…y hasta llegaron a sospechar que el amor podía ser un sentimiento más reposado y profundo que la felicidad desaforada pero momentánea de sus noches secretas.

Fragmento del capítulo II de Cien años de soledad por Gabriel García Márquez.

Alimentando a tus parásitos

cadaveres-literarios:

Manojos de arañas brotan de su piel. Ella estira, jala, abre poco a poco su pellejo, todo negro por dentro, todo vísceras, entrañas, arañas trepando por sus costillas, anidando en su estómago, carcomiendo con veneno poco a poco, lentamente pero seguro.

De su boca escapan ciempiés. Primero uno, dos, diez, setenta-y-cinco. Negros, cafés, todos corriendo al compás de sus alaridos, de sus sollozos sofocados por otro manojo de animalejos. Vómito y ciempiés, arañas y piel.

Cucarachas escapan de la piel despellejada que ella arranca con sus uñas. Sus uñan se despegan de la carne de sus dedos, estas caen empapadas de la sangre de las cucarachas.

Sus ojos son carcomidos por gusanos que anidan en sus cuencas. Caen lágrimas saladas bañadas en dentro de heridas abiertas: sal para las heridas. Arde, quema.

Los gusanos carcomen por dentro haciéndose espacio entre nervios y músculos hasta encontrar el cerebro. Espasmos, la vista ya no le funciona. Cae al piso, sofocada, entre vómito, sangre, lágrimas y animalejos.

Solloza entre dientes, entre el caminar de los ciempiés, un gemido incesante que ni el vómito logra detener. Un padre nuestro, dos Ave Marías, rosario en mano. No es creyente pero los animalejos y las sombras que rondan su habitación son suficiente razón para rezarle a la nada.

Estallan sus oídos, el tímpano revienta y un enjambre de avispas se hace espacio entre sus orejas. Un zumbido agobiante la ensordece y exaltan a los animalejos que la rodean. Estos comen más rápido, devoran como si fuera a acabarse pronto su banquete.

Sangre, arañas, ciempiés, cucarachas, gusanos y avispas. Piel, entrañas, salivas, uñas, lágrimas y un sonido punzante, agobiante, ensordecedor. Un escozor, el escozor que solo sienten aquellos que son carcomidos en vida por todo lo que esconden dentro.

Mientras tanto las sombras la asechan; se contorsionan en las paredes, cambian conforme pasa la noche, mientras ella evoca los horrores del pasado e intenta olvidarse de las apariciones, demonios sin rostro ni nombre, todos conjurados por ella misma.

Entre las sombras y demonios inventan un juego: quien logre atormentarla más gana su tridente en el infierno. Jalan sus cabellos las negras manos de las sombras, estiran sus largos dedos cadavéricos hacia su pecho, alcanzando el corazón infestado de animalejos. Ella lo siente palpitar, rápido, incesante, a punto de reventar, los bichos intentándose escapar. Se meten bajo la piel los demonios, sudor frío y el escozor cada vez más calcinante. 

Escalofríos recorren su piel mientras ella continúa sollozando.

El festín para parásitos, insectos, animalejos hambrientos de más carne se estremece. Ella se deshace, es masticada, escupida, digerida por todo aquello que ocultaba dentro de sí. Ni gritos, ni alaridos, ni lágrimas, ni los desesperados espasmos logran detener el incesante escozor y sus alaridos. Sus intentos de empujar hacia adentro son inútiles; ni sacudiéndoselos de la piel logra deshacerse de ellos. Esconder la basura bajo el tapete de su piel ya no funciona. Nada logra matar lo que esconde. Morirá primero ella, mañana a primera hora, comida por los insectos y arácnidos, parásitos que se alimentaran de su cuerpo.

Prosa original por Aileen Martínez Soto.

Era una noche densa, sin estrellas, pero la oscuridad estaba impregnada por un aire nuevo y limpio.

Fragmento del capítulo I de 100 años de soledad por Gabriel García Márquez.

…la muerte lo seguía a todas partes, husmeándole los pantalones, pero sin decidirse a darle el zarpazo final.

Fragmento del capítulo I de 100 años de soledad por Gabriel García Márquez.

Carne

cadaveres-literarios:

Debajo de mi piel escondo secretos, flores secas que brotan por mis poros y mis venas. Mi cuerpo se cuartea ante mi sequedad e indiferencia. Soy polvo, no alimento ni a estas pobres raíces muertas.

Soy palabras e ideas navegando un pedazo de carne, pensamientos enjaulados por órganos que se pudren con el paso del tiempo.

Si quiera muerta fertilizaría estas flores marchitas.

Ya no soy. Ya no estoy. Pienso y sobre-existo, híper-consciente del espacio que ocupo, de las capas de carne bajo las que me escondo. Deformidad, un pedazo de sangre, huesos, nervios y ansiedad aprisionados por esta piel marchita.

Quiero escapar, deshabitar estas paredes que me confinan al ahora y al mañana pero las uñas no alcanzan a desgarrarme la piel y crece esa aprehensión que me hincha los pulmones y acelera al motor de esta máquina cubierta en piel.

¿Qué son estos dos pedazos de carne y grasa que cuelgan de mi caja torácica? ¿Cuántos pliegues de carne esconden la parte donde mi exterior conecta con lo interno?

Cambio lo que puedo para aquietar esas ganas que tengo de destruirme, modifico bajo poco presupuesto lo que en vida jamás lograré destrozar. Ni siquiera mis palabras ni ideas podrán escapar del deterioro de esta prisión.

El verbo ser y estar poseen horrores sin rostro. Existo y ya no soy. Soy carne y huesos, un recipiente para las ideas, mi lengua un traductor para palabras que me trago junto con tanta saliva y fluidos.

El verbo ser y estar me desfiguran: mujer u hombre, todo o nada. No existe intermedio, no existe nada fuera de este binario, no hay palabra que describa la asfixia de estar encerrada bajo tanta piel y carne. Soy, estoy, mi cuerpo existe pero desvarío al percatarme de su existencia. ¿Qué soy si no estas ideas? ¿En dónde estoy si no en mis palabras? ¿Por qué me aprisionan pliegues tras pliegues de lo que jamás seré?

Mi nombre se convierte en el eco de mis gritos angustiados que no logran escapar de mis labios.

“Eres, existes” pero no soy, no aquí, no así, no en esta carne y estos huesos, no en esta carne o con esta sangre, no mientras sea entre estos barrotes que aborrezco.

Soy. Existo. Agonizo. Ya no logro escuchar mis gritos de terror ante lo interminable de mi prisión. Araño, escarbo, busco una salida; como coyote atrapado, intento amputar lo que me aprisiona ¿pero cómo destruyo el todo sin destruirme por completo?

Hay sangre, carne y mugre entre mis uñas, pedazos del ser que no logro destruir. Me rindo. Me ha engullido ya este monstruo de carne. Ya no soy. Ya no estoy.

Prosa poética original de Aileen Martínez Soto.

Había tanto que quería decirle pero todo lo que no fuese agarrarla de la mano y huir juntos dejando todo atrás serìa un eufemismo, sin embargo todo lo que me atrevo a hacer es lo mismo que hacia en aquel entonces, dejar que la tinta fluya por el papel como la sangre corre por mis venas y tratar de comprender por que, como y cuando te volviste dueña de mis pensamientos. 

Eres mi musa, el monstruo al final del libro, la brisa que arrastra la hojarasca y que parece decir dios te ama.

Eres pérdida y reencuentro y yo sigo aquí. 

Tratando de entender a través de mi prosa como haré para olvidarte. 

Y si acaso quiero hacerlo. 

Prosa original de DV.  

Carta para Jorge

miriamgris:

Querido Jorge:
Quiero contarte que estoy asustada, la noche se acerca y temo sentirme indefensa. Temo que me inunden tus recuerdos, ya sabes que no sé nadar.
Quisiera escribirte muchos poemas para que te dieras cuenta de todo lo que siento por ti, para que no pienses que me marcho porque se me ha agotado el amor, para que no pienses que tus ojos dejaron de encantarme… pero no puedo. Debes saber que al irte, mis palabras se fueron contigo. No es la primera vez que te vas, que me voy, que nos vamos… pero nunca te habías llevado mis ganas y mis letras, y ahora será más difícil sobrellevar el tiempo sin ti.
Esta noche, cuando empiece a salir la luna, me acordaré de ti, y me dolerá nuestra última conversación archivada en mi cabeza, me dolerá la última sonrisa que guardé en mi pecho, y me dolerá ese último beso, que bien habría podido guardar, si te lo hubiera dado.
Querido Jorge, mañana al medio día me vas a hacer más falta, cuando empiece el bombardeo de preguntas para saber en dónde estás y por qué no has venido a verme, y sentiré poco a poco cómo se me desgarra el corazón cuando cuente la verdad, cuando tenga que decir en voz alta que esto se ha terminado.
Para el domingo me verás en fotos del viernes o el sábado, sonriendo, bailando, haciendo todo aquello que solía hacer antes de conocerte, pero debo advertirte, que ni siquiera para el lunes habrán cambiado las cosas en mi interior. Ni para martes, ni para jueves, ni para agosto, quizás ni para el otoño esto ya haya sanado. Quizás en invierno, sigas aquí..
Querido Jorge, las horas avanzan y yo me siento incapaz de dejar de mirar tus fotografías, de imaginarme tus ojos mirándome, de imaginarte a ti dándome ese beso en la frente que me reconforta. No importa cuánto duela, soy y creo que seré incapaz de borrarte, jamás en la vida, Jorge, voy a poder sacarte de aquí.
He preparado una taza de café y me he puesto a escribir esta carta, no sólo para decirte adiós, sino también para decirte que me hará falta tu color en mis días. Y es que, ¿con quién se supone ahora que viviré mis aventuras? ¿a quién le tomaré la mano para enfrentar al mundo cuando quiera aplastarme? No podré reemplazarte jamás.
Y ahora, Jorge, creo que debo llegar al final de esta carta, pidiéndote que no me olvides jamás. Recuerda todas nuestras risas y bobadas, y que siempre estaré para ti.
Haz todo lo que te haga feliz, pero no me olvides, nunca me olvides.

Con cariño, Miriam Gris.

Prosa original por Miriam Gris.