Reflexión Nocturna

Sólo quiere noche, nada más que noche; que nunca acaben esas horas armadas de silencio hasta los dientes. No desea sino esconderse en las cavernas de Internet, ignorándose a sí mismo, rebuscando entre películas y series de otro tiempo algún resquicio por el que dejar caer su mente y no pensar.

Cuando amanezca, el Sol será guillotinado de un golpe de persiana…

Su rostro se tensa, bajo una coraza de temor y odio, porque no soporta que el mundo se sacuda la noche de los hombros.

Trata entonces de dormir, pero le pica todo el cuerpo…

Respira el olor de la luz irritada y corrosiva que se cuela débilmente desde afuera. Escucha cómo nace la vida al otro lado del miedo, más allá de las paredes, enroscado a la miseria como si de un peluche se tratara.

Se siente incómodo dentro de sí mismo; los músculos sucios y untados de grasa, flácidos y sin fuerza, son un fétido y burlón reflejo de lo que fueron una vez.

En ellos se resumía gran parte de su orgullo…

A lo largo de su vida, los engranajes de su espalda no fueron los primeros en romperse, pero los mordiscos de dolor en su columna son los que le recuerdan que a su juventud ya le han puesto el punto final.

Hunde entonces su cabeza en la música, ya que no puede dormir, buscando algo de paz en esas canciones capaces de fundir la distancia entre los años… Esos discos en los que el pasado parpadea y le guiña un ojo, sonriente, para ver si entre la maraña de vidas que ha vivido, hay alguna en la que le quieran dar asilo momentáneo.

El recuerdo… ese campo de refugiados para cobardes.

Finalmente, despierta por la tarde, cuando ya no escucha demasiadas voces encaramarse a la ventana; cuando se desperezan de nuevo los abismos, y busca a ver si queda algún sueño vivo debajo de la almohada.

Prosa poética original de Eros Ignem.

Muerte paciente

La muerte me ha guardado un asiento todos estos años. No quise aceptarlo porque tenia el anhelo de que el tren se llenara antes de que yo llegara, que hubiera una falla técnica y se pospusiera, que algo me retrasara y el viaje comenzara sin mi, que los boletos se agotaran y tuviera que regresar otro día. En fin, un millón de opciones se me vinieron a la mente tratando de tapar la irremediable verdad, queriendo burlar al dios Destino. No me sorprendí tanto cuando vi el asiento vació, hasta llegue a pensar que tenia mi nombre grabado pero eso solo fue mi imaginación. Burdamente me senté y evadí los ojos de mi acompañante hasta que me fue imposible ignorarlos mas. Diría que fue como un destello pero este no fue instantáneo si no que fue lo bastante largo como para mostrarme todo lo que fui y lo que soy y lo que no seré. No estoy conforme pero irremediablemente el ser humano siempre quiere mas de lo que puede tener y me considero del montón. No digo mis ultimas palabras porque no me dan oportunidad de darlas, no digo adiós porque no quise voltear a la ventana, no digo nada, no hago nada. Acepto mi partida como si la hubiera ganado, como si la hubiera disfrutado mas los dos, los dos individuos que estamos sentados en la misma hilera, codo a codo, sabemos que no fue así. El tren no tuvo fallas técnicas, no se marcharon sin mi, llegue a tiempo y te apuesto que todavía quedaban boletos para otras 100 personas pues estábamos solas. Así comenzó a andar, sin preámbulos ni dudas, la muerte y yo emprendimos camino a algo desconocido para mi y habitual para ella. 

Por Gabriela M. García “Muerte paciente (relato corto)” {letras-y-otros-detalles}

Decidí ser un noctívago para no soñar mas y así terminar con la sed de ansiedad decidiste dejar. Creo que no te odio, ni te extraño, mucho menos te sigo amando…al fin creo no sentir nada. Te fuiste llevando contigo mi alma. Mujer déspota te llevaste a la mujer que mi corazón había robado. Decidí ser un noctívago que vagando estaría por un beso desechado. Siempre solo, con la luna como amiga, desdichado pero feliz, solamente por que no volverá a nadie ver partir. Solitario va el noctívago, cual sombra en la noche, perdida como gato sobre techos, hambriento de amor como vagabundo de comida, sin poder confiar en nadie, sin dolor…siendo feliz.

Prosa original por el usuario Worldoffabian.

Un Extraño

Hola querido extraño:  No recuerdo muy bien a donde llegaste la última vez, parecías un poco perdido cuando llegaste a mi puerta, con la cara llena de lluvia y un mapa viejo y desgastado, buscando los mejores lugares y siempre con la sonrisa perdida. Recuerdo las aventuras que me contabas para soñar despierta antes de que Morfeo me acogiera en sus brazos, siempre dormías a mi lado espantando mis fantasmas y huyendo de la realidad. Pasaron meses y por así decirlo años cuando decidiste aventurarte en mí; descubriendo cada parte de mi piel llena de constelaciones y futuras avalanchas de placer cuando me tocabas sin el más mínimo interés. Leíamos horas enteras Cortázar imaginando ser dos locos en París que buscaban su camino en una noche, nos hundíamos en la melancolía de Benedetti para amarnos a destiempo, jugábamos a ser locos cuando las mariposas amarillas de García Márquez invadían nuestra habitación, siempre jugando a ser los enamorados perfectos, buscando en las colillas de cigarro la sabiduría perdida que nunca llegaba. Recuerdo ser feliz a tu lado como lo son los niños en los parques, en esos días de verano donde el viento golpea tu cara y se llenan las rodillas de heridas. Recuerdo como conquistabas mi habitación con largas horas de besos y pasión, uniendo nuestras almas al ritmo de la vida, carentes de preguntas y respuestas. Emprendiste nuevos viajes,nuevas aventuras a otros lugares, prometiendo una postal en cada lugar donde dejabas un pedacito de ti, algo de mi que se quería ir contigo. Recuerdo tu cara y tu cabello despeinado,siempre lleno de gracia y encanto para perder en él. Hoy llevo miles de postales, no puedo recordar lo bien que se sentía sentirte, abrazarte cuando volvían los fantasmas, no sé donde andan mis versos y mis canciones. Ahora vuelves…Y tal vez ahora ya no serás un extraño.

 Narración original por Daniela A.

Qué hacer cuando la mente se confunde,llena de secretos e intimidades. Qué hacer si al momento de hablar con él te limitas a grandes preguntas. Qué haré con él, mientras contempla mi nariz llena de gotas de sudor. Su mirada provoca que me sonroje sin razón. Lo odio y no entiendo su forma de caminar, hace que mi estómago me cause ganas de vomitar. Su labios definidos causan en los míos el deseo de besarlos,¿podré contenerme estando junto a él un último día de vista?

Prosa poética original del usuario Took on.

(…) Tengo una rutina que hemos aprendido a amar: cada vez que estamos allí arriba, le pregunto que siente esta vez. Él enfoca libremente cuanto pueda llamar su atención, sonríe. Mantiene silencio.

Es una manera de entender a quién tengo enfrente, no por lo que dice, ¡Jamás por lo que dice!, sino por como se devela esa maravilla de mundo interior que podría poseer. No conozco a la gente por como se relaciona con los demás; distingo un juego de lo serio y su necesidad de soledad, de hermetismo siempre me mostró que había alguien allí que valía la pena descubrir. 

Él concretaba una y otra vez frases nerviosas. Nuevas cada día; a veces eran apreciaciones profundas que necesitábamos desentrañar, otras cosas sencillas que no pasaban de la risa del momento. 

Un día decidí no hacerlo, pero él detuvo el paso como venía siendo costumbre. Volteó y pudo comprobar que yo había seguido directo a la cabina donde comenzaba nuestro trabajo. En lugar de descolocarse, se tomó todo el tiempo…. todo el tiempo que en cada ocasión solía tomarse.

Ni él ni yo dijimos algo al respecto. Llegó el cierre y conduje hasta el hotel como de costumbre para dejarlo. Entonces me entregó una nota:

“Cada vez que me haces mirar toda esa caótica maravilla es un eco tuyo el que me despierta, hay un gran pozo debajo. Uno de cosas que nunca llegaré a entender.. siquiera a conocer. Solía pasarme la vida intentando ser resolutivo al respecto: eso de mirar con detalle las cosas, apreciarlas; te gustaría que en esta parte dijera que me lo has enseñado, pero eso no es cierto. No lo he aprendido ni lo aprenderé. Y allí es donde radica la fastuosidad de esta simbiosis, amor mío, aunque en principio pienses lo contrario: puedo verlo porque estás aquí. Puedo ser un espectador porque me incentivas a detenerme en lo que habitualmente solo me llevaba a continuar a paso rápido cualquier camino. Y eso me hace feliz. Consecuentemente eso me hace sentir a gusto y deriva en adorarte como no pensé adorar a nadie antes.

Si un día esto acaba, volveré a ver el pozo infinito debajo y cada día me costará más iluminarme de esos detalles que solía contemplar cuando la cima era justamente eso: la cima del mundo en una sumatoria de cientos de cosas que lo hacían tal porque tú estabas aquí. Terminará por diluirse el talento, pero no el recuerdo del ingenioso modo en que germinó hasta alcanzarme.

Es justo y lapidario, tangible y a la vez no: la necesidad de no estar solos tiene un propósito poético, metafórico y mortal. Me haces potencia, mejoras este lienzo. Llenarme de tus atributos es suficiente razón y, perderlos… por Dios, perderlos será perder esta versión que estoy amando con una pasión incuantificable en cada nueva palabra.

No permitas que deje de verme en cada mañana. Sigue esculpiéndome. Amo la manera en que perfeccionas mis aristas.”

Prosa original de Palabras infértiles.

(…) Solemos desconocer el alcance de las despedidas. Solo las dimensionamos maximizadas en la experiencia; cuando se viven no son más que un hecho incierto, de esos que en el fondo no nos creemos suficientemente a menos que se trate de la muerte. Solo el paso de los días, de los meses, de los años, pueden revelarnos la magnitud de un adiós. Abandoné Monte Sur el veinticuatro de noviembre, esperando muy en el fondo de mi que Marco hiciera algo por detenerme. La despedida fue para siempre. Luego de aquél atardecer, diez días antes de mi partida de la isla contando hasta este preciso momento, ya lo entiendo con el peso que amerita: nunca más volví a saber de él.

Prosa poética original de Palabras infértiles.

¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco esperaría
con las luces encendidas?

Fragmento de El despertar en el libro Las aventuras perdidas (1958) por Alejandra Pizarnik.

…y yo me cubro, yo me envuelvo, me mezo en mi nostalgia preferida, me abrazo a la almohada y lloro, me avergüenzo de mi edad (la de mis papeles) y no comprendo por qué, tan de repente, ya no soy una niña.

Fragmento de En la calle por Alejandra Pizarnik.