La muerte me ha guardado un asiento todos estos años. No quise aceptarlo porque tenia el anhelo de que el tren se llenara antes de que yo llegara, que hubiera una falla técnica y se pospusiera, que algo me retrasara y el viaje comenzara sin mi, que los boletos se agotaran y tuviera que regresar otro día. En fin, un millón de opciones se me vinieron a la mente tratando de tapar la irremediable verdad, queriendo burlar al dios Destino. No me sorprendí tanto cuando vi el asiento vació, hasta llegue a pensar que tenia mi nombre grabado pero eso solo fue mi imaginación. Burdamente me senté y evadí los ojos de mi acompañante hasta que me fue imposible ignorarlos mas. Diría que fue como un destello pero este no fue instantáneo si no que fue lo bastante largo como para mostrarme todo lo que fui y lo que soy y lo que no seré. No estoy conforme pero irremediablemente el ser humano siempre quiere mas de lo que puede tener y me considero del montón. No digo mis ultimas palabras porque no me dan oportunidad de darlas, no digo adiós porque no quise voltear a la ventana, no digo nada, no hago nada. Acepto mi partida como si la hubiera ganado, como si la hubiera disfrutado mas los dos, los dos individuos que estamos sentados en la misma hilera, codo a codo, sabemos que no fue así. El tren no tuvo fallas técnicas, no se marcharon sin mi, llegue a tiempo y te apuesto que todavía quedaban boletos para otras 100 personas pues estábamos solas. Así comenzó a andar, sin preámbulos ni dudas, la muerte y yo emprendimos camino a algo desconocido para mi y habitual para ella.
Por Gabriela M. García “Muerte paciente (relato corto)” {letras-y-otros-detalles}
