Lloro.
Me rompo.
Me quiebro en mil y un pedazos…
Mientras, el dolor desgarra, el dolor destruye… tú, y tus iniciales bien marcadas dentro de mí.
Mis ojos parecen derretirse y mis pómulos, se irritan por la dureza de mis manos desesperadas por secar tanta sal recorriendo mi piel.
La oscuridad de mi habitación me abraza, y a mí, débil, sin fuerzas, deja de importarme, y me resigno a sentir ese dolor en el pecho que tanto odio. Me entrego toda, y el dolor se adueña de mí.
Estoy sumergida, ahogada, las olas de tu mar me revuelcan una y otra vez, me golpean y me azotan. La arena raspa mis piernas y siento cómo tambalean y fracasan cuando intento ponerme de pie.
Entonces, siento el frío del suelo quemando en mis rodillas, en las palmas de mis manos, en todo mi cuerpo. Y ahí, tumbada, sin habla, sin nada, te recuerdo…
te quiero,
te aborrezco…
…y te vuelvo a querer.
Y pasan las horas como si fueran días y la puta madrugada ¡no se acaba! Y el sabor de mis letras es amargo, y va muy bien con mis lágrimas saladas…
Te odio y te amo con la misma fuerza de un tornado, y escribo esto con amor y rabia, para que quede plasmada la evidencia en un papel, que nadie te amará con tanto desdén y locura que yo. Que nadie jamás te amará con la misma intensidad… que yo.
— Miriam Gris
Poesía original de Miriam Gris.
