Intensidad

miriamgris:

Lloro.

Me rompo.

Me quiebro en mil y un pedazos…

Mientras, el dolor desgarra, el dolor destruye… tú, y tus iniciales bien marcadas dentro de mí.

Mis ojos parecen derretirse y mis pómulos, se irritan por la dureza de mis manos desesperadas por secar tanta sal recorriendo mi piel.

La oscuridad de mi habitación me abraza, y  a mí, débil, sin fuerzas, deja de importarme, y me resigno a sentir ese dolor en el pecho que tanto odio. Me entrego toda, y el dolor se adueña de mí.

Estoy sumergida, ahogada, las olas de tu mar me revuelcan una y otra vez, me golpean y me azotan. La arena raspa mis piernas y siento cómo tambalean y fracasan cuando intento ponerme de pie.

Entonces, siento el frío del suelo quemando en mis rodillas, en las palmas de mis manos, en todo mi cuerpo. Y ahí, tumbada, sin habla, sin nada, te recuerdo…

te quiero,

te aborrezco…

…y te vuelvo a querer.

Y pasan las horas como si fueran días y la puta madrugada ¡no se acaba! Y el sabor de mis letras es amargo, y va muy bien con mis lágrimas saladas…

Te odio y te amo con la misma fuerza de un tornado, y escribo esto con amor y rabia, para que quede plasmada la evidencia en un papel, que nadie te amará con tanto desdén y locura que yo. Que nadie jamás te amará con la misma intensidad… que yo.

— Miriam Gris

Poesía original de Miriam Gris.

miriamgris:

¿Escribir?

¿Para qué?

¿De qué?…

… ¿A quién?

¿Escribir para desahogarme, o para que de alguna forma tengas una mínima idea de cómo me siento? Ninguna es una opción. La morfina de mis letras dejó de hacer efecto, y de todas formas, sé que no me leerás más.

¿Escribir de qué?, ¿de lo que siento cuando te miro?, ni siquiera lo puedo describir. ¿De todas las veces que te pienso en todo el día? Ni siquiera puedo contarlas. ¿Del nudo constante que siento en mi garganta con cada hora que pasa?, ¿para qué?, ni así entenderías nada…

Podría escribir cientos de versos hablando de tus manos; de tu voz; de tu aroma. De las mariposas en mi hipotálamo revoloteando a mil por hora por ti.

Podría escribirte de la rara sensación que siente mi nariz cada vez que mis ojos quieren empezar a lagrimear a causa tuya, pero se hacen los fuertes, los valientes, y se contienen.

Podría escribirte de cómo siento que muere mi corazón día  tras día por ti, y luego llegas, lo reanimas, lo reparas, y lo vuelves a quebrar para volverte a ir.

Podría escribirte de tantas cosas…

Pero, ¿a quién puedo escribirle? O mejor dicho, ¿para quién DEBO escribir?

Porque si hablamos de “poder”, podría escribirle a miles de cosas.

Al tiempo y al destino, por ejemplo, les escribiría muchas cartas, pero no de amor, sino todo lo contrario; les diría lo mucho que los odio y que me joden la existencia.

A tus ojos les escribiría uno que otro poema, los compararía con las estrellas que miro en mi techo al apagar la luz y recostarme en mi cama, ahí, donde invade el silencio y algunas veces la melancolía.

Podría escribirte a ti. Simplemente a ti.

Pero hablando de “deber”, me quedo sin una respuesta. No tengo idea de qué responder, no encuentro ninguna opción, ninguna posibilidad, no encuentro ningún nombre en mi cabeza; ni siquiera el tuyo.

Y es que entre “poder” y “deber”, hay una gran diferencia.

Pienso que no debería escribirte nunca más. Tú no entiendes mis poemas, ni mi sentir, ni absolutamente nada de lo que hay en mi cabeza. No entiendes ni una sola de mis lágrimas, ni de mis caricias; ni siquiera una sola de mis miradas.

Pienso que alguien como tú no merece ser tan infinito en un papel, y mucho menos tan seguido.

Pero así como “poder” y “deber” son diferentes, el deber y el amor no se llevan; no se toleran.

Así que no tengo salida, porque el amor que te tengo me obliga a deslizar la tinta obre mi cuaderno hablando de ti sin parar, una y otra vez. Y entonces, aunque mil veces no quiera, la respuesta a todas mis preguntas, sigues siendo tú.

— Miriam Gris

Poesía original de Miriam Gris.

Carne

cadaveres-literarios:

Debajo de mi piel escondo secretos, flores secas que brotan por mis poros y mis venas. Mi cuerpo se cuartea ante mi sequedad e indiferencia. Soy polvo, no alimento ni a estas pobres raíces muertas.

Soy palabras e ideas navegando un pedazo de carne, pensamientos enjaulados por órganos que se pudren con el paso del tiempo.

Si quiera muerta fertilizaría estas flores marchitas.

Ya no soy. Ya no estoy. Pienso y sobre-existo, híper-consciente del espacio que ocupo, de las capas de carne bajo las que me escondo. Deformidad, un pedazo de sangre, huesos, nervios y ansiedad aprisionados por esta piel marchita.

Quiero escapar, deshabitar estas paredes que me confinan al ahora y al mañana pero las uñas no alcanzan a desgarrarme la piel y crece esa aprehensión que me hincha los pulmones y acelera al motor de esta máquina cubierta en piel.

¿Qué son estos dos pedazos de carne y grasa que cuelgan de mi caja torácica? ¿Cuántos pliegues de carne esconden la parte donde mi exterior conecta con lo interno?

Cambio lo que puedo para aquietar esas ganas que tengo de destruirme, modifico bajo poco presupuesto lo que en vida jamás lograré destrozar. Ni siquiera mis palabras ni ideas podrán escapar del deterioro de esta prisión.

El verbo ser y estar poseen horrores sin rostro. Existo y ya no soy. Soy carne y huesos, un recipiente para las ideas, mi lengua un traductor para palabras que me trago junto con tanta saliva y fluidos.

El verbo ser y estar me desfiguran: mujer u hombre, todo o nada. No existe intermedio, no existe nada fuera de este binario, no hay palabra que describa la asfixia de estar encerrada bajo tanta piel y carne. Soy, estoy, mi cuerpo existe pero desvarío al percatarme de su existencia. ¿Qué soy si no estas ideas? ¿En dónde estoy si no en mis palabras? ¿Por qué me aprisionan pliegues tras pliegues de lo que jamás seré?

Mi nombre se convierte en el eco de mis gritos angustiados que no logran escapar de mis labios.

“Eres, existes” pero no soy, no aquí, no así, no en esta carne y estos huesos, no en esta carne o con esta sangre, no mientras sea entre estos barrotes que aborrezco.

Soy. Existo. Agonizo. Ya no logro escuchar mis gritos de terror ante lo interminable de mi prisión. Araño, escarbo, busco una salida; como coyote atrapado, intento amputar lo que me aprisiona ¿pero cómo destruyo el todo sin destruirme por completo?

Hay sangre, carne y mugre entre mis uñas, pedazos del ser que no logro destruir. Me rindo. Me ha engullido ya este monstruo de carne. Ya no soy. Ya no estoy.

Prosa poética original de Aileen Martínez Soto.

Carta para Jorge

miriamgris:

Querido Jorge:
Quiero contarte que estoy asustada, la noche se acerca y temo sentirme indefensa. Temo que me inunden tus recuerdos, ya sabes que no sé nadar.
Quisiera escribirte muchos poemas para que te dieras cuenta de todo lo que siento por ti, para que no pienses que me marcho porque se me ha agotado el amor, para que no pienses que tus ojos dejaron de encantarme… pero no puedo. Debes saber que al irte, mis palabras se fueron contigo. No es la primera vez que te vas, que me voy, que nos vamos… pero nunca te habías llevado mis ganas y mis letras, y ahora será más difícil sobrellevar el tiempo sin ti.
Esta noche, cuando empiece a salir la luna, me acordaré de ti, y me dolerá nuestra última conversación archivada en mi cabeza, me dolerá la última sonrisa que guardé en mi pecho, y me dolerá ese último beso, que bien habría podido guardar, si te lo hubiera dado.
Querido Jorge, mañana al medio día me vas a hacer más falta, cuando empiece el bombardeo de preguntas para saber en dónde estás y por qué no has venido a verme, y sentiré poco a poco cómo se me desgarra el corazón cuando cuente la verdad, cuando tenga que decir en voz alta que esto se ha terminado.
Para el domingo me verás en fotos del viernes o el sábado, sonriendo, bailando, haciendo todo aquello que solía hacer antes de conocerte, pero debo advertirte, que ni siquiera para el lunes habrán cambiado las cosas en mi interior. Ni para martes, ni para jueves, ni para agosto, quizás ni para el otoño esto ya haya sanado. Quizás en invierno, sigas aquí..
Querido Jorge, las horas avanzan y yo me siento incapaz de dejar de mirar tus fotografías, de imaginarme tus ojos mirándome, de imaginarte a ti dándome ese beso en la frente que me reconforta. No importa cuánto duela, soy y creo que seré incapaz de borrarte, jamás en la vida, Jorge, voy a poder sacarte de aquí.
He preparado una taza de café y me he puesto a escribir esta carta, no sólo para decirte adiós, sino también para decirte que me hará falta tu color en mis días. Y es que, ¿con quién se supone ahora que viviré mis aventuras? ¿a quién le tomaré la mano para enfrentar al mundo cuando quiera aplastarme? No podré reemplazarte jamás.
Y ahora, Jorge, creo que debo llegar al final de esta carta, pidiéndote que no me olvides jamás. Recuerda todas nuestras risas y bobadas, y que siempre estaré para ti.
Haz todo lo que te haga feliz, pero no me olvides, nunca me olvides.

Con cariño, Miriam Gris.

Prosa original por Miriam Gris.

Amor sin fronteras.

steveyei:

Pasaba las páginas de mi libro favorito, aquel que pasé tantas noches leyendo; encontré una pequeña nota tuya con un lindo mensaje “Amor mío has de perdonar mi incapacidad para querer pero cada vez que te marchas de mi lado te extraño más que la vida que nunca he tenido" decía, sonreí igual que la primera vez que nos besamos. Por mi mente pasó tu imagen y no tuve otra opción que ir a buscarte, sólo pude adornar tu figura con un largo abrazo por tú espalda… Al llegar temblaba de nervios y sólo pude susurrar a tu oído “no habría de dejarte ni aunque la luna perdiera su brillo al caer la noche, me enamoré de ti como lo hubiese hecho cualquier persona, perdiendo la cordura con lo dulce de tu mirar"

S.Suárez

No te enamores de una mujer que lee, de una mujer que siente demasiado, de una mujer que escribe…

No te enamores de una mujer culta, maga, delirante, loca. No te enamores de una mujer que piensa, que sabe lo que sabe y además sabe volar; una mujer segura de sí misma.

No te enamores de una mujer que se ríe o llora haciendo el amor, que sabe convertir en espíritu su carne; y mucho menos de una que ame la poesía (esas son las más peligrosas), o que se quede media hora contemplando una pintura y no sepa vivir sin la música.

No te enamores de una mujer a la que le interese la política y que sea rebelde y sienta un inmenso horror por las injusticias. Una que no le guste para nada ver televisión. Ni de una mujer que es bella sin importar las características de su cara y de su cuerpo.

No te enamores de una mujer intensa, lúdica, lúcida e irreverente. No quieras enamorarte de una mujer así. Porque cuando te enamoras de una mujer como esa, se quede ella contigo o no, te ame ella o no, de ella, de una mujer así, jamás se regresa…

Martha Rivera Garrido (via revolucion-es-poesia)