La foto de Elia lo miraba desde el escritorio en la habitación, mientras revolvía las hojas corrugadas, esparcidas sobre las sabanas verde esmeralda, simulando copos de nieve, logrando un contraste blanquecino entre los verdosos pliegues que se formaban sobre el colchón.
Estaba vestida con un tutu rojo, bordado con lentejuelas doradas. Los pies en punta, listos para emprender el vuelo. Sus brazos formaban un semicírculo, conectando las líneas finas de su cuerpo.
Dijo con tono bajo
— Su última presentación—
suspirando, ensimismado en remolinos de recuerdos, que arrojaban notas de violín en las paredes.
Cerró los ojos durante un instante, extendió la mano derecha y los dedos huesudos de Elia lo recibieron en pas de deux.
Elia estiraba la pierna en arabesque, mientas él colocaba el brazo a la altura de su cadera para fungir como respaldo. Entrelazaban las manos, se miraban de frente; ella con ojos de metal, y la nariz altiva arqueando las cejas.
Pecho erguido, muslos firmes, poco a poco la subía con la palma de la mano, gotas de sudor resbalando por las medias y el leotardo, plantas de los pies apoyadas en el suelo de madera, mientras se dibujaban sonrisas de complicidad. Abrió los ojos, contempló escarcha en el marco de la ventana,
—
llegó el inverno—
pensó.
Prosa poética original de @castillosliterarios
Inspiración: Nocturne in C minor, Chopin.