Entre lomas grises, el transbordo va mesiendo a los dormidos e inquetiando a los escritores…luces pronunciantes y ruidos de máquinas gastadas, el choque del viento con el metal móvil, toda una pasigua rutina sonora

…mezclandome con los dormidos, voy escuchando al ya ausente Cerati, mientras miro la luna roja…

(via michelnike93)

Prosa poética original de Michael.

Olía una flor

Olía una flor y pensé: “Qué marchitas están mis manos…”
Las miré, manchadas, teñidas de púrpura
Una grieta por cada lágrima
El tiempo suspendido que ensombreció todo
Dejé de mirar pero no cerré los ojos
Metí las manos en los bolsillos
Y quedó la flor flotando adelante
Como una visión en mi frente

“Mis brazos también son castigo
Nunca me abracé a mi mismo”

Inmovilicé mi cuerpo cinco segundos eones
Me inundé, si.
Me he inundado de flotar en un solo pie
Arranqué muchas flores para olerlas, pero nunca había observado
Que uno envejece cuando arranca una flor

Poesía original de Nicolás Hailand.

Lo que somos vos y yo

Quiza lo nuestro sea una tregua que se da en tiempos de guerra, de lejanía, de ausencias. 

Una paz que se busca dentro pero que llega desde fuera, sin invitación, sin llamado previo, y que luego ya no puede ser dejada. 

O quizás sea una mano que te llama desde el otro lado, ahí donde nunca se ha estado antes, invitandote a saltar prometiendo atraparte y acunarte en sus brazos. 

Pero puede que sea más una voz viciosa que se espera oír antes de dormir, un somnífero no recetado que cada noche te duerme.

Prosa poética original de Sebastian Gonzalez.

Crónica de un regreso a casa sin ti.

miriamgris:

Hoy decidí ir al parque en vez de llegar primero a casa. Lo hice justo como todas las tardes de las últimas semanas, sólo que esta vez, sin ti.

El cielo estaba gris, la calle parecía  la de una ciudad fantasma, sin nadie alrededor.

Al llegar al parque, me senté en el columpio en el que siempre te sentabas. Algo en mi pecho se empezó a quebrar.

Hoy comprendí que esto de verdad se acabó, hoy acepté en verdad que esto ya no te importa.

Encendí un cigarro, el último en tu nombre, y rompimos en llanto el cielo y yo.

Decidiste dejar de quererme en mis peores días; siento que nada vale la pena, y ahora que te has ido, no sé cómo cambiar de idea.

Quise imaginarme que en una de esas, al voltear, estarías tú camino a encontrarme. Que me abrazarías con todo tu amor como lo hacía aquella pareja de enamorados que se refugiaba de la lluvia bajo un árbol a unos cuántos metros.

No importa cuánto lo hubiese deseado; yo sé muy bien que nuestros ojos no se volverán a cruzar jamás.

Las nubes grises comenzaron a llorar con más intensidad, terminé el cigarro y me dispuse a marcharme.

Mientras caminaba, empecé a sentirme sola. Verdaderamente sola…

Presioné mis brazos contra mí, ya no sabía qué hacer. La lluvia hacía mucho ruido cuando azotaba contra los techos de las casas, contra los coches. Casi podía escuchar el mismo golpeteo cuando caía sobre mi cuerpo, ahora vacío, tan vacío.

Continué caminando creyendo que en cualquier momento mis piernas dejarían de responder, y tendría que caer rendida ante tu lastimosa ausencia.

Pero lo logré, llegué a casa. Todo estaba en silencio, no había nadie ahí.

Una vez en mi habitación, me tumbé en mi cama y te invoqué en mi mente con más lágrimas aún.

Y ahora sólo puedo preguntarme si así es como será a partir de ahora, ¿así es como tendrán que ser los siguientes días?

Creo que podría soportar muchas otras cosas, pero no podría caminar a casa una vez más, sin ti.

– Miriam Gris

Prosa original de Miriam Gris.

III

Nos creemos imparables en un mundo inamovible, donde el tiempo que vivimos marcha más rápido de lo que pedimos y donde los sentimientos a los que damos luz a menudo no son correspondidos.

El verdadero y único sentimiento capaz de corresponder y ser correspondido es el deseo, pues él y sólo él sabe de qué color viste el corazón y cuál es la causa por la que merece perderlo.

Prosa original de Joan F.

Llámame viento.

Siempre he visto a los globos como una metáfora. Imagínate que tienes un hilo en la mano y al otro extremo de él hay un globo atado. Pues bien, hay dos tipos de personas en la vida: las que dejan todo lo largo que es el hilo para que el globo flote con el viento, y luego están las que tienen al globo tan pegado a la mano para que no se vaya que no lo dejan flotar. Ahora imaginaos toda esta mierda pero en personas.

Gracias a dios aprendí y me libré de esas personas que se piensan que mi globo tiene hilo. No necesito que nadie me sujete mientras voy flotando por el azul del cielo. Por eso no me considero la mitad de nadie, sino algo entero.

Tengo la capacidad de regalarme yo misma todo lo que puede darme una persona, pero vosotros habéis derrochado más de lo que os podíais permitir y habéis jugado todas vuestras sonrisas y alegrías al hecho de necesitar a alguien con la esperanza de que algo nuevo llegara, mientras todo arde a vuestro alrededor. Cuando te sientes completo y llega alguien que te aporta algo, desborda todo tu interior, pero no lo vas acabar necesitando en tu vida. Se quede o se vaya. Y no lográis entenderlo.

Prosa original de Alba González, twitter, blog

Tormentas y tornados.

miriamgris:

Te lo he dicho mil veces, que el cielo y yo somos casi iguales… incomprensibles, llenos de nubes grises; tan estrellados; tan soleados;

tan lluviosos en el mes de Agosto…

El cielo y yo somos uno solo. A veces, también mis letras se nos juntan, y entonces, desatamos tormentas.

Pero ahora, mira bien lo que has provocado, el cielo y yo estamos por desatar un tornado.

Escucha los truenos advirtiendo lo peor. Dime si puedes sentir cómo el viento empieza a prevenirte, dime si puedes sentir cuando comience a azotar tu piel con toda su fuerza.

Esta vez no hay escape. No hay refugio. No hay nada. Porque has sido tan torpe, has sido tan tú mismo, que nos has pedido que desatemos todo lo que hemos guardado. Toda la malicia que me falta y toda la maldad que me sobra…

Encontré mis agallas mal puestas en algún cajón con telarañas, y encontré también todo el valor y la valentía que nunca tuve. Así que corre todo lo que puedas, huye y no mires atrás, porque no habrá más días de calma, no habrá más días de sol. A partir de hoy no habrá más estrellas para ti, ni luna que alumbre en tu abismo. 

Y llegó el momento, lo que tanto querías.

Ya quiero ver a qué te aferras cuando se te junten la tierra y el cielo. 

Ya quiero ver a quién te aferras, porque a partir de hoy, ya no te quiero. 

– Miriam Gris

Poesía original de Miriam Gris.

Alimentando a tus parásitos

cadaveres-literarios:

Manojos de arañas brotan de su piel. Ella estira, jala, abre poco a poco su pellejo, todo negro por dentro, todo vísceras, entrañas, arañas trepando por sus costillas, anidando en su estómago, carcomiendo con veneno poco a poco, lentamente pero seguro.

De su boca escapan ciempiés. Primero uno, dos, diez, setenta-y-cinco. Negros, cafés, todos corriendo al compás de sus alaridos, de sus sollozos sofocados por otro manojo de animalejos. Vómito y ciempiés, arañas y piel.

Cucarachas escapan de la piel despellejada que ella arranca con sus uñas. Sus uñan se despegan de la carne de sus dedos, estas caen empapadas de la sangre de las cucarachas.

Sus ojos son carcomidos por gusanos que anidan en sus cuencas. Caen lágrimas saladas bañadas en dentro de heridas abiertas: sal para las heridas. Arde, quema.

Los gusanos carcomen por dentro haciéndose espacio entre nervios y músculos hasta encontrar el cerebro. Espasmos, la vista ya no le funciona. Cae al piso, sofocada, entre vómito, sangre, lágrimas y animalejos.

Solloza entre dientes, entre el caminar de los ciempiés, un gemido incesante que ni el vómito logra detener. Un padre nuestro, dos Ave Marías, rosario en mano. No es creyente pero los animalejos y las sombras que rondan su habitación son suficiente razón para rezarle a la nada.

Estallan sus oídos, el tímpano revienta y un enjambre de avispas se hace espacio entre sus orejas. Un zumbido agobiante la ensordece y exaltan a los animalejos que la rodean. Estos comen más rápido, devoran como si fuera a acabarse pronto su banquete.

Sangre, arañas, ciempiés, cucarachas, gusanos y avispas. Piel, entrañas, salivas, uñas, lágrimas y un sonido punzante, agobiante, ensordecedor. Un escozor, el escozor que solo sienten aquellos que son carcomidos en vida por todo lo que esconden dentro.

Mientras tanto las sombras la asechan; se contorsionan en las paredes, cambian conforme pasa la noche, mientras ella evoca los horrores del pasado e intenta olvidarse de las apariciones, demonios sin rostro ni nombre, todos conjurados por ella misma.

Entre las sombras y demonios inventan un juego: quien logre atormentarla más gana su tridente en el infierno. Jalan sus cabellos las negras manos de las sombras, estiran sus largos dedos cadavéricos hacia su pecho, alcanzando el corazón infestado de animalejos. Ella lo siente palpitar, rápido, incesante, a punto de reventar, los bichos intentándose escapar. Se meten bajo la piel los demonios, sudor frío y el escozor cada vez más calcinante. 

Escalofríos recorren su piel mientras ella continúa sollozando.

El festín para parásitos, insectos, animalejos hambrientos de más carne se estremece. Ella se deshace, es masticada, escupida, digerida por todo aquello que ocultaba dentro de sí. Ni gritos, ni alaridos, ni lágrimas, ni los desesperados espasmos logran detener el incesante escozor y sus alaridos. Sus intentos de empujar hacia adentro son inútiles; ni sacudiéndoselos de la piel logra deshacerse de ellos. Esconder la basura bajo el tapete de su piel ya no funciona. Nada logra matar lo que esconde. Morirá primero ella, mañana a primera hora, comida por los insectos y arácnidos, parásitos que se alimentaran de su cuerpo.

Prosa original por Aileen Martínez Soto.