se acabó el vino y secó el poco de gin que le quedaba, cogió su magnum heredada de su padre con una daga mal amarrada en el la punta y apoyó el extremo de la daga en su corazón, se quedó en esa posición un rato, ocho minutos y cincuenta y seis segundos, luego devolvió el arma a la mesa, agarró su pluma y escribió en un papel que empujaba el viento y salpicaba la lluvia: “Sin mi hermosa musa no soy nada. Aunque me reconforta estar seguro de que ella está en el paraíso, no puedo vivir en esta tierra sin mi amada, me iré al infierno a ver si logro verla desde lo lejos como solía hacer.” y con el arma otra vez en el corazón, aplicó presión y jaló el gatillo, lloró dos chorros de sangre y estos emanaron un vapor en medio de la fría noche, este vapor se fue por la ventana y fue destruido por la lluvia, se perdió su esencia en una charca del pavimento allá afuera, con una rata ahogada junto a sus crías a lado de unos bellos y mojados botones de geranio.

Cuento original de Rómulo Engycel.

Sin título I

Sabía lo que era por lo que le dijo su tutora, pero sentir en carne propia un fenómeno tan increíble como este, tan fantástico, era algo que definitivamente no se esperaba; todo era tan hermoso, tan ajeno, no había forma de compararlo con algo vivido hasta ese momento, algo completamente imposible de describir con simples palabras.

Todo era muy estimulante de regreso a su hogar, todos los sonidos sin excepción, el del carruaje y los caballos pasando por el empedrado camino, el sonido de sus pequeños zapatos chocando contra el piso mientras bajaba del carro, la voz de su ya anciano padre recibiéndola en la entrada del castillo, el sonido del fuego haciendo crujir la madera en la chimenea, incluso los robles que llegaban hasta la ventana de su habitación hacían sonidos diferentes entre sí cuando eran golpeados por el viento.

 El cielo ya estaba algo oscuro, pronto anochecería, el día se había pasado muy rápido descubriendo este mundo. Tendría que dormir de una buena vez si quería estar a lado de su padre en la misa de la lux primam, a la que siempre asistía todo el reino para luego dar inicio a la temporada de cacería. Siempre asistía a las misas a pesar de no poder oírlas, su prima Benedictia aprendió a hablar con señas junto a ella cuando eran niñas para poder jugar juntas, siempre habían sido muy unidas.

Al día siguiente, terminada la misa, y mientras los hombres de las diferentes familias se adentraban al bosque acompañados por sus hijos mayores y sus caballos, los músicos de la catedral empezaron a cantar el Te Deum que compuso Williermus; él mismo tocaba el clavicémbalo, dirigía la orquesta y también el coro, tenía el mérito absoluto de todo el concierto. Su trabajo le llenaba el corazón de orgullo, nunca se había entonado una pieza tan hermosa en el reino, la música parecía provenir del mismo paraíso, todo el trabajo que había costado construir los instrumentos especialmente para ese día, encontrar y capacitar a los músicos y convencer al mismísimo rey para que la catedral fuera lugar donde se estrene este maravilloso himno sacro había merecido cada una de las gotas de sudor que derramó.  

El rey quedó maravillado, pero no tanto como su hija, ella nunca había oído melodía alguna en su vida llena de silencio, y esta era la más sublime que sonó alguna vez en todo reino. Cuando la música empezó a salir de la catedral todo su ser se estremeció en un solo instante, empezó a caminar en línea recta con dirección hacia la música y mientras se acercaba su corazón empezó a palpitar como si diez mil palomas hubieran entrado en él, sintió como si le hicieran cosquillas con lana de oveja por debajo de la piel, como si ardiera por completo sin quemarse, como llegar al cielo y poder abrazarlo, era como si hubiera llenado de aire sus pulmones por primera vez.

Esa tarde, cuando el sol empezó a ponerse, se pudo a distinguir, entre la oquedad del bosque, las risas y las antorchas de los cazadores que comenzaban a llegar cargados de venados, liebres y faisanes, pero la felicidad de un gratificante día de caza se vio trancada con una interminable fila que salía del castillo, todos en silencio y con las cabezas bajas, esperando poder entrar para darle un sentido pésame al rey. Era tan bondadoso y generoso que nadie entendía por que había sido castigado con una desgracia como esta. Dentro se podía distinguir un gran féretro de cristal y a la princesa que parecía dormida en su interior, con su larga cabellera roja, suelta, como siempre se le veía cuando paseaba por el reino. Tenía entre las manos un pequeño cofre de oro y piedras preciosas que le había pertenecido a su madre antes de que ella naciera, y llevaba un largo vestido verde que cubría todo su cuerpo excepto sus manos y su rostro, que aún tenía dibujado en él una sincera sonrisa.

Justo en frente y por debajo del féretro estaba una figura encorvada, destruida, tumbada en su trono, llorando, gimiendo y recibiendo las condolencias de una fila que parecía no terminar nunca, no había nadie sujetando su anciana y cansada mano llena de anillos y cicatrices; el rey cargaba solo con toda esta desgracia. 

En medio de esta terrible situación, las partituras fueron guardadas en una caja de madera para ser quemadas junto a Williermus a la mañana siguiente, todo un reino lo acusaba de hechicero, de haber hecho pacto el mismo Belcebú para desgraciar a la familia real, pero cuando fueron a buscarlo a sus aposentos para llevarlo al calabozo no encontraron a nadie. Él había huido hacia la parte más profunda y oscura del bosque de los immania para ahorcarse en su abedul, el mismo que había sido el único confidente de tantos sentimientos encontrados a lo largo de su vida; no soportó haberle causado semejante malaventura al rey que lo ayudó tanto, y quitarle la vida a la única persona que él había amado de verdad.

Luego de que el rey falleciera a la mañana siguiente, una nueva casta real subió al poder, el reino pasó por años difíciles de escasees, hambruna y enfermedades, todo esto por la incapacidad de los nuevos gobernantes para dirigir el castillo y el reino, pero todos culparon al desaparecido Williermus por la desgracia que los azotaba. “Nos ha maldecido”, murmuraban algunos por las calles, “huyó hacia la cueva de los vespertilontes”, decían otros, algunos aseguraban haberlo visto convertirse en una cabra y huir entre la oscuridad de la noche y otros decían haber visto con sus propios ojos como se metía en una gran olla para desaparecer en medio una pócima maldita; nadie sabía en qué creer. Lo buscaron por todos los lugares en donde se le vio antes de desaparecer, quemaron su antigua casa con su anciana madre y sus dos perros dentro, y sus amigos fueron ahorcados en la plaza del castillo para luego ser arrojados en la gruta de los dampnas. La situación no mejoró hasta dentro de mucho, y Williermus nunca fue visto otra vez por el reino ni en ningún otro lugar. 

Ahí, en el bosque de los immania, colgado en su viejo abedul, su cuerpo sirvió de alimento para una familia de cuervos los días posteriores a lo acontecido, sus huesos cayeron al pie del árbol y se convirtieron en la madriguera de pequeños roedores. Con el tiempo no quedó nada de él, solo el rencoroso recuerdo de los pobladores hacia su persona. Recuerdo que se degeneraría a través del tiempo y entre los relatos de cada generación, hasta llegar a ser el personaje más terrible y despreciable de las historias y leyendas populares a lo largo y ancho del reino. 

 Williermus nunca se enteró, ni se hubiera enterado jamás, de que le dio a la mujer a la que amó el momento más intenso que jamás vivió sin siquiera hablarle alguna vez.

Cuento original de Rómulo Engycel.

Mi crimen no es quererte, tampoco lo es haberte matado y aún así desear verte, el verdadero crimen es que al buscarte inmortalizo el recuerdo, no hay nada más justo que la muerte.

Prosa original del usuario Le Salome.