
Sin el cerebro, no funciona el corazón ni el cuerpo.
El corazón lo puedes reemplazar:
lo reparas, remendas, quitas y pones pedazos de él por aquí y por allá.
Un día traes un rostro enterrado entre sus arterias y tejidos,
otro día te arrancas el espacio que ese rostro ocupaba y lo reemplazas por otro.
Mientras tanto, el cerebro sigue ahí, probablemente decepcionado de tus decisiones, pero ahí, en su lugar.
Quizá ya no funciona bien, le ha de faltar una tuerca o un engrane, pero ahí esta.
