Ustedes los que adoran e idolatran el juicio de algún pulgar anónimo sin cara ni conciencia, no comprenden el peso de una letra plasmada.
Nosotros, los que nos masacramos y usamos nuestra sangre para dibujar con precisión los ángulos y aristas de cada letra, comprendemos la agonía del artista.
Ustedes, lanzando metáforas recicladas tras el escudo de la innovación y el ingenio espontáneo, están lejos de entender lo que supone escribir genuinamente:
Despojarse de ropa, piel y huesos para ver qué queda al final.
Qué saben ustedes de una esencia si se cobijan de autoengaño, si a sus pies apilan los cumplidos que resaltan cualidades que recién se fabricaron.
Nosotros, los que nunca llegamos a ser lo suficientemente buenos, comprendemos que no existen parámetros, pero sí autenticidad.
Ustedes, que idiotamente reconocen al arte por sus números, en ventas, en admiradores, en espectadores y publicaciones
son todo aquello que existe y no existe en el mundo, todo, menos arte.
Decirte que te amo es una historia
de mustias obviedades.
Sería preferible que leyeses
amores novedosos,
canciones que mitiguen por las noches
tus raptos de inocencia.